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Tomado del libro Hijos de la Primavera: vida y palabras de los indios de América, Ediciones SM, Madrid, 1988, pág. 4 Ilustraciones: Fabienne Julien Traducción del francés: Belén Lacasa Esta mañana, antes de amanecer, ha llovido mucho.
Poco después se ha levantado el viento del sur y ha barrido las
nubes. Ahora, un sol espléndido se recorta sobre el cielo azul
oscuro. Aunque es muy temprano, el sol ilumina ya la cima de las
montañas más altas que bordean el valle encajonado, e inunda toda la pared del abrupto acantilado. Calienta la roca, que cruje débilmente.
Un paisaje grandioso
A pesar del sol, todavía hace mucho frío. Aquí, a 4 000 metros de altura, incluso a nivel del ecuador, la temperatura es baja por la mañana.
Estas montañas son los Andes, una inmensa cordillera que bordea América del Sur a lo largo de la costa del Pacífico. Son muy escarpadas y cortan el paso a las fuertes lluvias tropicales que vienen del este, y
hacen árida la planicie litoral, a la que aíslan a lo largo del océano Pacífico.
Los hombres de las alturas
Las riegan cuidadosamente con el agua de los torrentes. Desvían el agua y la llevan por cañerías de tierra cocida o por canales excavados en zigzag para disminuir la fuerza de la corriente. Realizan este enorme trabajo con
unos simples palos de madera dura, con herramientas e piedra y, a veces, sólo con sus manos.
En el pueblo, un día de mercado
Sin embargo, en la cuadrada plaza central, inundada de sol, solamente se ven algunos hombres. La mayoría trabaja en el campo. Otros están en el ejército o se hallan temporalmente al servicio de las personas importantes del imperio. En cambio, hay indias en cuclillas, bajo su amplio traje de lana gris o marrón. Algunas han venido de las aldeas de la montaña para intercambiar sus escasos recursos: unos puñados de pimientos o de alubias rojas, tomates, patatas, cac ahuates y, a veces, cestas finamente trenzadas. Algunas campesinas ofrecen productos más valiosos, como vasijas de cerámica o plumas de pájaros multicolores. Casi siempre, los intercambios se hacen en silencio. En este imperio montañoso, donde no existe la moneda, se utiliza el trueque. Se da un determinado peso de un producto por el mismo peso de otro producto, una determinada medida de un producto por la misma medida de otro, ya se trate de maíz o tomates. Solamente las mujeres que ofrecen mercancías más rara s ponen más cuidado; por ejemplo, las que ofrecen las maravillosas plumas con que se bordan los espléndidos mantos de gala.
¡En realidad, lo más bello del mercado es estar allí, observar lo que hacen los demás!
PLANTAS DESCONOCIDAS PARA LOS EUROPEOS
Una vida dura y monótona
El tiempo que no dedican a la limpieza lo emplean en hilar la lana o el algodón, convertir el maíz en harina, hacer la comida, confeccionar cuerdas con las fibras de la pita y trabajar en el campo con los hombres. Al igual que ellos, las mujeres utilizan un original "palo para cavar", de madera dura, provisto de un apoyapié. A veces, cuando la tierra está excesivamente seca, tienen que unir sus fuerzas dos mujeres para clavarlo en el suelo. También tienen que alimentar a los niños pequeños, que están atados dentro de las cunas, y que tienen la cabeza rodeada por unas correas de cuero que aprietan todos los días un poco más, para deformarles el cráneo. Porque a los incas, como a otros muchos pueblos de América y Oceanía, les gustan las cabezas alargadas.
Las duras jornadas y los numerosos hijos agotan a las mujeres, que envejecen muy pronto, lo mismo que su ropa, que no se sujeta más que con alfileres. Los hermosos tejidos cuidadosamente fabricados irán a parar a los almacenes
públicos del pueblo, como impuesto. A nadie se le ocurriría perder el tiempo haciéndose trajes nuevos.
Las llamas
Hay que reconocer que no es muy eficaz. No puede llevar más de 25 kilos ni recorrer más de 15 kilómetros al día. Un asno sería más útil. Pero en el año 1 500 no hay asnos en América. Es un animal del Viejo Mundo, y los europeos no han descubierto todavía el Perú. Porque, aunque Cristóbal Colón llegó a la costa atlántica de América en 1492, habrán de pasar unos cuantos años antes de que los españoles lleguen al Pacífico.
A pesar de sus limitaciones, la llama es para los incas un animal utilísimo, al que han domesticado perfectamente, y que vive en grandes rebaños en las altas llanuras ricas en pastos.
LA FAMILIA DE LAS LLAMAS
La llama es utilizada como animal de carga, y por la carne y la lana; todo menos la leche. La alpaca es muy apreciada por su lana, de excelente calidad. El guanaco y la vicuña son los únicos que viven todavía en estado salvaje.
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