Haida se quedó sentada frente al tótem y así pasó horas, sin quitarle la vista de encima a la enorme figura de madera. Su hermana Klumma, que trabajaba con el resto de las mujeres de la aldea en poner a secar algo de salmón para guardarlo en conserva, se dio cuenta de que la pequeña permanecía inmóvil y acudió a ver qué ocurría.
-¿Qué ocurre, Haida? ¿Por qué llevas tanto tiempo sentada aquí?
-Es que lo estoy esperando.
-¿A quién?
-Al abuelo. Todos dicen que nuestros antepasados se hacen presentes a través de las grandes figuras, así que estoy esperando a que el abuelo se haga presente.
-No, Haida, no. Lo que quieren decir es que la fuerza de nuestros antepasados, su calor, llega hasta nosotros porque se conserva en la base de estos postes y se manifiesta cada vez que la necesitamos. Tú sabes que el abuelo se perdió en el mar y no lo verás nunca más.
-Conque eso era. Ya me parecía raro lo del poste.
Visiblemente desconcertada y triste, Haida se puso de pie y comenzó a alejarse de la aldea. Se veía tan abatida que un pequeño castor que andaba
merodeando y un poco extraviado se le acercó y le habló para consolarla.
-¿Por qué llo-por qué lloras, niña? ¿Lo pue-lo puede saber este castor?
-Busco al abuelo, hace meses que no lo veo.
-Senci-sencillo. Busca-búscalo en el lugar donde lo vis-lo viste por última vez.
Haida siguió el consejo del castor tartamudo.
Caminó hasta la orilla del mar, se sentó en la arena y comenzó a arrojar piedritas al agua. De pronto escuchó a su espalda una voz dulce y quebradiza.
-Haida, pequeña. Qué bueno que has venido. Cuánto tiempo sin verte.
* Los Indios de las costas noroccidentales de Norteamérica: (donde hacen frontera Canadá y Estados Unidos) Se han vuelto famosos por sus grandes tótemes de madera de cedro rojo. Con la misma madera, hecha tablones, fabricaban las casas en donde vivían varias familias y elaboraban muchos otros objetos, como barcas y remos. La corteza fibrosa del cedro la usaban en la fabricación de canastos, sombreros, cuerdas y ropa.