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Dicen que Claribel sabía lo que decían las matas con el rozar de sus hojas. Y que escuchaba también la musiquita que hacen las flores cuando se abren, y que nadie oye. Y que las flores se abrían y cerraban como saludándola cuando ella las acariciaba. Dicen que Claribel amanecía mojada de rocío y que las mariposas iban a ella y se posaban en sus hombros y en sus manos blancas y siempre estaban revoloteando alrededor de su cabeza.
Y dicen que cuando hacía calor y Claribel dormía la siesta entre sus matas, tendida sobre la hierba fresca, una mariposa amarilla muy grande se posaba a su lado y la abanicaba moviendo sus alas.