Ocaso de un mito
Pasaron
los años, la estética del Indio Fernández, parecía
ya no ser propia del tiempo, se le criticó otorgándole
el adjetivo de "preciosista", se le acusó de mostrar
al mundo una imagen errónea de México, al respecto la
escritora mexicana Rosario Castellanos diría:
"Como
las máscaras nunca se confiesan, jamás tendremos conocimiento
de lo que en verdad la gente piensa del Indio. A veces noto que
hay resentimientos y envidias en sus compañeros de profesión,
un odio por sus logros y mucha felicidad por sus desatinos. Y también
he visto a gente exaltar su obra, se sueltan hablando no de sus
valores artísticos sino de su poder carismático como
persona. Otros destrozan su obra porque les repugna su forma de
ser y de vivir. Nos preguntamos ¿qué es lo que se
juzga a la obra o al hombre?".4
La
década de los sesenta representó una época de
escaso trabajo como director, a pesar de esto en 1961 hizo Pueblito,
con la que ganó el premio Las perlas del Cantábrico,
del Festival de Cine de San Sebastián, en España; por
el contrario, en el campo de la actuación sus participaciones
fueron abundantes y apareció en: La bandida (1962),
de Roberto Rodríguez; Yo el valiente (1964), de Alfonso
Corona Blake; La noche de la iguana (E.U.A., 1964), de John
Houston, donde compartió créditos con Richard Burton
y Ava Gardner; Los hermanos muerte (1964), de Rafael Baledón;
Duelo de pistoleros (1965), de Miguel M. Delgado; El regreso
de los siete magníficos (E.U.A., 1966) de Burt Kennedy,
The appaloosa (E.U.A., 1966), de Sydney J. Furie, protagonizada por
Marlon Brando, entre muchas otras. En 1973, en el declive de su carrera
como director, filmó La Choca, película con la
que ganó el Ariel de Plata por Mejor Dirección, Actuación
femenina, Coactuación femenina, Fotografía y Edición,
en 1973; así como el premio a Mejor Dirección en el
Festival de Karlovy Vary en Checoslovaquia.

Durante
los últimos años de su vida, dirigir le resultó
imposible, y aunque sus participaciones como actor, en múltiples
cintas en México y el extranjero continuaron siendo numerosas,
no lograron devolverle la felicidad que la creación le otorgara.
A finales de los setenta cayó preso en Torreón, tras
resultar culpable de la muerte de un campesino. Salió a los
6 meses bajo libertad condicional, y al faltar a la firma de todas
las semanas, debido a un accidente, fue nuevamente encarcelado. Eran
tiempos difíciles, en los que lo sostuvo su carácter
y su pasión por el cine. Estando en la cárcel realizó
la adaptación de Toña Machetes, sobre la novela
homónima de Margarita López Portillo, quien estuvo en
desacuerdo con este trabajo y comenzó una campaña de
desprestigio que cerró para el director las puertas del cine.
Era ya un hombre de 74 años, callado y taciturno, que se negaba
a reconocer el ocaso de su vida artística.
Libre
nuevamente, regresó a su mítica casa de Coyoacán,
a vivir en soledad y a vender su jardín para poder subsistir.
Las actuaciones siguieron, cuando el 6 de agosto de 1986 murió,
dejando un vacío en la historia del cine mexicano, legándonos:
una filmografía que suma alrededor de 129 películas,
un sinnúmero de imágenes bellas de nuestro pueblo, cientos
de evocaciones de un México que se proyectó y encantó
al mundo, el recuerdo de un hombre que amó su país,
sus costumbres y que defendió su identidad a costa de todo.
4
Adela Fernández,
El indio Fernández. Vida y mito, Ed. Panorama, México
1986.