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Huequeche llega cansado al caserío después de la batalla, se quita el chaleco de piel, que está empapado de sudor, y desamarra a su cautivo. |
-¿Por qué me desatas, guerrero?
-Porque vamos a jugar, guerrero.
Huequeche obliga a su cautivo a cavar un agujerito en el suelo y luego le indica que comience a arrojar varitas dentro de él. Sólo hay una regla: al arrojar cada varita, el cautivo debe mencionar el nombre de un guerrero de su tribu. Después de arrojar treinta y siete varitas el cautivo se detiene.
-Ya está, no hay más.
-Vamos, falta uno.
El guerrero pronuncia entonces su propio nombre, Otaipa. De inmediato Huequeche golpea con un mazo y con toda su fuerza la cabeza de Otaipa, que cae muerto en el acto. Huequeche corta la cabeza de su cautivo y la pone a la vista de todos; saca el corazón del pecho, lo parte en trocitos y lo distribuye para que sus amigos puedan comerlo.
Dentro de unas semanas, cuando el sol y los pájaros desnuden el esqueleto de Otaipa, Huequeche fabricará un tazón con el cráneo y labrará bellas flautas con los huesos de las piernas y los brazos.
* Los Araucanos: Esto ocurría en verdad, pero los araucanos -habitantes de la zona central de Chile- no sólo eran feroces guerreros, sino también cultivadores, buenos pescadores, pastores de llamas y gente altiva y autosuficiente que desconocía las diferencias de clase y jamás rendía pleitesía a nadie. Su resistencia a la colonización española los convirtió en un símbolo de la fuerza y el orgullo étnicos.