Una
noche, un cachorro llamado Tuch se encontraba dormido frente a la casa
de sus amos cuando oyó que lo llamaban en voz baja: "Tuch,
Tuch, despierta."
El perrito levantó las orejas, abrió los
ojos y cuál no sería su sorpresa al encontrarse frente a
Kakazbal, el genio de la oscuridad.
Tuch empezó a gruñir y a ladrar.
"Shh, cállate, le dijo Kakazbal, o vas a
despertar a toda la familia."
El perro no le hizo caso y siguió gruñendo
y ladrando.
"Escucha un momento lo que te voy a decir y si no
te conviene me voy, le pidió Kakazbal, pero deja de ladrar."
Como Tuch no creyó que Kakazbal fuera a hacerle
ningún daño decidió escuchar.
"Los he estado observando a ti y a Odilón
y he visto que te pega, te maltrata y nunca quiere jugar contigo. No le
gusta que te rasques ni ladres."
"Es que Odilón es todavía niño
y además hijo único ", contestó Tuch.
"Razón de más, dijo Kakazbal, por
eso debería quererte y acompañarte, porque no tiene con quién
jugar."
"Bueno, contestó Tuch está un poco
consentido y a veces es egoísta, pero es mi amo y yo lo quiero."
"Ja, ja, ja, se rio Kakazbal de Tuch, no sabes lo
que dices. Ese niño es desobediente, llora por cualquier cosa y
sólo sabe pensar en él mismo, ¿crees que te va a
querer si no eres más que un perro corriente?
Te llamas Tuch porque deberías ser como el ombligo de Odilón,
pero te deberías de llamar
Zoquete porque además de manso eres menso; ja, ja, ja", se
volvió a reir Kakazbal.
Fue entonces cuando Tuch se empezó a dar cuenta
de que Kakazbal no traía buenas intenciones.
"Odilón es un ingrato, le dijo Kakazbal,
por eso debes ayudarme a atrapar su alma en la noche y dármela.
Cuando está dormido parece que no mata una mosca, pero mira su alma."
Y es que cuando los humanos duermen sus almas se separan
de sus cuerpos y vagan por la noche metiéndose muchas veces en líos.
Los perros pueden ver esas almas que salen de los cuerpos
y cuando son de sus amos tratan de cuidarlas y vigilarlas.
"Mira, dijo Kakazbal, ahí va el alma de tu
amo, ve cómo corre hacia los columpios y la resbaladilla, juega
con agua y lodo, avienta piedras y se divierte. Si la atrapas y me la das
te prometo un premio."
"Nunca, respondió Tuch. Aunque Odilón
no me quiera yo sí lo quiero. Los perros nunca traicionamos a nuestros
amos."
"¡ Ja, ja, ja!, se volvió a reír
Kakazbal, eso sólo lo dicen los perros tontos. Conozco a uno que
se vengó de su amo que lo maltrataba. Un día que le iba a
dar de comer, el perro le tiró una mordida que dejó al amo sin dedos.
Ése era un perro inteligente, ¿por qué vas a tratar
bien a quien te trata mal?, preguntó Kakazbal muy serio. Anda atrapa
el alma de tu amo y te doy el premio que te prometí."
"¿Qué premio?", preguntó Tuch.
"Lo que tú pidas", prometió Kakazbal.
"Me has convencido, dijo Tuch. A Odilón no
le gusta que juegue con él, me grita, me pega y me regaña
y casi no me da de comer así que te prometo atrapar su alma y dártela
hoy mismo en la noche si tu me das tantos huesos como pelos tengo en el
cuerpo."
Kakazbal sabía que Tuch era glotón. Él tendría
que contar todos los pelos del perro para darle el equivalente en huesos.
"¡Acepto!", dijo Kakazbal.
Y se puso a contar: "uno, dos, tres, cuatro..., cien, mil...,
cien mil..., un millón;..., dos millones..., tres millones..., cuatro
millones uno". Y ya iba por la mitad de la pelambre de Tuch cuando el perro
se empezó a rascar y Kakazbal perdió la cuenta.
"¡Ya me hiciste equivocar!", gritó
molesto Kakazbal.
"Es que me picaron las pulgas", contestó Tuch.
Para entonces ya empezaba a amanecer y como Kakazbal sólo
podía salir de noche dijo:
"¡Tendremos que volver a empezar mañana!,
y salió furioso.
La noche siguiente Kakazbal se apareció ante Tuch
y le dijo:
"Mira ahí está el alma de Odilón
dando brincos y volantines, marometas y cabriolas, sin saber qué
le espera. Anda ve, atrápala y te doy los huesos que tú quieras."
"Primero cuenta los pelos que tengo sobre el cuerpo,
dijo Tuch; es en lo que quedamos."
Con gran trabajo Kakazbal empezó a contar otra
vez:
"Uno, dos, tres..., cien..., mil..., cien mil...,
un millón..., dos millones..., tres millones". Y ya iba llegando
a los ocho millones, cuando acercándose el amanecer, Tuch levantó
la pata trasera y se empezó a rascar la oreja derecha.
"¡Has hecho que pierda la cuenta otra vez,
perro condenado!", le reclamó Kakazbal.
"Es que tengo mucha comezón, dijo Tuch; como
tú no tienes pulgas no sabes qué ganas dan de rascarse. Y
es que como Odilón no me baña tengo que rascarme con mis
propias uñas."
"¡Me lleva!, dijo Kakazbal muy enojado; vendré
mañana en la noche y espero que entonces pueda llevarme el alma de
Odilón y darte tus benditos huesos."
Kakazbal regresó la noche siguiente y sin perder
tiempo se puso a contar rápido, de modo que ya iba en los últimos
pelos de la cola del perro: Diez millones, diez millones uno, diez millones
dos...", cuando otra vez, Tuch levantó una pata y se empezó
a rascar con fuerza.
"¡Me lleva la trampa! ¡Me has hecho
perder la cuenta otra vez y ahora si no te lo perdono!"
Al oír los gritos de Kakazbal, Odilón se
despertó. Su alma y su cuerpo se juntaron. Odilón se levantó
de la cama y fue hasta donde Kakazbal discutía con Tuch.
"No creas que no me di cuenta desde el principio
que me estabas engañando. No quisiste entregarme el alma de Odilón,
tu amo, aunque te trate con la punta del pie. Ahora lo sé: los perros
no pueden ser traidores. Y como ya empieza a amanecer mejor me voy y ya
sé que no cuento contigo para apoderarme del alma de tu amo,"
dijo Kakazbal y desapareció.
Cuando Odilón escuchó cómo lo había
defendido Tuch, su perrito, de las intenciones de Kakazbal, se sintió
orgulloso de él y decidió tratarlo mejor y darle el cariño
que se merecía. En adelante iba a jugar con él, a quererlo,
a ser su amigo y no se iba a enojar cuando lo viera rascarse porque sabía
que las pulgas del perro sirven para defender al amo.
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