M a r g a r i t a


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Blanca Lizeth Encizo Sánchez


  Era un mundo que se llamaba Survo, parecido a la Tierra porque la gente hablaba en español, en inglés y en otros  idiomas. Solo que toda la gente era muy flaca: los señores grandes y las señoras grandes; las niñas del kínder y las de la escuela; menos Margarita que era extremadamente gorda y por eso todos los días lloraba y lloraba. Cuando le decían:
-¿Quieres jugar a las alcanzadas?
-Sí- contestaba Margarita.
   Pero al correr un poco se caía y todas las flacas se reían y entonces ella se echaba a llorar.
   Margarita veía jugar en el prado a Lulú, que era la niña más presumida de todas.
   Un día en la escuela, Margarita dijo
-Yo quisiera jugar a la liga ¿puedo?
-No, porque si juegas nos volveremos rompecabezas desarmado- dijo Lulú -y todas las niñas reían, no podían aguantar la risa. Margarita lloraba y cada vez que las miraba reírse volvía a llorar y a comer más y más.
   Un día, sus papás decían avergonzados:
-Margarita no puede seguir viviendo con nosotros, la abandonaremos el día de mañana.
   La mamá decía en voz baja: -Nos pone en riesgo con nuestros amigos.
Margarita oyó todo y se puso muy triste. Al dar un paso se resbaló con una cáscara de plátano y todo el suelo retumbó.
   Se decía que en esa ciudad en la que vivía Margarita había una casa muy misteriosa y que si alguien lograba entrar se le concedería un deseo.
Lulú dijo un día:
-Gorda, ve a la casa "deseática", se te concederá un deseo. Margarita contestó:
-¿Sabes dónde queda?
-Sí, enfrente del templo de las artes. Margarita dijo "adiós" y en lugar de ir a su casa tomó el camino a la casa abandonada. Llegó y luego entró; vio muy bien adentro y dijo en su pensamiento: "qué bonita está esta casa". Era por dentro en color como de perla y tenía una gran recámara azul.
De pronto a Margarita le dieron muchas ganas de comer y dijo:
-Yo quiero pedir dos deseos.
-Pasa más adentro- contestó la voz de alguien.
   A la derecha estaba una puerta muy angosta y Margarita no podía entrar por lo gorda que estaba. Se empujó y empujó y por fin pasó.
-¡No hay nadie!- dijo sorprendida.
-Yo estoy aquí-  dijo la misma voz -Soy el mago invisible. Dime tus deseos y te los voy a conceder.
-Quiero un pastel gigante y quiero también ya no sufrir porque estoy gorda.
-Ve a tu casa y ahí encontrarás el pastel; lo demás te lo voy a conceder también, pero luego.
   Margarita quiso otra vez pasar la puerta angosta y no podía salir, era demasiado gorda. El mago invisible ordenó:
-¡Abran más la puerta! Y la puerta se abrió. Margarita se fue muy contenta pero al llegar a su casa todo el pastel se había acabado. Su papá, su mamá y todas las niñas de la escuela se lo habían comido; pero desde ese día Margarita vivió muy feliz porque todos engordaron como ella.
 


 

Diseño e ilustración: Annabel Castro Meagher 
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