Los andes



Tomado del libro Hijos de la Primavera: vida y palabras de los indios de América, Ediciones SM, Madrid, 1988, pág. 4
Ilustraciones: Fabienne Julien
Traducción del francés: Belén Lacasa
INCAS Esta mañana, antes de amanecer, ha llovido mucho. Poco después se ha levantado el viento del sur y ha barrido las nubes. Ahora, un sol espléndido se recorta sobre el cielo azul oscuro. Aunque es muy temprano, el sol ilumina ya la cima de las montañas más altas que bordean el valle encajonado, e inunda toda la pared del abrupto acantilado. Calienta la roca, que cruje débilmente.

Un paisaje grandioso

Aquí y allá, un trozo de roca o una piedra pierden su frágil equilibrio, ruedan de repente por la cuesta y rebotan con gran estrépito antes de caer al torrente y salpicar gotas de agua. Miles de torrentes bajan de las alturas, crujiendo sobre la superficie gris y lisa. Surgen de las nieves perpetuas que coronan las resplandecientes cimas.

A pesar del sol, todavía hace mucho frío. Aquí, a 4 000 metros de altura, incluso a nivel del ecuador, la temperatura es baja por la mañana.

Estas montañas son los Andes, una inmensa cordillera que bordea América del Sur a lo largo de la costa del Pacífico. Son muy escarpadas y cortan el paso a las fuertes lluvias tropicales que vienen del este, y hacen árida la planicie litoral, a la que aíslan a lo largo del océano Pacífico.

Los hombres de las alturas

A pesar de todo, en estas escarpadas pendientes viven hombres y mujeres. Son achaparrados, tienen tez cobriza, pómulos salientes y pelo negro y liso. Son campesinos y cultivan los campos en terrazas escalonadas, sostenidas por muros de piedra. En la montaña, la tierra escasea; por eso, los "indios" tienen que comenzar por acarrearla pacientemente con cestas. Separan y apilan piedras y, a base de esfuerzos, logran convertir las empinadas cuestas en un infinita sucesión de t errazas llanas.

Las riegan cuidadosamente con el agua de los torrentes. Desvían el agua y la llevan por cañerías de tierra cocida o por canales excavados en zigzag para disminuir la fuerza de la corriente. Realizan este enorme trabajo con unos simples palos de madera dura, con herramientas e piedra y, a veces, sólo con sus manos.

En el pueblo, un día de mercado

Más arriba de los campos de cultivo aparece un pueblo. Es bastante grande; está construido con adobes, es decir ladrillos de barro secado al sol. Las casas son bajas y tienen los tejados cubiertos de rastrojo. Esta mañana hay mucha animación porque es día de mercado cosa que ocurre cada diez días.

Sin embargo, en la cuadrada plaza central, inundada de sol, solamente se ven algunos hombres. La mayoría trabaja en el campo. Otros están en el ejército o se hallan temporalmente al servicio de las personas importantes del imperio. En cambio, hay indias en cuclillas, bajo su amplio traje de lana gris o marrón. Algunas han venido de las aldeas de la montaña para intercambiar sus escasos recursos: unos puñados de pimientos o de alubias rojas, tomates, patatas, cac ahuates y, a veces, cestas finamente trenzadas.

Algunas campesinas ofrecen productos más valiosos, como vasijas de cerámica o plumas de pájaros multicolores. Casi siempre, los intercambios se hacen en silencio. En este imperio montañoso, donde no existe la moneda, se utiliza el trueque. Se da un determinado peso de un producto por el mismo peso de otro producto, una determinada medida de un producto por la misma medida de otro, ya se trate de maíz o tomates. Solamente las mujeres que ofrecen mercancías más rara s ponen más cuidado; por ejemplo, las que ofrecen las maravillosas plumas con que se bordan los espléndidos mantos de gala.

¡En realidad, lo más bello del mercado es estar allí, observar lo que hacen los demás!

PLANTAS DESCONOCIDAS PARA LOS EUROPEOS

Muchas de las frutas y hortalizas que hoy comemos a diario eran antes absolutamente desconocidas para los europeos. No se conocieron hasta que los primeros conquistadores las trajeron de América. Por ejemplo, el maíz, el tomate, el cacahuate, la patata, el cacao, etc.

Una vida dura y monótona

Las mujeres pasan el resto del tiempo en el pueblo donde han nacido y donde morirán. Se ocupan de mil quehaceres, a menudo muy duros. Pero no hacen las faenas del hogar como nosotros hoy en día. En las oscuras casas de los incas casi nunca se barre. Los excrementos de los conejillos de Indias se amontonan en las habitaciones con los de los perros. Eso explica que haya tanta miseria, tantas pulgas, piojos y garrapatas. Los incas se pasan el tiempo rascándose. ¡Tanto más cuanto que sólo rara vez se lavan!

El tiempo que no dedican a la limpieza lo emplean en hilar la lana o el algodón, convertir el maíz en harina, hacer la comida, confeccionar cuerdas con las fibras de la pita y trabajar en el campo con los hombres. Al igual que ellos, las mujeres utilizan un original "palo para cavar", de madera dura, provisto de un apoyapié. A veces, cuando la tierra está excesivamente seca, tienen que unir sus fuerzas dos mujeres para clavarlo en el suelo.

También tienen que alimentar a los niños pequeños, que están atados dentro de las cunas, y que tienen la cabeza rodeada por unas correas de cuero que aprietan todos los días un poco más, para deformarles el cráneo. Porque a los incas, como a otros muchos pueblos de América y Oceanía, les gustan las cabezas alargadas.

Las duras jornadas y los numerosos hijos agotan a las mujeres, que envejecen muy pronto, lo mismo que su ropa, que no se sujeta más que con alfileres. Los hermosos tejidos cuidadosamente fabricados irán a parar a los almacenes públicos del pueblo, como impuesto. A nadie se le ocurriría perder el tiempo haciéndose trajes nuevos.

Las llamas

En este inmenso país no escasea la lana, aunque no se ven ovejas. Hay un animal extraordinario, la llama. Este pariente lejano del camello, de cabeza pequeña y altiva, tiene una lana espesa, de calidad más o menos fina según las especies, que se esquila para hilar. Sin embargo la llama desempeña otra función. En ocasiones extremas, su carne sirve de vianda; pero sobre todo se utiliza como animal de carga.

Hay que reconocer que no es muy eficaz. No puede llevar más de 25 kilos ni recorrer más de 15 kilómetros al día. Un asno sería más útil. Pero en el año 1 500 no hay asnos en América. Es un animal del Viejo Mundo, y los europeos no han descubierto todavía el Perú. Porque, aunque Cristóbal Colón llegó a la costa atlántica de América en 1492, habrán de pasar unos cuantos años antes de que los españoles lleguen al Pacífico.

A pesar de sus limitaciones, la llama es para los incas un animal utilísimo, al que han domesticado perfectamente, y que vive en grandes rebaños en las altas llanuras ricas en pastos.

LA FAMILIA DE LAS LLAMAS

La llama es utilizada como animal de carga, y por la carne y la lana; todo menos la leche. La alpaca es muy apreciada por su lana, de excelente calidad. El guanaco y la vicuña son los únicos que viven todavía en estado salvaje.