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El ladrón de Bagdad, es el avance más grande y repentino que el cine haya hecho jamás, y al mismo tiempo, es un regreso a la forma de las primeras cintas. Los trucos usados en su realización, son fascinantes, Fairbanks no tiene miedo de recurrir a la magia de la variedad más notoria, usando sogas que, cuando se lanza al aire, se vuelven rígidas y escalables, manzanas de oro que devuelven la vida a los muertos, ojos de cristal de ídolos en los cuales se revela el futuro, alfombras mágicas que vuelan a través de las nubes, caballos con alas, llaves con forma de estrella

para abrir el palacio de la luna, además de una dotación de genios, amuletos, talismanes y dragones que exhalan fuego.

Por supuesto que la magia es posible en la pantalla; la primera comedia francesa del mago Georges Méliés lo demostró. Pero Fairbanks ha ido un paso más allá de los límites de esas posibilidades, ha interpretado la hazaña sobrehumana de hacer que la magia parezca probable.

     

Cuando en Los diez mandamientos (1923), Cecil B. De Mille hizo que el mar rojo se abriera, todo el mundo dijo: ese es un gran truco, ¿Cómo lo hizo?; no hay ese tipo de interrupciones mentales en la cinta de Walsh. El espectador mira las fenomenales acrobacias de Fairbanks sin detenerse ni un momento a pensar que son trucos. Más bien los acepta como hechos. Esta cinta, tiene una maravillosa cualidad de cuento de hadas: un recorrido romántico que levanta a la audiencia, y después se vaporiza en nubes rosas y esponjosas. También tiene mucha belleza y solidez de construcción dramática.

Fairbanks y Walsh, actor y director, idearon escenas de sobrecogedora magnitud y grandeza. Construyeron, con increíble magnificencia, la ciudad de Bagdad, escenario sobre el que la cinta, llena de gracia, se desarrolla rítmicamente y a una velocidad que constantemente aumenta. Después de verla, uno se queda con la misma emoción infantil, creada después de la primera lectura de las historias de Hans Christian Andersen: es dominantemente romántica, y cautivantemente irreal.

Al igual que a su maestro Griffith, a Walsh, en pleno desarrollo de su trayectoria, lo sorprendió la irrupción de la invención del sonido en el cine. Pensemos la transformación que habrá producido esta nueva técnica, en la expresión artística de los directores del cine mudo. Raoul Walsh al igual que: John Ford, Cecil B. De Mille, y Alfred Hitchcock, inició su carrera en el cine mudo, y luego realizó muchas películas sonoras. Adaptándose a los nuevos retos de la tecnología, si embargo para Griffith, Chaplin y otros, el sonido representó un obstáculo que ya no pudieron librar.

Durante el rodaje de su primera película sonora, el western sobre Cisco Kid en el viejo Arizona. Walsh perdió el ojo derecho. Y en la primera mitad de los años treinta trabajó sobre todo para el productor William Fox en obras interesantes, como: Mi chica y yo (Me and my gal), y Suerte de marino (Sailor's luck), no obstante, su trabajo empeoró, y aparecieron problemas personales cuando trabaja para los estudios Paramount en comedias sofisticadas como: Como a las ocho en punto (Every night at eight), o musicales, como: Artistas y modelos (Artists & Models) las cuales poco o nada tenían que ver con sus intereses artísticos.