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Las doscientas esposas del gran Bogotá se ríen casi al mismo tiempo; y cuando se ríen, el telar que sujetan con su cintura se agita de arriba abajo sin control. El movimiento batiente de los doscientos telares produce un zumbido que recorre las galerías y llena las habitaciones de la gran casa del Bogotá. |
La casa del Bogotá -con paredes de caña cubiertas de adobe- parece más un laberinto que un palacio. En ella viven sus esposas, sus hijos, algunos artesanos y la servidumbre. Entre sus servidores se encuentra Cuchaviva, hijo mayor de uno de los jefes de las provincias. Cuando los guerreros del Bogotá conquistaron Tibaguyas, el jefe de esta provincia ofreció al gran Bogotá obsequiarle periódicamente parte de la producción de su pueblo, y le entregó a su hijo Cuchaviva para que fuera su sirviente.
Aquella mañana, Cuchaviva estaba sentado en uno de los patiecitos interiores de la casa, tomando el sol y contemplando absorto el trabajo de un orfebre, cuando de pronto se escuchó un murmullo que entraba a las habitaciones y se deslizaba por los estrechos pasillos. No era la risa de las mujeres, tampoco el sonido peculiar de los telares. El murmullo entró en el patiecito y llegó nítido a oídos de Cuchaviva: "El señor va a escupir".
-¡Caramba!- exclamó Cuchaviva, se paró de un salto y echó a correr rumbo a la cámara del trono.
El gran Bogotá inclinó ligeramente la cabeza e infló los cachetes; Cuchaviva se le acercó con un lienzo de algodón y recogió en el aire la preciosa saliva de su señor, que no debía tocar el piso.
* Los Muiscas: Los muiscas, el grupo más extendido y poderoso de Colombia en la época prehispánica, estaban organizados en numerosas provincias independientes. Sin embargo, la política regional estaba dominada por dos grandes caciques, el señor de Tunja y el poderoso señor de Bogotá igual que la provincia.
Eran tan poderosos estos caciques que se les consideraba sagrados; nadie los miraba a la cara y hasta su saliva era tratada con veneración.