Tomado del libro de René Simon En el país de los
incas, Ediciones SM, Madrid, 1988, pág. 54
Ilustraciones: Febienne Julien
Traducción del francés: Belén Lacasa
Tras días y días de viaje, el grupo divisa la
capital, Cuzco.
La impresionante ciudad está situada a unos 3 500 metros de altura y rodeada por unas soberbias murallas. Una enorme fortaleza, el Sacsahuamán, la domina y protege el palacio del emperador y a los 200 000 habitantes de la ciudad.
Los indios dicen que Cuzco parece un puma, animal feroz y sagrado, un puma cuya cabeza sería el Sacsahuamán.
"El ombligo del mundo"
Las calles se cortan en ángulo recto. Son muy estrechas y algo sombrías, pero están limpias y se ven jalonadas de casas de adobe en la periferia y de austeros palacios de piedra en el centro. Sus largas fachadas ciegas pueden tene
r cientos de metros. Las calles están adoquinadas y algunas tienen aceras, cosa que no tenían las ciudades europeas de la época.
Es cierto que no son muy anchas, pero, como no existen los carros, pueden cruzarse cámodamente dos peatones o dos llamas.
En el centro de la ciudad, que los incas llaman "el ombligo del mundo", se encuentra una inmensa explanada. Allí se intercambian pequenitlde;as cantidades de productos de toda clase: cerámica, pieles curtidas, plumas de aves, cestería
, pimientos, piedras preciosas en bruto, maíz, caracoles secos, pacas de lana de vicuña, rollos de cuerdas, harina de patata, conservas envueltas en hojas de menta...
Al fondo se alza el palacio imperial, con unas murallas de enormes piedras ajustadas al milímetro, sin emplear argamasa. El palacio, como cualquier casa, está protegido por un simple techo de rastrojos de varios colores, artísticament
e trenzados.
La animacián de la ciudad es extraordinaria. Todos los curacas de las cuatro provincias del imperio y de sus múltiples circunscripciones han acudido para celebrar la gran fiesta del Sol, padre del Inca, que tendrá lugar dentro de dos
días.
Manco y sus acompañantes se han alojado en un tambo. Los viajeros procedentes del norte se hospedan en el distrito norte de la ciudad; los del oeste, en el distrito oeste, etc. En el imperio todo está muy bien organizado.
Tras una abundante comida, ya que después tendrán que ayunar unas veinticuatro horas, los hombres empiezan a trabajar. Desembalan el cargamento de las llamas. Con el ceño fruncido, y con ayuda de su secretario, Manco comprueba si los
regalos destinados al Inca están en orden. Cuenta los adornos de plumas, minuciosamente cosidas unas a otras; las pieles de puma curtidas con orina, los cubiletes de madera pintada, los vasos de cerámica con forma de cabezas, y lo que consti
tuye el orgullo de las 10 000 familias del curaca: los magníficos tapices que representan, en distintos colores, demonios estilizados y héroes. Manco está contento, el emperador quedará satisfecho: también le trae una buena can
tidad de oro en polvo, dentro de un recipiente de plata.
Hacia el palacio-templo
Al día siguiente, con el alba, nuestros viajeros se visten sus trajes de fiesta. Libiac se pone una soberbia túnica, con bordados de cuadros rojos y azules y pequeñas figuritas, y unas polainas de plumas preciosas. En una bolsa, que l
leva colgada de un lado, están sus inseparables quipos. Se los sabe de memoria: se ha pasado parte de la noche repasándolos, por si el Inca o alguno de sus cuatro ministros le hacen preguntas sobre las estadísticas de su distrito.
Manco, emocionado, viste el magnífico traje de ceremonia de los dignatarios del norte: una túnica blanca, un manto de lana de vicuña artísticamente bordado y, sobre todo, un curioso adorno que consiste en una serie de cuerdas d
e lana que sujetan a sus espaldas dos enormes alas desplegadas de cóndor, negras y blancas. ¿Manco tiene un aspecto majestuoso!
El grupo seguido de sus llamas cargadas de regalos, se dirige hacia el palacio-templo. Gentes de todas las regiones, de todas las tribus del imperio, se encuentran por las callejuelas. Se oye el ruido de los pies descalzos o de las sandalias, el golpe sec
o de las pezuñas de las llamas sobre los adoquines, el rugido ronco de las trompetas de caracolas que proclaman la llegada de algún personaje importante, las voces de la multitud, los gritos de los niños.
Llegados de las cuatro esquinas del imperio
Los recién llegados avanzan, acompañados de sus llamas y de unos servidores que llevan las insignias de su tribu. Algunos van en litera, como el vanidoso Manco; otros, a pie. Los del este, que viven en los bosques, muestran con orgullo su to
rso desnudo y musculoso, adornado de pinturas rojas. Los rudos chancas, famosos por su valentía, caminan con paso militar. Llevan la cabeza cubierta con una piel de puma, y parece que los colmillos del animal van a morderles la frente. Los diferent
es pueblos se distinguen por el traje y el tocado. Unos llevan la frente rodeada de cintas; otros se recogen el pelo en un moño y llevan una corona de madera sobre el cráneo aplastado. Algunos llevan tocados de plumas multicolores. Los yunca
s de la costa llaman la atención por las horribles máscaras de madera pintada que cubren su cabeza por completo.
Saltan y se contorsionan al son de las flautas y los tambores.
La multitud saluda a las delegaciones con entusiasmo. Se arrodilla con devoción cada vez que pasa la momia de un emperador difunto, que va sentada en una espléndida litera y lleva el rostro oculto bajo una máscara de oro.
Manco es aplaudido igual que los demás: las grandes alas de cóndor provocan la admiración de todos. Con el corazón alegre, pasa bajo la gigantesca puerta de piedra con forma de trapecio, cuyo dintel lo constituye una sola roca
de 25 toneladas.
En la plaza, los participantes se colocan unos junto a otros. Todos guardan silencio. Aparecen los sacerdotes del Sol. Empieza el ayuno y la plegaria que durarán toda la noche.
En presencia del Inca Supremo
Por fin, poco antes del amanecer, aparece el emperador, el Sapa Inca, el Inca Supremo. Va acompañado de su principal esposa, la Coya, venerada igual que su marido. Todos los asistentes se descalzan y, en silencio, miran al horizonte, hacia e
l este. La aurora dora poco a poco el cielo. De pronto, el primer rayo del sol naciente asoma tras la cima más alta de los cercanos Andes. En ese momento el Inca coge una gran copa de chicha sagrada en cada mano y,, con gesto solemne, invita a bebe
r a su padre el Sol.
Como un solo hombre, todos los participantes se ponen en cuclillas, con los brazos extendidos hacia adelante en gesto de súplica.
Después, el Inca derrama una de las copas, la de su "padre", en un canal especialmente excavado en el suelo, e invita a beber a sus compañeros. Él también beberá con todos los asistentes a la ceremonia, pero no har&aacu
te; más que mojarse los labios, porque no quiere emborracharse.
Todos beben con respeto y ofrecen sus regalos, que los quipucamayoc reales van anotando en sus cordeles.
A continuación se realizan las ofrendas al Sol, padre de todas las cosas. Este antilde;o no será necesario hacer un sacrificio humano, ya que la cosecha ha sido buena. Así pues, se inmolan unas llamas negras, los únicos animale
s que son absolutamente puros y que tienen el mismo color en todo el cuerpo -las llamas blancas, por ejemplo, tienen el morro negro-. Su carne, asada, es compartida religiosamente por todos. El Inca levanta de nuevo su copa. La chicha corre a raudales, y
cada cual brinda con quien le ha honrado brindando con él. Así muy ceremoniosamente, se van consumiendo, uno tras otro, miles de vasos de chicha.
Manco está muy impresionado porque el inca se ha fijado en él. Es cierto que no le ha dirigido la palabra, pues nunca habla directamente a sus súbditos, pero, tras unas frases pronunciadas por uno de sus ministros, él mismo le
ha ofrecido de beber. ¿Eso es un gran honor! Evidentemente, el emperador está satisfecho de sus regalos. Y el curaca, cuando vuelva a su pueblo, no dejará de cantar sus alabanzas y será fiel al poderoso soberano del imperio.
|