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Cimarrones americanos de las zonas áridas
 

Los borregos del desierto son las subespecies weemsi, cremnobates, mexicana y nelsoni. Son musculosos, de talla mediana, como los borregos de las zonas frías; pueden llegar a pesar más de 120 kilogramos. Tienen las piernas cortas y fuertes, que les permiten desplazarse en los terrenos escarpados que constituyen su hábitat preferido.
 
 

 

En 1904, Daniel Giraud Elliot tomó como prototipo de la subespecie cremnobates un ejemplar de Matomí, Baja California, cuyo pelaje era más obscuro que el de la variedad nelsoni, y que tenía los cuernos más gruesos y largos, al igual que el cuerpo.

El pelaje del borrego nelsoni es café claro, los cuernos son amarillentos, casi triangulares, con las puntas abiertas y de menor tamaño que en el resto de los borregos de grandes cuernos de América del Norte.

La subespecie mexicana del borrego cimarrón se ha adaptado a la ardua vida de los desiertos de Nuevo México, Texas, Chihuahua, Coahuila y, sobre todo, de Sonora y el sur de Arizona, donde llueve muy poco. Los especímenes que se conocen miden, por lo común, entre un metro y 1.80 metros de longitud, y alcanzan una altura, hasta el hombro, de un metro. Son de color café obscuro, con la grupa blanca. La cola es corta y más obscura. Los grandes cuernos de los machos se presentan en forma de espiral cerrada y crecen hacia atrás; en las hembras los cuernos son menores.
 
 

Tres jóvenes machos cerca de Arroyo Grande, Baja California.

 
El primer dibujo de un borrego cimarrón apareció en Noticia de la California de Miguel Venegas, en 1757.

 
Borrego cimarrón de la subespecie mexicana.

 

La vida en el desierto

Los desiertos son territorios donde llueve muy poco; es decir, menos de 250 milímetros al año. La combinación de las corrientes oceánicas que viajan a lo largo de las costas y los vientos produce una presión atmosférica muy alta en esas regiones. Esto impide que pasen por allí nubes cargadas de agua, así que los cielos son despejados, el sol cae a plomo y el suelo se halla deshidratado, árido en extremo.

La mayor parte de la zona donde habita el borrego cimarrón consiste de desiertos extremadamente áridos. En El Pinacate y en el desierto de Altar, Sonora, se han registrado algunas de las temperaturas más altas de la Tierra. Sus lluvias alcanzan cuando mucho un poco más de 50 milímetros por año. Sin embargo, esto es suficiente para que los borregos puedan sobrevivir.
 
 

En la cuenca del Río Colorado y hasta la sierra de Juárez habita el puma cachanilla, que pertenece a la subespecie Felis concolor browni (en la ilustración, donde además aparecen un coyote, un correcaminos y una codorniz). Desde la sierra de Juárez hasta Los Cabos habita otro puma, el Felis concolor improcera. El chimbicá o chimblea, como los indios californios llaman al puma, acostumbra matar un borrego o venado por semana, donde los hay. Esto suma 50 ejemplares al año para cada felino.

 

 

 
Algunos desiertos son realmente áridos. Otros no lo son tanto y pueden ofrecer una sorprendente variedad de especies vegetales y animales, como son estos frutos de los que se alimentan los borregos cimarrones que se han adaptado a climas tan severos.

 
En las zonas semidesérticas comparten el entorno con el cimarrón, el berrendo, el venado y el águila dorada.
 


 

 

Leyendas americanas del borrego cimarrón
 

Los borregos cimarrones son animales sagrados porque fueron testigos de la creación, según los relatos cosmogónicos de los indios kiliwa, que aún viven en el estado de Baja California. Para los cazadores de todo el mundo, la constelación de Orión, gigante de belleza extraordinaria y gran cazador según la mitología griega, evoca el momento en que muere mordido por un escorpión enviado por la diosa Artemisa. Ambos, el gigante cazador y el escorpión, se convirtieron desde entonces en constelaciones.

Esa parte de Orión que sale de la gran estrella Betelgeuze y que podemos llamar "la maza" es para los kiliwa "los tres borregos de la montaña". Las narraciones de estos antiguos pobladores de Baja California nos muestran la relación profunda entre la caza, las estrellas y el agua. Nos recuerdan, asimismo, una especie de código sagrado entre los cazadores del desierto, que consiste en compartirlo todo, hasta la abnegación, sobre todo con los que son muy jóvenes o muy viejos.

Con un sentido del humor peculiar y sensibles a su sentido de la libertad, los pocos kiliwa que sobreviven en nuestros días aún creen que si uno no comprende que la bóveda celeste descansa en las cornamentas de los borregos cimarrones, entonces no ha entendido nada.
 
 


 
Por muchos años se ha discutido qué significa que casi no se hayan encontrado cráneos de borregas. ¿Acaso no mueren? Tal vez sólo es que, al carecer de cornamenta y tener su cráneo menos volumen y consistencia, se descompone con mayor rapidez que el del macho. O quizá se retiran a morir en un cementerio "secreto", como se dice que lo hacen los elefantes.

 

Constelación ovejuna
 

Al Señor de estas tierras le gustaba, más que ningún otro platillo, el tuétano de borrego. Su engendro, la criatura que se sienta en la Tierra, solía cazar borregos para él. Pero después de un tiempo, la criatura que se sienta en la Tierra pensó: "¿Por qué no los cazo para mí mismo? Me gustaría saber a qué saben." Probó un poco. "Mmm... ¡absolutamente delicioso!" Así que se dio un banquete. Preparó una salsa con la sangre y doró las vísceras, y regresó a la casa de su padre, el Señor de estas tierras.

El viejo Señor buscó el tuétano del borrego entre la salsa y las vísceras fritas, y no lo halló. Se lavó las manos con tierra y se alejó. El hijo se sintió ofendido. "¿Por qué no comes lo que te he traído?" El padre no contestó y se alejó aún más. En verdad estaba enojado. El hijo pensó: "He ido a cazar para él en vano." Furioso, salió de nuevo a cazar. Buscó en el sur y no encontró un solo borrego; fue hacia la costa del Pacífico y el cimarrón lo eludió. Probó suerte en el este y no vio nada. Por fin divisó un hato cruzando las montañas del desierto de San Felipe. El mayor guiaba a las hembras y a los jóvenes por las crestas, hacia su hogar, en Ascensión.

Les tendió una celada y disparó a un joven carnero que iba a la mitad del grupo. La flecha entró por una de las patas delanteras, se hizo astillas y luego comenzó a descascararse, mientras el resto seguía su viaje ahora presuroso y se lanzaba a través del golfo de California, pues es ahí por donde aparece la constelación del Borrego, en el cinturón de Orión. El joven borrego herido tampoco se detuvo. Desde entonces la maza que vemos en el cielo abierto es la flecha hecha astillas.
 
 

 

La creación del mundo según los kiliwa

El gran señor Meltí-ipá jala ú, el señor coyote-gente-luna, creó la Tierra. Vino volando del sur, donde todo es amarillo. Cuando llegó aquí no había nada. Todo era de noche. Alzó su gran bastón y desgarró con un grito la negrura del universo. La luz que se hizo apenas alcanzó a iluminar la tierra donde estaba parado, y entonces comenzó a aburrirse y a enfermarse. Antes de que la soledad se lo tragara, se levantó y fue al ombligo del sur, tomó un buche de agua dulce y con ella pintó de amarillo su camino. Del mismo ombligo, el señor coyote-gente-luna tomó un buche de agua salada y lo escupió hacia el norte, por lo que toda esa región se pintó de rojo. Entusiasmado, tomó un gran buche, uno tan grande que cuando lo arrojó al atardecer, el oeste se inundó. El océano que formó era inmenso, el oleaje peligroso y el color del agua obscuro como la misma noche. El señor coyote-gente-luna decidió tomar ahora sólo un buchito y lo esparció hacia el este, formando un pequeño mar, el golfo de California. Una vez terminada su labor se puso a descansar.

Sacó de su pecho un mazo de hojas de tabaco y fumó en su pipa de barro y madera. Fumó un rato y luego se quedó dormido, mientras el humo se disipaba y formaba senderos, caminos y veredas que nadie, más que el humo, había recorrido antes. Al despertar, el señor coyote tuvo ganas de cantar. Pero aún estaba solo. Notó, además, que la Tierra estaba desfondada.

Entonces tomó un poco de tabaco, llenó de nuevo su pipa, la prendió y lanzó cuatro bocanadas de humo. Así se formaron cuatro montañas y en ellas colocó los puntos cardinales. Luego creó el Cielo. Al notar que también se hallaba desfondado, hizo cuatro borregos cimarrones de sus pantorrillas. Puso uno en cada montaña y les dijo: "El cielo está desfondado. Usen sus cornamentas para sostenerlo."
 
 


 

 

La constelación del Borrego y el mar

El Señor de estas tierras se despertó por los llamados de su nuera; la muchacha quería que su marido ya dejara de dormir. Entonces el padre, el Señor de estas tierras se vistió y se fue a caminar lejos, muy lejos de ahí. Caminó tanto que llegó a una tierra lejana. Ahí le dieron ganas de fumar. Sacó su pipa, la limpió con una varita y tiró los residuos en la tierra. Luego se deshizo de la varita, mientras decía: "En algún momento del tiempo futuro una persona, un mortal de carne y hueso llamará a este lugar la Montaña Sucia del Norte."

Siguió andando y llegó a un sitio llamado Tierra Gris. Su piel estaba curtida por el sol y prefirió no parar en aquella villa. Siguió de largo y fue hasta Santa Catarina. Ahí se detuvo y volvió a fumar. El tabaco que traía se acabó. Entonces escupió un poco de saliva sobre la boca de su pipa y tiró los residuos en la tierra. "En algún momento del tiempo futuro una persona, un mortal de carne y hueso llamará a este lugar Retoños y Bocas de Tabaco", pensó el Señor de estas tierras.

Se adentró por el cañón de San Rafael y, de pronto, sintió que un estruendo de agua corría por ese lugar. Cuando se detuvo, le pareció que llovía. Volteó al cielo y aguzó el oído. El sonido venía del norte: una vieja canción del norte. De inmediato quiso conocer su origen. Pronto llegó a la fuente. "¡Un río!", se dijo el Señor de estas tierras, y se dispuso a seguir su curso. Más adelante vio algunas estrellas en el agua y se dio cuenta de que había llegado a la desembocadura. "¡El mar!", se dijo.

Entonces sufrió una terrible transformación. El rumor del agua lo hechizó de tal forma que se convirtió en un caracol negro como los cuervos. Un día, sumido en el mar, cantando ya bajo las olas, el Señor de estas tierras se encontró con su hijo, que andaba de pesca. Cuando lo descubrió, el hijo intentó pescarlo pero el padre se escabulló, como los cimarrones en las escarpadas montañas, y volvió a aparecer por allá, lejos de aquella embarcación. El hijo gritó maldiciones. El padre respondió con un encantamiento que había aprendido en el mar. Cantó con las olas del mar y el rostro de su hijo adquirió la forma de un caracol negro, tan negro como los cuervos. El padre nadó más lejos y su hijo se lamentó de que nunca más podría regresar y mirar a ningún ser humano con esa horrible cara. El padre alcanzó a escuchar los lamentos de su hijo, se apiadó de él y entonces volvió a cantar.

Mientras la embarcación donde iba el apesadumbrado hijo que se sienta en la tierra navegaba de regreso a tierra firme entre los rompientes marinos, su rostro y todo su cuerpo desaparecieron. En su lugar apareció una cordillera poblada de pinos, donde habita el borrego cimarrón. El Señor, convertido en caracol, nadó aún más lejos y dijo: "Me llamaba el Señor de estas tierras. Ya no, ahora soy el Viejo de las algas marinas." Antes de ser arrastrado por una corriente oceánica alcanzó a decir: "¡Voy a encontrarme con el Espíritu de la casa bajo la sombra de un sauce, en una tierra distante, al otro lado del mar de occidente!"
 
 


 

 

 

Arte rupestre
 

Todas las culturas antiguas en lo que hoy es el hábitat del borrego cimarrón de grandes cuernos registran más figuras ovinas en piedra que de cualquier otro animal. Las pinturas de borregos salvajes, casi siempre en rojo y negro, de tamaño natural, se repiten a lo largo de las sierras de San Borja, San Juan, San Francisco y Guadalupe, a veces de perfil y a veces con sus grandes cuernos retorcidos vistos de frente. Algunos pintaban un cuerno rojo y el otro negro. Se han encontrado pinturas blancas y, ocasionalmente, amarillas y verdes.

El arte rupestre también muestra un arma de caza, el atlatl, una especie de disparador de arpones. Hacia el siglo XVII, los indios habían abandonado el atlatl y cazaban ya con arcos y flechas.

La tribu hohokam del oeste norteamericano modeló figuras en barro del borrego cimarrón como parte de una actitud aparentemente ritual hacia este animal. Navajos y hopis también utilizaron la figura de los cuernos del cimarrón en actos ceremoniales.

Llama la atención que muchas de las pinturas rupestres muestren sobre todo borregos y no otros animales, y que, además, muchas figuras parezcan estar preñadas. Hay, sin duda, una relación atávica, ancestral con la fertilidad.

Los pintores de las cavernas obtenían el rojo y el ocre de arcillas, mientras que el negro y el gris lo sacaban con la mezcla de cenizas y carbón. El blanco lo fabricaban moliendo huesos. Los primeros californianos escogieron muy bien sus pizarrones y lienzos; es decir, grandes piedras planas en los desfiladeros, al abrigo del sol y la lluvia. A estas piedras se les llama resguardos y son casi siempre de granito. Algunos resguardos son de tonalidades claras, si bien la mayoría es color tierra.
 
 

En el suroeste de los Estados Unidos y el noroeste de México se han descubierto petroglifos, esto es, dibujos muy sencillos grabados, labrados o tallados en la piedra, y pinturas hechas con pigmentos naturales y, tal vez, alguna especie de pincel o brocha primitiva. Un magnífico ejemplo es la Cueva Pintada ubicada en la sierra de San Francisco en Baja California Sur.

 
Cueva de las Flechas en Arroyo de San Pablo, en Baja California Sur.

 
Sitios con grabados o pinturas de borrego cimarrón
Lugar
Núm. de sitios
California
Utah

Arizona

Oregon

Washington

Península de Baja California

Nevada

Colorado

Wyoming

Idaho

Texas

Sonora

Nuevo México

Montana
66
46

29

29

26

24

23

13

9

7

6

5

5

1
 


 

 

El cimarrón y el conquistador
 

Es muy probable que el primer encuentro del borrego de grandes cuernos con los colonizadores europeos se haya producido durante la expedición de don Isidro de Atondo y Antillón, ocurrida en 1683, en el extremo sur de la sierra de La Giganta. O pudo haber sido antes, en 1540, en algún sitio del norte de Sonora, cuando Melchor Díaz llegó hasta el Río Colorado. No hay que olvidar que Cortés cabalgó en los alrededores de la bahía de la Santa Cruz, hoy La Paz. Como quiera que haya sido, no fue sino tiempo después cuando el conquistador puso atención en el cimarrón.

Se atribuye al jesuita Francisco María Píccolo, de origen siciliano, la primera descripción escrita de este animal. Píccolo publicó en 1702 una crónica sobre California y describió al cimarrón en los siguientes términos: "Es tan grande como un becerro de dos años; su cabeza como la de un ciervo y sus cuernos, que son muy grandes, como los del borrego. Su cola y pelo son manchados y más cortos que los del ciervo. Pero sus pezuñas son grandes, redondas y partidas como las de un buey."

Más tarde, en 1757, otro jesuita, el padre Miguel Venegas, incluye en sus Noticia de la California el primer dibujo del cimarrón y lo llama "tayé" o venado de California. Tayé significa borrego en cochimí.

De la época colonial data la leyenda de que, al verse acosados, los borregos se tiraban al abismo y caían de cabeza, soportando con sus fuertes cuernos la caída. En Noticias de la península Americana de California (1772) el padre alemán Juan Jacobo Baegert relata: "Cuando se sienten perseguidos, suelen dejarse caer de cabeza sobre estos cuernos desde las cimas más altas, sin sufrir daño alguno." Desde luego, esto no es cierto, pues el animal no podría resistir una caída así.

Ni el hombre antiguo ni la colonización española, muy breve en el norte de la actual República Mexicana y en el sur de los Estados Unidos, fueron una amenaza real para el borrego cimarrón.
 
 

Esta temprana ilustración fue realizada por el padre jesuita de origen austriaco Ignacio Tirsch, quien estuvo en la península de Baja California entre 1761 y 1768, y dejó testimonios de la flora y fauna del lugar. Entre ellos el borrego cimarrón y su gran enemigo, el puma.