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Un día en la vida de un guerrero mexica
Pablo Escalante Gonzalbo Ilustraciones
de
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ruido de los tambores anunciaba el medio día desde lo alto de los
templos. Un viento frío de primavera agitaba las copas de los fresnos
y los ahuehuetes y el rumor producido por sus hojas recorría la isla.
Icxitontli, que caminaba por una de las calles más estrechas de la
ciudad, apresuró el paso al divisar la entrada de su casa, muy cerca
de la orilla meridional de la isla.
La madre de Icxitontli molía el nixtamal en el centro del patio; completamente inclinada sobre el metate, no vio ni oyó a su hijo. Su padre se encontraba riñendo a un guajolote que se empeñaba en saltar la bardita del corral y hacer alboroto, pero vio a Icxitontli con el rabillo del ojo y se acercó al patio para saludarlo. Tomó a su hijo del brazo y le dijo, como era su costumbre: "Debes estar fatigado... Ven, siéntate".
El semblante serio y preocupado del muchacho disipó de inmediato las dudas sobre el motivo de su visita. Su padre, que era de muy pocas palabras, dirigió a Icxitontli un pequeño discurso en el que recordaba que tuviera precaución ante los peligros pero al mismo tiempo lo animaba a ser valiente. "Llévate estas palabras ¾le decía¾ , que te den ánimo... Y vamos a ver si finalmente traes el honor a esta casa ". La madre se metió en la habitación especial, avivó el fuego y esparció copal. Era una ofrenda a los espíritus de los antepasados que residían bajo el fuego, para que protegieran al muchacho; también era una forma de evitar la despedida, que siempre la llenaba de lágrimas.
¡Cuexpalxicapul!, ¡Cuexpalxicapul!" Sin decir nada en respuesta, Icxitontli siguió su marcha masticando su vergüenza. A sus dieciséis años, no había podido tomar ningún prisionero en las guerras y zafaranchos en que había participado. Los maestros del telpochcalli le obligaban a llevar una larga coleta en la nuca para que todos conocieran su falta de arrojo.
para qué darle un arma a este muchacho que era tan cobarde. Icxitontli se puso colorado de vergüenza, pero estiró la mano. El maestro se encogió de hombros y le entregó la espada.
imágenes desagradables: "Nuestro señor Motecuhzoma ha ordenado una guerra sin cuartel contra los chalcas..." e Icxitontli veía tres tejocotes flotando en el canal. "Los chalcas han asesinado al noble capitán Tlacahuepan...", Icxitontli cerraba los ojos y veía su larga coleta de guerrero sin mérito... El escuadrón del barrio de Icxitontli no era sino uno más entre los cientos de escuadrones que avanzaban por la calzada de Iztapalapa. La mayor parte del ejército estaba integrada por los escuadrones de águilas y ocelotes, feroces guerreros curtidos en el fragor de muchas batallas. En los rostros de los muchachos de los barrios se advertía la preocupación y el nerviosismo. Las águilas y los ocelotes, en cambio, caminaban tranquilos y seguros, permitiéndose incluso charlas y bromas: ir a la guerra era su profesión, y hacía tiempo que habían aprendido a controlar el miedo. Atardecía cuando la columna llegó a las cercanías de Tláhuac. Los tambores de los templos de todas las ciudades y villas del valle de México anunciaban la puesta del sol; los mercados se levantaban en las plazas y la gente que navegaba en los canales o caminaba por las calles se disponía a regresar a sus casas.
El campamento estaba en calma cuando se oyó el canto de los tecolotes. Dos tecolotes uno en cada extremo del campamento, cantaban muy alto con una voz que parecía humana. Lo primero que gritaron fue " ¡tiacahuan! ,¡tiacahuan! ,¡tiacahuan!" (¡valientes!, ¡esforzados!). Luego uno de ellos cantó "¡tetequi!, ¡tetequi! (¡cortar!, ¡cortar!) y el de el otro extremo le respondió "¡yólotl!, ¡yólotl! (¡corazón!, corazón!). El primero volvió a cantar "¡quechtépol chichíltic!" (¡garganta colorada!) y el otro le respondió "¡chalcah!, ¡chalcah!" (¡los chalcas!, ¡los chalcas!). Por el campamento se esparció el rumor de que ese canto había sido un buen augurio; sin duda triunfarían sobre los chalcas. Icxitontli extendió el manto que había cargado en la espalda durante la jornada, dirigió la mirada a cada uno de los puntos cardinales y rogó a Tezcatlipoca que lo protegiera durante la noche. Los primeros rayos del sol iluminaban las banderas mexicanas y proyectaban larguísimas sombras sobre el campo. En las afueras de la ciudad, los chalcas aguardaban protegidos detrás de pequeñas empalizadas de troncos. Lo que la tarde anterior había sido una columna interminable, se había convertido ahora en un gigantesco semicírculo humano que avanzaba lentamente y amenazaba con cerrarse y engullir a la ciudad de Tlalmanalco, reducto y fortaleza de los chalcas.
A media mañana entró en acción el escuadrón de Icxitontli. Se encontraba inmediatamente detrás de un escuadrón de águilas, así que se vio obligado a pasar al frente tan pronto como esos guerreros entraron en acción. Por fortuna, los chalcas se encontraban desconcertados y muchos caminaban hacia atrás por el efecto de la última embestida. A pesar de ello, el peligro era enorme. Cuando Icxitontli se disponía a avanzar con su espada en alto, un enemigo le arrojó la tierra a los ojos y lo obligó a detenerse y sacudir la cabeza. Al abrir nuevamente los ojos, el muchacho se encontraba rodeado por cuatro guerreros chalcas. Uno de ellos gritó "¡Nuestras mujeres tienen las cazuelas listas para cocinarte en chile de árbol!" Con la lucidez de quien se siente perdido, Icxitontli recordó una de las lecciones que le había dado el más viejo de los maestros del telpochcalli: "Si tienes un enemigo frente a ti, atácalo sin tregua. Si tienes dos enemigos, tú también deberás ser dos, atacaras a el primero y volverás la espalda de inmediato para recibir al segundo... Y si te encuentras rodeado, serás un torbellino, girarás...girarás, que tu ferocidad no tenga límite".
Pidió cuatro cuerdas cortas y una larga; amarró a sus cautivos poniéndoles las manos a la espalda y con la quinta cuerda los ató en hilera dándole a cada uno un par de vueltas alrededor del cuello. Los pobres chalcas, medio muertos, no oponían resistencia.
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