En
toda gran urbe confluye la opulencia y la miseria, los grandes edificios
de aspecto vertical y los arrabales de casas derruidas, los coches lujosos
y los carromatos destartalados, la vida y la muerte, la supervivencia
y el derroche; todo ello producto de una sociedad llena de desigualdades
que se devora a sí misma mientras olvida en vertederos apartados
a sus propios hijos, víctimas y verdugos de una desidia conductual
y educativa derivada de los problemas inherentes al ambiente que los
rodean.
La
historia gira en torno a dos adolescentes corrompidos por el medio en
que viven.
El Jaibo, un adolescente, escapa de la correccional y se reúne
en el barrio con sus amigos. Junto con Pedro y otro niño, trata
de asaltar a Don Carmelo. Días después, el Jaibo mata
en presencia de Pedro al muchacho que supuestamente tuvo la culpa de
que lo enviaran a la correccional. A partir de este incidente, los destinos
de Pedro y de el Jaibo estarán trágicamente unidos.
Luis
Buñuel, en un intento de cruda denuncia social dibuja junto a
Luis Alcoriza unas situaciones difíciles, conflictivas y hasta
crueles enclavadas en los suburbios de la ciudad de México y
protagonizadas por un conjunto de personajes marginales, niños
delincuentes que no conocen padre ni madre y si los conocen como si
no los conociesen, empujados a realizar toda una serie de actos vandálicos
y punibles por un Estado que sólo actúa de una manera
represora y poco instructiva. La capacidad vengativa e impía
con su alrededor de su líder Jaibo, es un claro ejemplo de un
comportamiento arrastrado por una espiral de violencia y atrocidad que
sólo conllevará dolor y frustración personal. Pero
Buñuel se apega a la historia describiendo con cariño
a sus personajes, en especial a Pedro, un niño de buen corazón,
incomprendido por su madre e inmerso en el consubstancial y casi natural
clima de criminalidad que lo acordona, un clima que agita toda su rabia
interna cuando arroja bruscamente un huevo de gallina (recurso típicamente
buñueliano) hacia la cámara como si despojase su ira contra
toda la comunidad que lo está contemplando.
La
figura de un músico ambulante ciego añorante de los tiempos
de Porfirio Díaz simboliza a los gobiernos, que ciegos ante lo
que sucede en su territorio y más concretamente a las clases
menos favorecidas, añoran la facilidad inane de un exterminio
físico en vez de la construcción de un sistema más
justo e igualitario que desarrolle una paz social y una convivencia
mucho más humana.
La
narrativa de Buñuel vuelve a poner de manifiesto el gran talento
como contador de historias del genio aragonés, prácticamente
no existen escenas de transición, todos los planos contienen
esa tensión desgarradora que una película de esta temática
necesita, dejando eso sí, momentos magistrales para sus cuitas
surrealistas y simbólicas como puede ser la sensacional escena
onírica del pobre niño tras la presencia de un asesinato,
el tratamiento que Buñuel concede a las imágenes en este
pasaje es digno de encomio y alabanzas. Su sentido del erotismo está
también presente en varios momentos : la leche derramada encima
de los muslos de la muchacha, las miradas y diálogos entre la
madre de Pedro y Jaibo antes de que se cierre la puerta violentamente,
el ciego con la inocente niña en su regazo; son partes de un
film que junto a su principal materia, la representación árida
de la delincuencia juvenil dentro de un brutal realismo muy bien enfatizado
por la magnífica fotografía llena de contrastes de luz
del maestro Gabriel Figueroa convierten al film en un fenomenal tratado
sociológico lleno de matices que mueve a una profunda reflexión
en quien la contempla.
Los
Olvidados obtuvo en en 1951 premio a la mejor película en el
festival internacional de cine de Cannes, Francia. Arieles otorgados
en 1951 a la mejor película, a la dirección, a la co-actuación
femenina (Stella Inda), a la actuación infantil (Alfonso Mejía),
a la actuación juvenil (Roberto Cobo), a la fotografía,
a la adaptación, al argumento original, a la edición,
a la escenografía y al sonido (José B. Carles).