Liliana Carrillo Grageola
Cuando yo hacía mi tarea por las tardes siempre me ponía a hojear diferentes libros. Un día tomé del librero uno muy raro: no tenía portada ni colores, ni índice, ni número en las páginas. Cuando lo abrí, de pronto empezaron a saltar y a brincar las letras. Yo me asusté mucho pero no lo cerré; seguí hojeando y seguían saltando más y más letras. De pronto se encendieron todos los aparatos de música que había en la casa y tocaron una música muy movida. Todas las letras empezaron a bailar y a crecer; eran bastantes. Yo me les quedaba viendo muy sorprendida pero se veía que ellas eran buenas; me invitaban a bailar y a divertirme; con sus manos se tomaron de mis manos y en ese baile me llevaron a conocer Africa, donde vi jirafas de cuello pequeño, víboras de veinte metros y cebras sin rayas. A mí se me hacía extraño pero era bonito. También me llevaron a países como China, donde había personas con ojos rasgados pero que viajaban montados en dragones. Por poquito un dragón nos quema con el fuego que salía de su boca. Seguimos viajando por todo el mundo: fuimos al polo norte y en el polo sur caminamos por la Antártida. ¡Qué helado estaba! ¡cuánto frío! Viajamos tanto que ya todas nos sentíamos cansadas. Ya era hora de volver. Ellas sin hablar pusieron en mi pensamiento que para regresar yo tenía que mencionar los nombres de todas. Las nombré. Así regresamos hasta donde yo estaba haciendo mi tarea. Otra vez me vi con el libro en las manos. Solo lo cerré y seguí trabajando. |
| Diseño: Annabel Castro Meagher |
