| Juan
Antonio García Núñez |
Pedro Pablo
Berruezo |
Nota: Para el
desarrollo de este taller sólo se tomó este capitulo del libro
Psicomotricidad y Educación Infantil.
1.3.3
Aspectos de contenido
A
continuación nos ocuparemos de los contenidos que ha de
abordar la práctica psicomotriz en la etapa de Educación
Infantil.
a) El
esquema corporal
Las
sensaciones primeras del recién nacido se refieren a su
cuerpo. El malestar o el bienestar, las impresiones
táctiles, las movilizaciones y desplazamientos (el
acunamiento), las sensaciones visuales y auditivas, etc., le
proporcionan informaciones que poco a poco le servirán para
distinguirse del mundo exterior y posteriormente para
identificarse a sí mismo. El esquema corporal, que puede
entenderse como una organización de todas las sensaciones
relativas al propio cuerpo (principalmente táctiles,
visuales propioceptivas) en relación con los datos del mundo
exterior, consiste en una representación mental del propio
cuerpo, de sus segmentos, de sus límites y posibilidades de
acción.
Le
Boulch (1973) lo definió con bastante acierto como < una
intuición global o conocimiento inmediato que nosotros
tenemos de nuestro propio cuerpo, tanto en estado de reposo
como en movimiento, en relación con sus diferentes partes y,
sobre todo, en relación con el espacio y con los objetos que
nos rodean>. Coste (1980) nos aclara cómo se construye y
cómo se manifiesta, puesto que se trata del < resultado
de la experiencia del cuerpo de la que el individuo toma
poco a poco conciencia y constituye la forma de relacionarse
con el medio con sus propias posibilidades>. Por tanto,
es evidente que el esquema corporal no se nos da con el
nacimiento, sino que su elaboración se va construyendo por
medio de múltiples experiencias motrices, a través de las
informaciones sensoriales (propioceptivas, interoceptivas y
exteroceptivas) de nuestro cuerpo. Para Wallon (1959), en
este sentido, es . La clave de su construcción reside, para
él, en hacer concordantes las percepciones visuales y
cinestésicas (también posturales) que tenemos de nuestro
cuerpo.
El
esquema corporal constituye pues, un patrón al cual se
refieren las percepciones de posición y colocación
(información espacial del propio cuerpo) y las intenciones
motrices (realización del gesto) poniéndolas en
correspondencia. En otras palabras, teniendo una adecuada
representación de la situación del propio cuerpo se pueden
emplear de manera apropiada sus elementos para la
realización de una acción ajustada al objetivo que se
pretende. La conciencia del cuerpo nos permite elaborar
voluntariamente el gesto antes de su ejecución pudiendo
controlar y corregir los movimientos.
Como
nuestra actividad es constante, el esquema corporal se
enriquece con nuestras experiencias, de manera que no puede
considerarse un dato inmutable una vez construido, sino
maleable dentro de su relativa permanencia. A esto se
refiere Ajuriaguerra cuando afirma que el esquema corporal,
con el aporte de las sensaciones táctiles, cinestésicas,
laberínticas y visuales < realiza, en una construcción
activa que maneja constantemente datos actuales y pasados,
la síntesis dinámica que proporciona a nuestros actos y a
nuestras percepciones el marco espacial de referencia donde
toma su significación> (citado de Murcia,
1990).
Inseparablemente ligada al concepto de esquema
corporal se encuentra la noción de imagen corporal.
Seguramente, con frecuencia utilizamos estos dos términos
como sinó"muñeco en miniatura" nimos y pensamos que el
esquema corporal es como una especie de igual a nosotros
mismos que existe en nuestro pensamiento y sobre el que
podemos identificar y situar cada uno de sus elementos. Esto
es la imagen corporal que ha sido ampliamente estudiada a
través de la representación gráfica en el dibujo de la
figura humana (Koppitz, 1976). El esquema corporal sobrepasa
la noción de imagen y se asienta en la conciencia de sí
mismo. No es un concepto de unidad como integración de
partes corporales, es el eje de la organización de la propia
personalidad, lo que mantiene la conciencia, la relación
entre los diferentes aspectos de uno mismo (Berruezo - Del
Barrio - García Núñez, 1993).
Como
afirman De Lièvre y Staes (1992), "el esquema corporal es el
conocimiento y conciencia que uno tiene de sí mismo en tanto
que ser corporal, es decir:
- Nuestros límites en el espacio (morfología);
- Nuestras posibilidades motrices (rapidez,
agilidad...);
- Nuestras posibilidades de expresión a través del
cuerpo (actitudes, mímica);
- Las percepciones de las diferentes partes de nuestro
cuerpo;
- El conocimiento verbal de los diferentes elementos
corporales;
- Las posibilidades de representación que tenemos de
nuestro cuerpo (desde el punto de vista mental o desde el
punto de vista gráfico...) "
-
El
esquema corporal puede considerarse, pues, como una
estructura que evoluciona siguiendo el principio de
jerarquización que rige el desarrollo de la actividad
mental, según el cual las funciones más recientes se
asientan sobre las más antiguas, y así sucesivamente.
Podemos distinguir cuatro etapas en su desarrollo: la de
movimientos espontáneos, la sensoriomotora, la perceptivo
motora y la de proyección simbólica y representación. Las
tres últimas etapas, como se ve, coinciden (aunque la última
llegue más allá) con las fases que hemos diferenciado en la
Educación Infantil y con la orientación de objetivos para el
trabajo de psicomotricidad en estas edades.
Los
elementos fundamentales y necesarios para una correcta
elaboración del esquema corporal, que abordaremos a
continuación, son: el control tónico, el control postural,
el control respiratorio, la lateralización y la
estructuración espacio-temporal.
b) El
control tónico
Para la
realización de cualquier movimiento o acción corporal, es
preciso la participación de los músculos del cuerpo, hace
falta que unos se activen o aumenten su tensión y otros se
inhiban o relajen su tensión. La ejecución de un acto motor
voluntario, es imposible si no se tiene control sobre la
tensión de los músculos que intervienen en los
movimientos.
Existen
dos dimensiones en la actividad muscular: el aspecto
clónico, fásico y cinético (alargamiento o acortamiento
muscular) y el aspecto tónico (diferentes grados de tensión
o distensión muscular). El tono está en relación con las
actitudes y las posturas dirigidas principalmente hacia el
contacto humano a partir de los sistemas de sensibilidad
interoceptiva y propioceptiva.
"El tono
muscular consiste en un estado permanente de ligera
contracción en el cual se encuentran los músculos estriados.
La finalidad de esta situación es la de servir de telón de
fondo a las actividades motrices y posturales> (Stamback,
1979). Pero este estado de ligera tensión no se manifiesta
sólo cuando los músculos están en reposo, sino que acompaña
a cualquier actividad cinética o postural. Esta tensión no
es de una intensidad constante, sino variable para cada
músculo y armonizada en cada momento en el conjunto de la
musculatura en función de la estática y dinámica general del
individuo. Cada persona tiene una determinada organización
de su tonicidad, lo que ha llevado incluso a la descripción
de tipos en función de sus manifestaciones tónicas
(Stamback, 1979).
La
variabilidad de la tensión tónica está asegurada en su mayor
parte por la actividad gamma, frenadora del reflejo
miotático elemental. Sobre la motoneurona gamma y por medio
de la red neuronal convergen todas las incitaciones
elaboradas en los diversos niveles del neuroeje.
El tono
muscular, necesario para realizar cualquier movimiento,
está, pues, regulado por el sistema nervioso. Se necesita un
aprendizaje para adaptar los movimientos voluntarios al
objetivo que se pretende. Sin esta adaptación no podríamos
actuar sobre el mundo exterior y el desarrollo psíquico se
vería seriamente afectado, puesto que, en gran medida,
depende de nuestra actividad sobre el entorno y la
manipulación de los objetos como punto de partida para la
aparición de procesos superiores.
El tono
muscular proporciona sensaciones propioceptivas que inciden
fundamentalmente en la construcción del esquema corporal. La
conciencia de nuestro cuerpo y de su control depende de un
correcto funcionamiento y dominio de la
tonicidad.
El tono
muscular, a través de uno de los sistemas que lo regulan, la
formación reticular, está estrechamente unido con los
procesos de atención, de tal manera que existe una estrecha
interrelación entre la actividad tónica muscular y la
actividad tónica cerebral. Por tanto, al intervenir sobre el
control de la tonicidad intervenimos también sobre el
control de los procesos de atención, imprescindibles para
cualquier aprendizaje. Asimismo, a través de la formación
reticular, y dada la relación entre ésta y los sistemas de
reactividad emocional, la tonicidad muscular está muy
relacionada con el campo de las emociones y de la
personalidad, con la forma característica de reaccionar del
individuo. Existe una regulación recíproca en el campo
tónico-emocional y afectivo-situacional. Por ello, las
tensiones psíquicas se expresan siempre en tensiones
musculares. Para la psicomotricidad resulta interesante la
posibilidad de hacer reversible la equivalencia y poder
trabajar con la tensión/relajación muscular para provocar
aumento/disminución de la tensión emocional de las personas.
El tono
es, pues, como intuyera claramente Wallon, la fuente de la
emoción, con lo cual se convierte en un elemento clave en la
relación con el otro. La función tónica al actuar sobre
todos los músculos del cuerpo, regula constantemente sus
diferentes actitudes y así se convierte en base de la
emoción. El tono actúa, además de cómo preparador de la
acción, como caja de resonancia de las interacciones del
individuo con su ambiente. En este sentido, Wallon afirma
que el tono es en cada momento el resultado, modificable
según los casos y las necesidades, de los influjos que
provienen de múltiples fuentes. Se trata de una especie de
lugar común donde conectan, a través de la estrecha ligazón
tónico- emocional, los aspectos orgánicos y psicológicos de
la vida de los individuos, puesto que las emociones son
básicamente sistemas de actitudes que responden a un cierto
tipo de situación (Wallon, 1941). Esta es precisamente la
perspectiva original de Wallon que afirma que la contracción
fásica y tónica del músculo no significan tan sólo
movimiento y tensión, sino gesto y actitud. De este modo, la
función motriz descubre su verdadero sentido humano y
social, perdido en el análisis neurológico y
fisiopatológico: ser la primera de las funciones de relación
(Ajuriaguerra-Angelergues, 1962).
Para
desarrollar el control de la tonicidad propondremos
actividades que tiendan a proporcionar al niño o a la niña
el máximo de sensaciones posibles de su propio cuerpo, en
diversas posiciones (de pie, sentado, reptando, a gatas), en
actitudes estáticas o dinámicas (desplazamientos) y con
diversos grados de dificultad que le exijan adoptar diversos
niveles de tensión muscular.
Habremos
de tener en cuenta que el desarrollo del control tónico está
íntimamente ligado al desarrollo del control postural, por
lo que ambos aspectos habrán de trabajarse
paralelamente. No podemos olvidar, en relación con el
control tónico, las actividades de relajación. Dependiendo
de sí va destinada al cuerpo en su conjunto o a determinadas
partes del mismo que se van sumando progresivamente al
estado de relajación, se distingue normalmente entre dos
tipos de relajación: global y segmentaria. Podemos
distinguir, no obstante, otros dos tipos: automática y
consciente.
La
relajación automática, tato global como segmentaria, debe
utilizarse en general después de actividades que provoquen
fatiga. Aquí el educador o la educadora prácticamente no
interviene en el proceso, se limita a que cada niño o niña
adquiera el hábito de relajación colocándose en una postura
corporal correcta y dejando que los mecanismos orgánicos
encargados de equilibrar las alteraciones tónicas y de
frecuencia cardiaca y respiratoria actúen normalmente. Para
ello se debe cuidar que el ambiente facilite este proceso
(luz tenue, ausencia de ruido, calidez, confortabilidad,
etc.)
La
relajación consciente precisa para su dominio de un buen
conocimiento y conciencia del propio cuerpo, que no se
alcanza, posiblemente, hasta los 6-7 años. La relajación
consciente puede proponerse, en la etapa de percepción,
mediante motivaciones táctiles, en la etapa de
representación que corresponde al ámbito de la Educación
Infantil puede hacerse mediante motivaciones auditivas, pero
sólo puede hacerse mediante motivaciones de visualización
cuando se ha desarrollado un considerable nivel de
representación mental, de atención y concentración
voluntarias, lo que se logra después de las etapas de
Educación Infantil que nos ocupa.
La
finalidad de la relajación en estas edades es doble; por una
parte proporcionar elementos para la construcción del
esquema corporal y el conocimiento del cuerpo; por otra
parte, eliminar la fatiga física y mental, así como
equilibrar los estados de tensión
emocional.
c) El
control postural
El
control de la postura, y el equilibrio como forma habitual
de mantener ese control son uno de los elementos que
configuran el esquema corporal. Ambos se fundamentan en las
experiencias sensoriomotrices del niño o la niña y
constituyen lo que se denomina el sistema postural.
La
postura es la posición que adopta nuestro cuerpo para
actuar, para comunicarse, para aprender, para esperar, etc.
La postura es (Ajuriaguerra, 1980). La postura está sostenida por
el tono muscular. El equilibrio es el ajuste postural y
tónico que garantiza una relación estable del cuerpo, a
través de sus ejes, con la actividad gravitatoria a la que
se ven sometida todos los elementos materiales, se basa en
la propioceptividad, la función vestibular y la visión,
siendo el cerebro el principal coordinador de esta
información. La postura se relaciona principalmente con el
cuerpo, mientras que el equilibrio se relaciona
principalmente con el espacio.
El
sistema postural es de formación muy primitiva, ya que la
vía vestibular es la primera vía sensorial en formarse,
junto con las vías sensitivas. El aparato vestibular
(también llamado laberinto) es un órgano no auditivo situado
en el oído interno que sirve fundamentalmente para el
control de la postura y el equilibrio, pero también para
regular el tono muscular, los movimientos oculares y la
orientación espacial. El aparato vestibular responde
específicamente a la fuerza de la gravedad y a los
movimientos de aceleración y desaceleración
angular.
Las
emociones son el resultado de la actividad postural. Las
emociones vierten sobre la actividad postural una
orientación propia extendiéndose a todo la que es tónico;
tanto en relación a las variables del tono del aparato
muscular, de las actitudes y del equilibrio como a las
relaciones orgánicas. De este modo podemos reducir cualquier
emoción a la forma en que el tono se genera, se manifiesta,
se consume o se conserva. Para Wallon la emoción no es sino
una respuesta centrípeta que desencadena una especie de
corriente tónica que se propaga por todo el organismo
generando una actitud que constituye el verdadero paso de lo
fisiológico a lo psíquico a través del medio, pues la
función inicial de la emoción no es sino la comunicación con
los otros. La postura, pues, tiene un carácter significativo
en cuanto que pone en relación a los individuos. Así la mera
posición pasa a convertirse en gesto. Las actitudes
posturales constituyen la manifestación de la emoción y la
afectividad cuyo fundamento se encuentra en la actividad
tónica. Sin duda a esto se refería Ajuriaguerra (1986) al
hablar del diálogo tónico que se establece entre el recién
nacido y su madre como primera conducta comunicativa del
bebé que, mediante la actividad postural, expresa sus
emociones de manera tónica. Se produce aquí una acomodación
entre el cuerpo de la madre y el cuerpo del bebé que pone a
ambos en comunicación. Las emociones constituyen el origen
del lenguaje, pues, a través de la actividad
tónica-postural, se ofrece al recién nacido la primera
posibilidad de comunicación con el medio, lo que las
convierte en las primeras manifestaciones sociales de
relación.
"En
efecto, la función de las actitudes es una función de
acomodación; y es de esa acomodación de donde procede la
representación de las cosas. Nosotros no tomamos conciencia
de las cosas o de las situaciones más que por intermedio de
nuestra actitud, es decir de nosotros mismos. Y son
particularmente las emociones quienes nos vuelven sensibles
a nosotros mismos, a la diversidad de nuestras actitudes. El
sentido de las propias actitudes precede a la aptitud que se
formará de las representaciones..." (Wallon,
1930).
La
actitud equilibrada no se corresponde siempre con el
equilibrio propiamente dicho, puesto que el movimiento
equilibrado puede ocasionar continuos desequilibrios y
compensaciones o reequilibraciones constantes. Lo que hace
que haya autores que han diferenciado claramente el
equilibrio estático del equilibrio dinámico que consistiría
en una evitación de la caída mediante la puesta en marcha de
continuos mecanismos motrices de compensación de los
desequilibrios. En este sentido, una mala equilibración
puede hipotecar la movilidad de algunos segmentos
corporales, lo que repercutirá negativamente en la
construcción del esquema corporal. Además, cuanta mayor
dificultad se encuentra en el mantenimiento del equilibrio
más energía y atención se ha de emplear en ello, lo que va
en detrimento de la disponibilidad para otras actividades.
Esta es la razón por la que el control de la postura y la
equilibración son requisitos imprescindibles para la
liberación de los brazos y manos sin la cual no se puede
realizar la manipulación que fundamenta los
aprendizajes.
El
equilibrio y el control de la postura están en base de la
autonomía motriz. Cualquiera de las habilidades motrices
básicas (andar, correr, saltar, coger, lanzar...) necesita,
como requisito previo, un adecuado control de la postura y
la automatización de las reacciones de equilibración.
Igualmente la relación con el espacio circundante, la
orientación, necesita tener una clara y equilibrada
referencia postural del propio cuerpo.
d) El
control respiratorio
Para
nuestro propósito nos ocuparemos exclusivamente de los
aspectos neurológicos y psicomotrices de la respiración,
dejando de lado otros aspectos bioquímicos, anatómicos o
fisiológicos de la misma.
La
respiración normal se encuentra regulada por el autoreflejo
pulmonar y por los centros respiratorios bulbares, que
adaptan de una manera automática la respiración a las
necesidades de cada momento.
No
obstante, la respiración también se encuentra sometida a
influencias corticales tanto conscientes como inconscientes.
Gracias a las primeras es posible el aprendizaje
respiratorio, ya que desde este punto de vista la
respiración sería un acto motor voluntario más. Sin embargo
el control consciente sobre la respiración tiene
determinadas limitaciones: cuando la concentración de CO2 en
la sangre alcanza determinado nivel se desencadena la
respiración automática:
- Si se produce una hipoventilación voluntaria, se
produce de forma automática una hiperventilación;
- Si se produce una hiperventilación voluntaria, se
produce de forma automática una hipoventilación
-
Es
importante conocer y respetar estos mecanismos fisiológicos,
con el fin de no forzar al niño o a la niña en los
ejercicios respiratorios y de no provocarle mareos, náuseas
o fatiga, como consecuencia de una hipo o hiperventilación
prolongadas.
Entre
las influencias corticales inconscientes, las que más
interesan a la psicomotricidad son:
-
La
hipoventilación provocada por la atención, los movimientos
lentos o delicados, la concentración, etc.;
-
La
hiperventilación hipoventilación provocada por factores
emocionales, según su intensidad (ansiedad, miedo, angustia,
sorpresa, alegría, satisfacción, etc.)
Dada la
influencia de la respiración sobre procesos psicológicos tan
importantes como la atención y las emociones, su educación
en las edades infantiles es de suma importancia, puesto que,
por ejemplo, la adquisición de una respiración nasal
adaptada en amplitud y frecuencia a cada tipo de tarea y el
control de las emociones a través de la respiración es el
resultado de un proceso de aprendizaje que se va
consiguiendo paulatinamente y no un proceso meramente
automático del que se disponga ya desde el nacimiento.
Para
lograr el control respiratorio utilizaremos diversos
ejercicios de inspiración y espiración tanto bucales como
nasales, así como la retención de la inspiración y la
espiración, en diferentes estados de reposo y de esfuerzo,
tendiendo a afianzar la respiración nasal, desarrollar la
amplitud y capacidad respiratoria y controlar su frecuencia.
Se trata de lograr que el niño o la niña llegue a un control
consciente de su respiración para convertirlo de nuevo en un
proceso automático.
e) La
lateralización
La
lateralización es la última etapa evolutiva filogenética y
ontogenética del cerebro en sentido absoluto.
El
cerebro se desarrolla de manera asimétrica y tal asimetría
hemisférica no se reduce sólo a la corteza, sino también a
las estructuras que se encuentran por debajo de ella(a
diferencia con los animales) Por ejemplo, en la memoria, el
hipocampo parece tener un papel diferenciado: la parte
derecha está preparada para las funciones propias de la
memoria a corto plazo, mientras que la parte izquierda lo
está para las funciones propias de la memoria a largo plazo.
Hipocampo y tálamo, además, intervienen en el lenguaje. El
nervio estriado y el hipotálamo regulan en modo diverso el
funcionamiento hormonal endocrino, influyendo también en la
emotividad. Igualmente, existen equivalencias
derecha-izquierda también a nivel sensorial, a nivel de
receptores sensoriales (nivel perceptivo).
También
la actividad cognitiva se encuentra diferenciada: el
hemisferio menor utiliza procesos estrechamente ligados a la
espacialidad y por tanto los primeros aprendizajes deben
producirse, forzosamente, a través de la acción. Los
siguientes aprendizajes pasan, sin embargo, a través de la
verbalización y por tanto presuponen el uso del hemisferio
dominante. Es lo que ocurre en la escuela donde los
contenidos se transmiten mediante la verbalización y por
tanto a través del hemisferio dominante, sin que haya habido
posibilidad de provocar la integración a nivel
subcortical.
Si
pensamos en los niños de Educación Infantil nos damos
inmediatamente cuenta de que algunos están habituados a
utilizar el lenguaje verbal y consiguientemente el
hemisferio dominante en el aprendizaje como estructura
mental, aspecto éste derivado de la educación familiar;
otros niños, sin embargo, utilizan un proceso de aprendizaje
en términos de espacialidad utilizando el hemisferio menor.
La lógica del hemisferio menor respecto del otro es
diferente, por lo que decimos que estos niños se
caracterizan por una inteligencia práctica y, si en la
escuela se parte de un plano verbal, corren el riesgo de no
poder integrarse.
La
lateralidad corporal es la preferencia en razón del uso más
frecuente y efectivo de una mitad lateral del cuerpo frente
a la otra. Inevitablemente hemos de referirnos al eje
corporal longitudinal que divide al cuerpo en dos mitades
idénticas, en virtud de las cuales distinguimos dos lados,
derecho e izquierdo y los miembros repetidos se distinguen
por razón del lado del eje en el que se encuentran (brazo,
pierna, mano, pie...,derecho o izquierdo). Igualmente, el
cerebro queda dividido por ese eje en dos mitades o
hemisferios que dada su diversificación de funciones
(lateralización) imponen un funcionamiento lateralmente
diferenciado.
Es la
lateralidad cerebral la que ocasiona la lateralidad
corporal. Es decir, porque existe una especialización de
hemisferios, y dado que cada uno rige a nivel motor el
hemisferio contralateral, es por lo que existe una
especialización mayor o más precisa para algunas acciones de
una parte del cuerpo sobre la otra. Pero, aunque en líneas
generales esto es así, no podemos despreciar el papel de los
aprendizajes y la influencia ambiental en el proceso de
lateralización que construirá la lateralidad corporal.
Efectivamente, la lateralización es un proceso dinámico que
inmediatamente tiende a ponernos en relación con el
ambiente; sería pues, una transformación o evolución de la
lateralidad.
La
investigación sobre la lateralidad cerebral ha tenido
particular relevancia en el estudio de las funciones
referidas al lenguaje, pudiéndose constatar que los dos
hemisferios son funcional y anatómicamente asimétricos. Como
resultado de tales estudios parece deducirse que el
hemisferio derecho se caracteriza por un tratamiento global
y sintético de la información, mientras que el hemisferio
izquierdo lo hace de modo secuencial y analítico. Estos
estudios sitúan la lateralidad corporal, la mayor habilidad
de una mano sobre la otra, en el marco de las asimetrías
funcionales del cerebro.
La
lateralidad corporal parece, pues, una función consecuente
del desarrollo cortical que mantiene un cierto grado de
adaptabilidad a las influencias ambientales. En realidad la
capacidad de modificación de la lateralidad neurológicamente
determinada en procesos motrices complejos es bastante
escasa (no supera el 10%), lo que nos lleva a proclamar la
existencia de una lateralidad corporal morfológica, que se
manifestaría en las respuestas espontáneas, y de una
lateralidad funcional o instrumental que se construye en
interacción con el ambiente y que habitualmente coincide con
la lateralidad espontánea, aunque puede ser modificada por
los aprendizajes sociales.
La
lateralidad corporal permite la organización de las
referencias espaciales, orientando al propio cuerpo en el
espacio y a los objetos con respecto al propio cuerpo.
Facilita por tanto los procesos de integración perceptiva y
la construcción del esquema corporal.
La
lateralidad se va desarrollando siguiendo un proceso que
pasa por tres fases, claramente
diferenciadas:
- Fase de identificación, de indiferenciación clara
(0-2 años);
- Fase de alternancia, de definición por contraste de
rendimientos (2-4 años);
- Fase de automatización, de preferencia instrumental
(4-7 años).
f) La
estructuración espacio temporal
Así como
la organización del sistema postural descansa sobre las
capas primarias de la corteza cerebral, los procesos
espacio-temporales lo hacen sobre las capas superiores. El
desarrollo de la espacio-temporalidad se corresponde con el
de la imagen del cuerpo y las representaciones
mentales.
El
espacio evoluciona desde el conocimiento del espacio
corporal, a través del espacio ambiental, hasta el espacio
simbólico. Este proceso constituye, en realidad, una
estructuración en fases que va desde el movimiento corporal
hasta la abstracción.
El
espacio es el lugar en que nos situamos y en el que nos
movemos. Nos desplazamos gracias a que disponemos de espacio
y tenemos la posibilidad de ocuparlo de distintas maneras y
en distintas posiciones. Pero no sólo tenemos un espacio de
acción, como todo ser vivo, sino que además el individuo
humano posee un espacio de representación, un marco de
pensamiento en el que se insertan las aportaciones de la
experiencia, es decir, un espacio conceptual, que nos
permite anticiparnos y prevenir transformaciones en el
espacio sin necesidad de que se produzcan.
Las
informaciones que captamos del espacio exterior deben
conjugarse con las informaciones espaciales recogidas por
los receptores propioceptivos. El espacio es algo externo,
pero también algo interno, puesto que nuestro cuerpo ocupa
el espacio. Tanto las informaciones exteroceptivas como las
propioceptivas determinan la construcción de las estructuras
cognitivas espaciales. Gracias a todo ello adquirimos unas
aptitudes de orientación en el espacio y ajustamos nuestro
cuerpo y nuestros miembros al intentar aproximarnos a un
objeto y apoderarnos de él.
La
noción del espacio se va elaborando y diversificando de modo
progresivo a lo largo del desarrollo psicomotor y en un
sentido que va de lo próximo a lo lejano y de lo interior a
lo exterior. Es decir, el primer paso sería la
diferenciación del yo corporal con respecto al mundo físico
exterior. Una vez hecha esta diferenciación se desarrollarán
de forma independiente el espacio interior en forma de
esquema corporal, y el espacio exterior en forma de espacio
circundante en el que se desarrolla la acción. Como forma de
combinar el espacio interno y el externo, gracias a la
duplicidad de información propioceptiva y exteroceptiva, y
como consecuencia de nuestra simetría corporal lateralizada,
somos capaces de organizar el espacio, de orientarlo, de
estructurarlo en función de la situación con referencia a
nuestro cuerpo, al de los otros o a los objetos.
Piaget (1975) ha estudiado la evolución del
espacio en el niño. En los primeros meses de vida se reduce
al campo visual y al de las posibilidades motrices,
podríamos hablar incluso de espacios no coordinados al
referirnos a los diferentes campos sensoriales que
intervienen en la captación espacial. La consecución de la
marcha supone un gran avance en la adquisición del espacio
puesto que ofrece al niño o a la niña la posibilidad de
conectar las sensaciones visuales, cinéticas y táctiles. Se
inicia un espacio general, que se elabora principalmente
gracias a la coordinación de movimientos. Este espacio
característico del periodo sensoriomotriz es un espacio de
acción que Piaget denomina espacio topológico, con
predominio de las formas y las dimensiones. En el periodo
preoperacional, el niño accede al espacio euclidiano en el
que predominan las nociones de orientación, situación,
tamaño y dirección. Finalmente, en el periodo de las
operaciones concretas, se alcanza el espacio racional que
supera la concepción del espacio como esquema de acción o
intuición y lo entiende como un esquema general del
pensamiento, como algo que supera la percepción y ocupa su
lugar en el plano de la representación.
Las
nociones de espacio, de relaciones espaciales y de
orientación espacial se elaboran al compás de la maduración
nerviosa y están directamente determinadas por la cantidad y
cualidad de las experiencias vividas, que proporcionan la
conciencia del eje corporal de la que depende directamente
la adquisición y dominio de las nociones de relación
espacial.
El
desarrollo de la organización espacial se ha de propiciar
mediante actividades que impliquen diversos desplazamientos,
intinerarios, observación de móviles, manipulaciones,
construcciones, etc., todo ello para dar al niño o a la niña
la ocasión de descubrir y asimilar las diferentes
orientaciones y relaciones espaciales.
El
tiempo está, en principio, muy ligado al espacio; es la
duración que separa dos percepciones espaciales sucesivas.
De hecho comenzamos a notarlo gracias a la velocidad. En
este sentido, la noción deprisa-despacio precede a la de
antes-después que es puramente temporal. El tiempo es el
movimiento del espacio, y se interioriza, tardíamente, como
duración del gesto y rapidez de ejecución de los
movimientos. (Boscaini, 1988).
Volviendo a la terminología Piagetiana, apreciamos
que durante el periodo sensoriomotor, el niño es capaz de
ordenar acontecimientos referidos a su propia acción y
posteriormente en sí mismos. En el periodo preoperatorio el
niño vive un tiempo totalmente subjetivo, conoce secuencias
rutinarias y hacia los cuatro o cinco años es capaz de
recordarlas en ausencia de la acción que las desencadena. La
percepción temporal va unida a la percepción espacial, así,
para un niño de esta edad, un coche va más deprisa que otro
por el mero hecho de ir delante. En el periodo operatorio se
produce la desvinculación de la percepción temporal con
respecto a la percepción espacial. Al final de este periodo
llega el fin del proceso de adquisición con la abstracción
del concepto de tiempo.
Picq y
Vayer (1977) distinguen tres etapas sucesivas en la
organización de las relaciones en el tiempo:
-
Adquisición de los elementos básicos: velocidad,
duración, continuidad e irreversibilidad.
-
Toma de
conciencia de las relaciones en el tiempo: la espera, los
momentos (instante, el momento justo, antes, durante,
después, ahora, luego, pronto, tarde, ayer, hoy, mañana...),
la simultaneidad y la sucesión.
-
Alcance
del nivel simbólico: desvinculación del espacio, aplicación
a los aprendizajes, asociación a la coordinación.
El
tiempo es inmaterial y no puede ser objetivado ni expresado
en su duración más que por asociación a otro estímulo, como
puede ser el sonido. Cuando el sonido se estructura en
repeticiones, o intervalos debidamente acentuados, se
convierte en ritmo. Por eso, si hablamos del espacio en
términos de posición, podemos hablar del tiempo en términos
de coordinación.
La
estructuración temporal se desarrollará a través de
actividades fundamentalmente rítmicas, cuyo valor educativo
es muy importante por cuanto desarrolla en el niño o la niña
los procesos de control e inhibición. Los ritmos se han de
materializar preferentemente por medio de actividades
corporales y sólo posteriormente a través de instrumentos de
percusión
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