¡Splash! La primera canoa rebotó en el agua con estrépito... Y luego vino otra, y otra más...Todos los hombres de la aldea, en grupos de tres o cuatro, corrían a la orilla del río y allí lanzaban su canoa al agua, al tiempo que se trepaban en ella ágilmente.



    Uno de los hombres tropezó con Auyama en el momento de entrar a su canoa. La niña cayó al suelo de un sentón, y así permaneció por un buen rato, sentada en la orilla, mirando el espectáculo.
    Todas las canoas tenían amarrada en la punta la imagen del dios de los peces, porque daba buena suerte a la hora de pescar. Los hombres remaban con rapidez. Auyama se rascó la cabeza, mató un piojo que se le vino entre los dedos, y vio a lo lejos un manatí que chapoteaba gustoso en el agua nuevamente tranquila del río.

    -¡Auyama! ¿Dónde estás, pequeña?

    -Hola, abuelo.

    -¿Qué haces en la orilla? Vas a resbalar y caerás al agua. Ven, sube aquí conmigo. Auyama se sentó junto al viejo.

    -Abuelo, dime una cosa: ¿De dónde vienen los peces?

    -Mira Auyama, los peces, del mismo modo que el río, las altas frondas de los árboles, la yuca, la guayaba, vienen de la mano de Carañó. Pero el gran Carañó sólo abre la mano para entregar sus riquezas a los hombres y a las mujeres que trabajan. Con el trabajo, y a veces también con la guerra, nosotros merecemos los dones de Carañó.


    * Aldea de la Amazonia: Arahuacos, caribes y tupíes compartían las estrechas franjas de la tierra ribereñas del Amazonas. Cultivaban la yuca, pescaban en los ríos, cazaban pájaros y se alimentaban también con guayabas, papayas, y con la suculenta carne del manatí, o pez-buey, como lo llamarían los portugueses y los españoles en la época colonial.