Era una mañana muy fría. Atotarho, el hijo del jefe Sagamo, trabajaba junto al resto de los jóvenes de la aldea para mover los troncos que acababan de talarse. Era necesario retirarlos del campo cuanto antes para que las mujeres pudieran preparar el terreno y comenzar la siembra.
Todos los jóvenes trabajaron afanosamente durante el día: su tarea consistía en llevar los grandes troncos al sitio donde se estaba edificando la nueva aldea, para construir las cinco casas grandes (una casa para cada linaje o grupo de familias) y levantar también la empalizada que protegería a la aldea de ataques enemigos.
Tras la puesta del sol, una vez acabado el trabajo, la gente se fue congregando para formar cinco corrillos. Cuando oscureció, un viejo de cada linaje comenzó a relatar a los suyos la historia que se contaba siempre que se construía una nueva aldea.
-Entonces -dijo el viejo del linaje de Atotarho- Hiawatha, nuestro primer antepasado, fincó una estaca y enseñó a todos los demás hombres cómo construir una casa...
El viejo detuvo su plática bruscamente al escuchar un fuerte crujido de maderas en la estructura de la casa junto a la que se encontraban sentados.
En ese momento la viga maestra se desamarró, se inclinó y comenzó a caer en dirección a la gente.
Sin perder un instante, Atotarho levantó la mano, miró hacia el gran tronco y gritó:
-Por el espíritu de Hiawatha, ¡detente!
La viga se quedó detenida en el aire, quieta y rígida. Cuando la gente del corrillo se apartó, la viga terminó de caer.
-¡Atotarho! -gritaron varias mujeres llenas de asombro- . ¡Con tu magia serás jefe sabio, como el primer Hiawatha!
* Los Iroqueses: Vivieron hasta el siglo XIX en los alrededores de los Grandes Lagos y en el nacimiento del río San Lorenzo. Tenían la costumbre de cambiar su asentamiento después de varios años (generalmente unos veinte) para explorar nuevas tierras con el sistema de roza.
Hiawatha y Atotarho fueron jefes de gran prestigio y se convirtieron en los mayores héroes de la cultura iroquesa.