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Mucha agua, mucho sol, y mucho
ejercicio.
Damiana de los Remedios vestía de violeta. Era la más gordita de las viejitas. Nunca tosía. Se llevaba muy bien con Claribel y con Fortunata, y las tres se pasaban el día conversando. Ella siempre decía que mejor era ir al médico, pero para cosas sencillas como un dolor de muelas, un resfriado, un empacho o un catarrito, Damiana tenía mil remedios. Cuando algún niño de los que estaban dando vueltas alrededor de Fortunata tenía dolor de muelas, Damiana le daba a mascar bolitas de hojas de ítamo real y le ponía una hoja de salvia en el cachete. Todos le pedían remedios y ella los daba. Para el estómago romerillo, para las lombrices y el empacho cundiamor, y para las cortadas chiquitas hojas de guayaba en polvo, y para los nervios pasiflora, con su flor que crece para abajo cerrada como un capullo. Pero dicen que el remedio especial de Damiana era el jarabe de guira cimarrona, que no fallaba para la bronquitis, y que además le echaba miel de abeja, y hojas de eucalipto y majagua, y caña santa y romerillo, y una naranja de chilla picada en tres con azúcar prieta. Damiana era la enfermera de la familia.