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Cierto, nada mejor que una invitación a viajar.

-Cómo te envidiaron en México. ¡Ah, p'amiguita!, dile que me invite -bromeaban.

"No traigas dinero, no vas a necesitar", te había dicho Norma por teléfono.

Llegaste con muchas ganas de estar con ella, de que tu presencia le hiciera bien. Durante la comida te pone al tanto de lo que hace, de sus grandes éxitos en el extranjero, que bajó de peso, que es muy inteligente, que va a un club de solteros, que fulano la invitó, que nunca había estado tan enamorada, que hija mayor acaba de visitarla en Santa Mónica. No paró de hablar y tus ojos estaban atentos a su rostro. Está muy guapa para sus cincuenta años, ya no es platinada pero sus ojos claros brillan más.

-¿Te gustaría pollo, una pasta y ensalada para comer? -pregunta Norma-. En la noche te voy a llevar a la Galería, va mucha gente. Podemos estar ahí de ocho a nueve... hace frío, voy a prender la chimenea. Si te interesa ese libro -dice al verte hojeando uno de Matisse- te lo regalo, yo me compro otro.

Cuando terminan de comer te atiborra de recomendaciones: el teléfono de incendios es el 911, y el 7142 4658 00 es el de envenenamientos, la comida que ya no sirva -dice arrojando la que sobró- no se tira al basurero, pues el camión de servicio pasa sólo una vez por semana, salen hormigas, échala al triturador.

-Despreocúpate, no voy a encenderlo, nomás de oír el succionador siento como si me fuera a alcanzar.

-La estufa también es eléctrica, el pan se pone directamente en las hornillas, y no dejes escurriendo nada. Me choca el tiradero; mete tus trastes a la lavadora. A la muchacha de la limpieza hay que recogerla y dejarla en el camión: no vale los treinta y cinco dólares. La semana pasada le echó al lavaplatos un jabón equivocado y salió tal cantidad de espuma que se desparramó por todos lados. Es tonta. No sabe ni poner la alarma, prefiero a las gringas, son listas, va y vienen en su coche. No me da hambre, a ver si contigo se me abre el apetito. Mañana vamos a desayunar en un lugar lindo. Después voy al dentista. Mientras te dejo en la playa. Santa Mónica está rodeada de mar, lagos, jardines; luego te recojo.

Apenas terminan de alzar la comida corres a la hamaca que viste en la terraza para ver el atardecer.

-¡Cómo vas a quedarte aquí afuera con este frío!

-Estoy bien forrada, no te preocupes.

-¿Ves la telenovela "Nada Personal"? Aquí todos la ven.

-Tengo ganas de verla. En México se habla bastante de ella.

-En la noche abrimos un vinito, hay quesos ricos y carnes frías. Vamos a estar muy a gusto.

A las 19:15 entras en la sala, Norma está leyendo en un rincón y la chimenea arde.

-Ya vámonos, ¿no?

-Me da flojera -contesta Norma sin despegar los ojos de su revista.

Claro, cómo no le iba a dar flojera, piensas: "Si ya tienes tres horas de chimenea". No te atreves a insistir, pero murmuras:

-¿Un rato, no?

-Mejor mañana, los sábados viene gente de todos lados.

-Qué, ¿no es una exposición?

-No, es un lugar que se llama Galería. Mejor mañana.

 

Resignada, te dispones a disfrutar de la chimenea y de la famosa telenovela mexicana. No son ni las ocho y no eres de las que se están sosiegas desde las cuatro de la tarde hasta la medianoche. Te recuestas en un sillón pegado a la ventana. Lo bueno es que ves cada mil años la tele y está bien conocer las caras de los políticos. No sabes ni cómo son los rostros importantes. Como "Nada Personas" es hasta las nueve, ven el capítulo de una comedia gringa que ella te traduce.

Norma se levanta a echar leños a la chimenea y regresa volada sin despegar los ojos de la pantalla; durante los comerciales está más apurada, pues se agarra del control remoto para ver qué hay en otros canales.

Reconoces que te siguen atrapando las telecomedias, pero hay millones de anuncios, quisieras contarlos, medirles el tiempo. Imposible tragar tanta mierda en una sola noche. A la una de la mañana la apaga. Te quedas acostada en la oscuridad de la sala, pegada a la ventana. Si fuera de día habrías salido sola; de noche no sabes en qué punta de cuál montaña estás. La luz de la terraza se queda prendida e imaginas vas acostada en la alcoba del tren y las luces que ves a lo lejos son de los pueblos que van pasando. La chimenea sigue crepitando, te levantas a atizar el fuego. Te fascina dejarte hipnotizar por él, que sube y baja.

Norma es peruana, fue tu vecina veinte años, pasaron la adolescencia juntas hasta que se fue a vivir a los yunaites.

La meta es regresar ilesa a este conjunto con puerta automática. Después de tres días de ir a diferentes lugares y de escucharla hablar sin compasión, decides no ir a la playa y caminar sola por los alrededores. Te cercioras de llevar las instrucciones para salir y entrar. Antes de poner un pie fuera de la casa revisas luces, tocadiscos, hornos, lavadora, secadora. Como vas a conectar la alarma, cierras con pasador los balcones. Pones atención para que no te atrape el enrejado, santo patrón de este conjunto horizontal. Sería más seguro saltar los barrotes, pero los picos pueden tener alta tensión.

Te dijo Norma: "Encontrarás una cajita plateada. Oprimes el botón que hay dentro y se abrirá. Lo tacas y 'ábrete sésamo'". El estruendo te hace saltar para quedar a salvo. Larguísima, la reja se abre lentamente. Ahora sí, para ti el mundo y sus tesoros. Puedes caminar contigo misma, a salvo de los aparatos domésticos, de la voz de Norma. Ya estás afuera.

Entras al paisaje de la montaña. Vas a acercarte a oler, a tocar esas espigas. "¿Qué tal si estos gringos las tienen irradiadas o conectadas a algo para que brillen y huelan como las naturales?" Sospechas que las raíces tienen cables enroscados para conservarse verdes-primavera. "Mejor no." Continúas tu camino. Letrero: Club de Tenis. Criaturas ágiles y esbeltas, cual debe ser, corren de un lado a otro entre las bolas regadas en la cancha. Un cañón dispara pelotas, una chica se desangra por alcanzarlas. ¡Bum!, ¡bum!, ¡bum!

Regresas a la reja-monstruo de hierro y te detienes frente a ella. Lees en tu libreta: 3-9-8-5. Tocas uno por uno los números y nada. Vuelves a hacerlo. "¿A poco voy a quedarme afuera?" Relees con cuidado. Descubres otras indicaciones y tres timbres. Los presionas. Buscas a tu alrededor, pero ¿a quién demonios se le va a ocurrir andar a pie por aquí? Elegante aparece una corredora.

-¡Excuse me, please, please, please! -señalas el apunte de tu libreta. Niega con la cabeza y apresura el trote.

Calma, no te desesperes. Es posible que aparezca otro ser vivo, como si fuera natural en estas colonias plus. Presionas un asterisco y otra vez ábrete sésamo aunque sin Alí Babá y su banda de ladrones. Cierto; el lugar donde hay más accidentes es en las casas. Lo que debe extrañarte es que aún conserves los dedos. Te dejas caer en un sillón de la terraza. La niebla se cuela hasta el comedor, respiras profundamente. Te despierta un chisporrotazo de agua. Debiste suponerlo: riego automático. Se te empapó Zorba el griego con hojas de papel de arroz: "Aquí atacan por todos lados".

 

Mejor te encierras en tu recámara. Oyes voces. Ha de ser la hija de Norma. Iba a pasar el día aquí, hoy fumigaban su casa. A lo mejor alguien vio una hormiga y a exterminarlas.

La puerta de tu cuarto no tiene llave. Te inquieta que te sorprendan en la cama. Alguien abre, sonríes cuando ves la cara, los lentes y el dulzor de Magda, la nana de Manolito, el nieto de Norma, que cierra susurrando disculpas: la oyes entretener la inquietud del niño.

"Señora Santana, por qué llora el niño, y... Pin Pón es un muñeco muy grande y de cartón..." Imaginas al niño mirándola y te gustaría volver a ser niña. "¿Sabías que o cuidé a tu mamá?", le repite.

Esta tarde vas con Norma en su carro. Al encender el motor cae el cinturón de seguridad y te inmoviliza; ¡ah!, además el coche habla, esa vez ya te tiene harta, aunque sea el único sonido masculino que has oído en el viaje. "The keys are in the ignition", fresecita que repite como taladro hasta que obedeces. Norma soporta que sea tan insistente y a ti te reclama: "Ya sé que quieres una tijeras, no me lo repitas". Y sigue el nuevo relato que acaba de iniciar. No deja espacio para que tu diálogo interior fluya.

-No se te ocurra tirar algo por la ventana del coche, sin mil dólares de multa -te advierte señalando un letrero que está antes de llegar a la fotografía con servicio de revelado en media hora.

"¿Por qué les fascinará que todo esté para ayer? Entre más rápido va uno ¿se viven más cosas?", te preguntas. "¿Para qué tanto vivir en el hacer? No hay tiempos para gozar, sentir. Norma presume de que tarda poco en vestirse, bañarse, pintarse, peinarse, lavarse los dientes."

Ya en la tienda nos dicen: ¡Hello, ladies! ¿How are yo this morning? Enjoy. Have a nice day. Be careful, be careful.

-Qué amables, qué recibimiento. Se preocupan de que no se tropiecen sus clientes. México será muy lindo, pero nadie te recibe con esos aspavientos, ni con esa sonrisa.

-Así saludan siempre y ya después ni te hablan. Te cuidan porque si resbalas en su negocio puedes demandarlos.

Salen de la tienda de fotografía.

-Éste es un barrio mexicano, ¿ves el cambio? Dejan un sillón desvencijado en el jardín, tienden la ropa en donde sea. ¿No me vas a decir que se ven bonitos esos tendederos? -exclama furiosa.

Regresan al condominio horizontal.

A partir del momento en que se abre la puerta de la casa hay que hacer todo rápido y concentradamente, ya que empiezan a correr los cuarenta y cinco segundo que dan para apretar los números de la clave de alarma; si se tarda uno más, los de alarmas hablan y cuidado si no respondes en el segundo siguiente: llega un grupo de salvadores a tirar puertas y ventanas para resguardar tu vida.

Corren a marcar el uno, ocho y siete. ¡Qué alivio! Deja de sonar la alarma. Están a salvo de ser salvadas.

Sólo cuando ven una película Norma deja de hablar. Ésos han sido los mejores ratos. Estás abatida, vas perdiendo color, tienes miedo de estallar y que la vieja amistad termine. Han ido y venido, visitando restaurantes frente al mar, a la laguna, a la montaña y no los recuerdas. No dispones de tiempo para mirar algo que no sea la cara de Norma. Mientras oyes su parloteo respiras profundamente, no te atreves a decirle que mejor te vas el jueves, porque en cuanto insinuaste que te gusta como canta Juan Gabriel, compró boletos para el viernes. Cuando termina la película corres a tu cuarto en busca de silencio.

-¿Qué te parecen mariscos para festejar que mi dentadura quedó de primera? En la tarde te voy a llevar a los mejores. Están en una especie de pueblito -la palabra pueblo te traslada a El Chico, a Zacatlán, a Malinalco. Éste ha de ser el Tepoztlán de los yunaites, piensas y se te antoja ir.

No cesas de chulear a Norma que se ve tan guapa con su sonrisa nueva.

-Va a venir otra amiga, Blanca. Me va a ayudar a manejar. Tú no puedes, tu licencia está vencida.

-¿Que no puedo? Si llevo como siete años así.

Sola en el asiento de atrás puedes fugarte en el paisaje. Blanca era jefa en Telmex y quemó sus naves para venir a trabajar en lo mismo, pero en dólares. Ella sólo responde a lo que dice Norma: Ajá. ¿Sí? ¡No! ¡Qué bárbaro! "¿Qué otra coas se le puede decir?"

Tomando vino en Tepoztlán de los yunaites encuentras un hueco en la plática en el momento preciso para decir:

-¿Verdad Blanca que es interesante oír a los demás? Quiero saber de ti.

-Yo tengo mucha necesidad de hablar -responde Norma ofendida, y continúa el relato de sus historias.

Suena su celular. Es su galán, del que está tan enamorada. Llamó para cancelarle. Aunque trata de disimular su frustración no la puede controlar.

-Ayer le dije que no me fuera a plantar y, ya ves, siempre dice que a última hora... y yo que le traigo el libro que quería hasta envuelto para regalo.

Estás vencida. ¿Cómo decirle que no para de hablar? Cincuenta años de anécdotas actualizadas. Sacas fuerzas para entorpecer su monólogo.

"¡Mira esa casita!" Le ehca un vistazo y bla, bla, bla. Y tus amigas se morían de envidia por tu viaje.