Los hermanos Rayo y Trueno



Tomado del libro Hijos de la Primavera: vida y palabras de los indios de América, F. C. E., 1994, México, pág. 149
Coordinador: Federico Navarrete Linares.
Adapatación: Elisa Ramírez.
Ilustrador: Felipe Dávalos.

Los esquimales saben bien que el Sol y la Luna, las estrellas, el trueno y el relámpago son personas que se fueron al cielo y que allí  viven, pero ninguno sabe por qué.

Saben, eso sí, que el Sol y la luna eran hermanos, pero mataron a su madre y se amaron como hombre y mujer. Por eso, dejaron de ser humanos.

La historia de Trueno y Rayo es ésta:

También eran hermanos y eran huérfanos, no tenían quién se ocupara de ellos, ningún pariente. Vivían en tierra Netsilik. Un día la gente cambió de campamento, siguiendo a los caribúes. Tenían que cruzar el río y por eso prepararon los kayaks y las balsas. Dejaron a los dos pobres huérfanos atrás. Nadie sintió piedad por ellos, eran un estorbo en la larga travesía; los abandonaron para que murieran de hambre.

Largo rato los vieron los niños, mientras se alejaban: no sabían que hacer, no tenían comida ni ropa. Escarbaron entre las casas abandonadas y la basura, a ver si encontraban prendas o víveres olvidados. La hermana encon tró un pedernal; el hermano, un trozo de piel de caribú, estaba tiesa y seca, ya sin pelo. Con estas cosas en las manos, gritaron:

    -¿Quiénes seremos, quiénes? Ya no seremos humanos, ¿quiénes seremos, pues?

    -Un caribú -dijo la hermana.

    -No, los hombres te perseguirían y te matarían.

    -Una foca.

    -No, los hombres te cazarían.


Así fueron diciendo los nombres de todos los animales, sin decidirse por ninguno.

    -Seremos Trueno y Rayo.

    -Yo seré Trueno -dijo el niño.

    -Yo Rayo -dijo su hermana.


No sabían qué era un rayo, pues no existían. Se elevaron por los aires. La niña golpeaba el pedernal y desprendía chispas; el niño tamborileaba su cuero y los cielos tronaban. Por primera vez el relá mpago y el trueno se vieron en el cielo.

Los hermanos se acercaron al campamento de quienes los abandonaron. Pasaron sobre sus tiendas con su ruido y su fuego mataron a toda la gente y también a los perros.

Otros viajeros llegaron y los encontraron muertos. Se preguntaban qué les habría pasado pues no se veían señales de un ataque y no tenían heridas en el cuerpo. Todos tenían los ojos rojos, inyectados de sangre por el terror. Cuando los tocaron, se deshicieron, pues eran sólo cenizas. A lo lejos se vio un relámpago y, unos segundos después, se escuchó al trueno.