Liliana Santirso - Ilustraciones
de Patricio Gómez
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los sueños de mi padre
"Sebastián"
se leía en el casco de la nave que se mecía en altamar.
Era un barco que llevaba prendidas de fuertes sogas unas sábanas
gigantescas para atrapar el viento. Un barco perezoso como todas las fragatas,
que sólo se mueven cuando las empujan las fuertes ráfagas
marinas.
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Y un día, cuando los crujidos fueron muchos, ya que las maderas
tenían tantos hoyos como familias de ratones albergaba la bodega,
sólo un hombre pudo izar las velas, rasgadas y cosidas infinitas
veces, para encontrar el viento.
Ese hombre, desde ese día, fue el Capitán. Nadie recordaba cuándo había sucedido exactamente porque es dificíl pensar que, tanto los barcos viejos como las personas mayores, alguna vez fueron jóvenes. Parecía que desde siempre, el Capitán y la fragata eran una sola cosa. Si el viento del norte anunciaba la borrasca, el viejo Capitán corría a amarrar las velas, se aferraba al timón y cantaba, como en las horas de máxima alegría, los cantares flamencos de su tierra andaluza. |
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Cuanto más arreciaba la tormenta, más fuerte se oía su voz entre los bramidos del viento: -¡Olé por tu gracia! -¡Olé por tu gracia, "Sebastiana" ! Aquello de "Sebastiana" era un secreto entre tres: sólo el mar, la fragata y el Capitán lo conocían. Cuando hablaba con la nave, que era muy seguido, dejaba escapar el secreto, tomando la precaución de que no estuvieran cerca alguno de los tres marineros que quedaban, o el malhumorado cocinero. Entonces se soltaba en medio de las furias marinas a darle ánimos a la "Sebastiana". Le cantaba y le hablaba con tan tierna galanura que seguramente algo debía de estremecerse en el atornillado interior de la fragata, porque era el asombro de los curiosos que un barco tan antiguo y tan fragíl pudiera seguir aventurándose en alta mar y regresar a puerto sin novedad. |
| -¡Guapa!
Tú si que eres guapa "Sebastiana"- decía el
Capitán, tan convincente que más de una vez alguna sirena
extraviada en la tormenta llegó a oírlo y recobró
fuerzas para seguir su viaje pensando que la habían reconocido.
(Y es que todas las sirenas se sueñan guapas.) |
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Cuando el mar recobraba la calma, el Capitán hacía un tremendo esfuerzo para soltar el timón que llevaba incrustado en el pecho, por haberlo abrazado intensamente durante muchas horas, y caía redondo sobre la cubierta dejándose acariciar por el sol que siempre brilla después de la borrasca. Entonces decía con voz agotada: -Eres de fierro, muchacha. Te postraste como las buenas. Ya te quisieran imitar esas barcazotas nuevas que se hunden al primer relámpago. Y se dormía después de horas tan tremendas. Porque la fragata comenzaba a moverse como una inmensa mecedora: suave, suave... Tan acompasado era el movimiento, que hasta el seriesísimo cocinero se meneaba sobre su pata de palo cantando: La mar estaba serena, serena estaba la mar... |
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Una tarde, el barco estaba anclado en un puerto ruidoso como todos los puertos. Era la hora del descanso. El Capitán peinaba su larga y sedosa barba sentado sobre un rollo de soga en cubierta cuando, de improviso, llegó una voz. Una voz ruda y despiadada, con un argumento lleno de números, cifras y nombres que pronunciaba con frialdad y reverencia. Una voz que detuvo la tarde y dejó el cepillo inmóvil a mitad de la barba; a los ratones con los bigotes tiesos de terror; al cuchillo del cocinero paralizado en el aire sobre una enorme cebolla y a los tres marineros pegados como estampillas en el rincón desde donde espiaban. |
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Una voz
que conmovio hasta el ancla de la "Sebastiana".
El Capitán la oyó y se perdió en el laberinto de números y nombres, pero entendió una frase, que lo obligó a ponerse a destrenzar la soga para ocultar las lágrimas. -De baja- decía la voz entre tantas palabras inútiles. -La fragata "Sebastián" se da de baja. De baja. Entonces el recuerdo de un lugar terrible apretó el flamenco corazón del Capitán: el desmantelador. La palabra siniestra le recorrió la espalda con un frío de muerte como no había sentido en la peor de las tormentas. El desmantelador... Era un lugar terrible, injusto. Se trataba en realidad de un cementerio despiadado. Un triste lugar donde se extirpan una a una, tabla a tabla, tuerca a tuerca, todas las partes de los barcos hasta dejar el esqueleto: un desolado dinosaurio que espera los últimos hachazos. |
| Y la voz hablaba. Decía algo de un hogar marino, que estaría seguramente lo más lejos posible del mar. Insistía en los tranquilos días de la vejez. ¿Y que sabría la voz de la vejez, de mar, de borrasca y de fandango? ¿Y quién era la voz para decretar así, en un triste papel lleno de sellos, la muerte de la "Sebastiana"? |
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Como siempre sucede, la voz que vino se fue, y en su lugar comenzaron a
acercarse al Capitán los pesados pasos de los tres marineros y un
ritmo irregular, toc-plaf, toc-plaf, anunciaba al adusto cocinero.
Entre todos rodearon al Capitán, que seguía destrenzando la soga con tal brío como si en ello le fuera la vida. Y realmente se le hiba... El silencio los acompañó varias horas. Cuando la soga quedó totalmente deshecha y la luna se escondía para no enterarse del triste cuadro que formaban aquellos cinco hombres cabizbajos en cubierta, el Capitán levantó lentamente la cabeza. Tomó el cepillo entre los dedos, siguió con la prolija tarea de alisar su barba, y comenzó a hablar. Su voz sonaba suave pero segura. Sorpresivamente, un coro de cinco voces que se oían como cincuenta cortó el aire helado de la noche: |
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Esta no, eta noche es Nochebuena
Y mañá, y mañana es Navidad Dame la, dame la bota María Que lo vo, que lo voy a festejar. |