Diseño e Ilustración: Ana Ayala Rosas.


Corría el año de 1911. Los pelones iban
a los pueblos a llevarse a todos los hombres para la revolución, y en uno de
esos pueblos, en Morelos, un numeroso grupo de hombres se les escapó y se
escondió en el monte. Al poco tiempo comenzaron a sufrir los estragos del hambre.
No podían salir todos y ayudarse, porque llamaban la atención de los pelones
que andaban por ahí rondando, y muy pocas veces los que iban regresaban con
comida.
-¡Hombres! Este es un regalo de nosotros los chapulines a ustedes que sufren
de hambre- había hablado el chapulín que los había conducido.
Los hombres, entre sorprendidos y agradecidos imploraron: A la mañana siguiente, estos hombres dijeron a los demás de la existencia de
aquel lugar y en pocos días se habían instalado ahí. Vivían bien y más bien
incluso que los pelones que los andaban buscando. Pero un día, uno de los
hombres tuvo antojo de chapulín y olvidando su juramento salió a agarrar
unos buenos al monte. Regresó a la tarde con muchas bolsas llenas de
chapulines y esa noche el platillo principal fue chapulín asado. Una semana después , llegaron los federales a un claro pelado de
cuya tierra salían brotes de maíz secos. Al lado, había unos cadáveres
flacos con grandes muecas de dolor en el rostro.
Un día, salieron dos hombres buscando que comer y a las pocas horas se
encontraron un chapulín. Sabiendo que los chapulines saben buenos y que la
comida escaseaba, fueron en su persecución. Sin embargo el chapulín era
extraordinariamente hábil, y no se dejaba agarrar. Lo persiguieron varias
horas, y cuando quedaron completamente exhaustos, el chapulín se acercó a
ellos e hizo un ademán con una de sus patas. Y cuál no sería la sorpresa de
los hombres al ver que en la dirección que indicaba el chapulín había una
enorme hortaliza. De pronto se oyó una voz:
-¡Gracias, gracias! decidnos que hacer para pagar esto.
-Jurad no volver a matar un chapulín para comer.
-¡Lo juramos!- respondieron los hombres.
