Vivir es ir guardando recuerdos en un saquito.



Alejandra de los Recuerdos era la memoria de la familia y por ser la mayor, sabía la historia de todas las hermanas y de todo el bosque. Era la única que algunas veces salía sola. Vestía de amarillo. Siempre andaba pensativa y callada. Se movía casi sin hacer ruido, y cuando caminaba, su cuerpo iba hacia delante y sus pensamientos hacia atrás como la seda de una bandera llevada contra el viento. Sus ojos siempre estaban húmedos pero alegres, y dicen que parecía que no veía lo que miraba, sino lo que pasaba detrás de sus ojos. Dicen que llevaba dentro un tiempo enorme que no se medía por días, ni por meses y ni siquiera por años. A un lado de la casa, a la sombra de las copudas majaguas, había una carroza muy vieja, destartalada, sin ruedas y sin caballos, cubierta de telarañas y helechos.



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