José Ascencio Barrón Villegas

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Había una vez un dragón rojo con rayas amarillas. Era tan grande como los árboles más altos del bosque. Tenía una cola muy larga y pesada, una nariz como pelota pero grande; y los ojos rojos, bien rojos. Aparte, echaba fuego por la nariz. Era un dragón que siempre estaba furioso y además era muy astuto y glotón. Vivía en una gran cueva entre las montañas, y las aldeas cercanas tenían que llevarle todos los días su alimento. 

Se comía once vacas, cincuenta y cinco pollos, doscientos once kilogramos de fruta y cien litros de vino. Comía y comía siempre y todos sabían que el día que no le llevaran su comida algo malo les iba a hacer. 

Un día se acabó toda la comida que le llevaron y no se llenó; entonces se fue a la aldea que le quedaba más cerca y acabó con todas las provisiones; después se regresó a su cueva y se durmió. 

Todos los habitantes de las aldeas se reunieron para hacer un plan de ataque. Se pusieron de acuerdo en poner
cerca de la cueva el triple de la comida que le daban al dragón. Cuando le dio hambre salió de la cueva con mucha furia, vio aquella comida y lueguito se la comió toda, no dejó nada. Quedó tan harto que ni se podía parar y le llegó tanto sueño que ni se pudo meter a su cueva a dormir. Ahí llegaron los caballeros de las aldeas y le tiraron flechas  con fuego y terminaron con su enemigo. Desde entonces vivieron muy felices. 
 
 
 
 
 
 

 

 

Diseño e ilustración: Annabel Castro Meagher
 
 
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