La
intolerancia es más propia
de la estulticia que de la virtud.
El general
pidió que le acompañasen dos conscriptos para que cargaran
los bultos de sus compras, y nos mandaron a Pelagio y a mí. Necesitaba
adquirir algunos ornamentos para darle lujo a su nueva residencia. Partimos
en una combi que facilitó la Intendencia y nos dirigimos al mejor
centro comercial
de la ciudad.
El
general iba con el uniforme azul de gala, con muchas insignias pero
sin entorchados, que se pone cuando nos visita el señor Presidente
y ha de irlo a recibir. Celio, su joven chofer, que es todavía
más fachoso, se había puesto, asimismo, el suyo, del mismo
color y, él sí, complementándolo con borlas, cordones
y calcetines blancos, además del gorrito de visera charolada
y polainas de cuero esmeradamente lustradas. Pelagio y yo vestíamos,
aunque limpio, el uniforme verde-olivo de reglamento. Y hasta salió
bien, pues así no hacíamos sombra con una gárrula
elegancia como la de ellos a la señora del general, que recogimos
a la pasada de su domicilio y vestía sólo un traje discreto
pero decente y un sencillo abrigo gris de lana.
Nos
estacionamos en un lugar prohibido frente a la salida del centro comercial
y el general hizo que le siguiéramos al interior de éste.
Allí fuimos los cinco por entre el gentío que recorría
los pasillos contemplando los muy iluminados aparadores. Mucha de aquella
gente se fijaba admirada en el elegante uniforme del jefe y de Celio;
pero en la señora, en Pelagio y en mí nadie ponía
atención.
Anduvimos
de aquí para allá comprando algunas chácharas hasta
que fuimos a dar a aquella gran tienda de caprichos finos. Pelagio me
dio con el codo cuando dentro de ella pasábamos frente a una
vitrina donde se exhibían figuritas de porcelana, mármol
y marfil. Creo que era de este último material una estatuilla
del tamaño de las boleadas polainas de Celio, que representaba
cierta escena afrentosa al buen gusto del refinado local. Se trataba
de dos gladiadores completamente desnudos trenzados en una como lucha
greco-romana. El uno tenía abrazado y vuelto de cabeza al otro.
Pero éste le había pepenado de las vergüenzas, seguramente
para retorcérselas hasta lograr que lo soltara.
Tan
desvergonzada figura parecía impropia del lugar. Y sentí
compasión por las dos señoritas dependientas, que seguramente
tenían que verla y sacudirle el polvo cada mañana sin
que pudieran esperar que alguien la comprara algún día
y las librase de ella, pues hasta en un excusado resultaría indecorosa.
La señora del general, que nos precedía, le lanzó
una mirada fugaz. Pero debió notar la indecencia del objeto y
se hizo la disimulada. También el general y Celio la vieron al
pasar; y el primero sonrió con malicia mientras su ayudante se
mantenía serio, en su chocante estiramiento y severidad. Tras
ellos y ante nosotros se había añadido al grupo el dueño
de aquel comercio, un tipejo gomoso, calvo y afectado, con camiseta
sport y un gasné de seda en el pescuezo, quien al notar la sonrisa
del general creyó oportuno justificarse de tener allí
aquella porquería explicándole: "Es la representación
de la famosa lucha entre Hércules
y creo que Diómedes".
Y ante el gesto afirmativo del militar, remachó: "Las estatuas
del salón al que estamos entrando pertenecen, como habrá
notado, al arte escultórico florentino. Son reproducciones de
una gran perfección logradas por un magnífico escultor
italiano"
Y nos dirigió hacia dos grandes figuras
de mármol blanco.
Una
de ellas era de tamaño poco más que natural, y la otra,
que era más pequeña, estaba en una esquina. Señalándola,
le dijo al jefe: "Observe qué gran reproductor es ese hombre".
Me
di cuenta que la mayor parte de las figuras humanas que estaban allí
se encontraban tan desnudas como vinieron al mundo, y que las dos señaladas
representaban a un viejo barbón con un como libro en las manos
y a un muchacho barbilindo y espigado, de pie, ambos totalmente en cueros
y, como los gladiadores, con sus vergüenzas en desafiante ostentación.
No
es que a mí me asusten estas cosas. Las he visto peores y de
carne y hueso cuando con amigos voy a casa de Zita. Pero allí
va uno en otro plan, y sus muchachas no se asustan de verlo a uno desnudo
y de que las vean a ellas, seguro porque ya están acostumbradas
y es ese su oficio. Mas, en un establecimiento tan elegante de la mejor
plaza comercial de la ciudad, no parece bien que permitan exhibir, aunque
sean de mármol, esos desnudos masculinos con todo lo que pueden
enseñar. Debían ponerles por lo menos un taparrabos, pues
pasan muchas señoras decentes a las que puede ofender tanto impudor.
Pase la muchacha gordita y manquita que estaba en la esquina de enfrente
también desnuda. Con ella se trataba de una mujer, y al fin que
las mujeres vinieron al mundo para desnudarse o que las desnudemos.
Hasta hay quien las compara con obras de arte cuando son bonitas
Pero un hombre desnudo es siempre indecente. Y no puedo explicarme cómo
el general le permitía a su señora mirar a esos dos sin
ruborizarse siquiera. Vaya uno a saber lo que ella estaría pensando
mientras observaba esas cosas que tan desvergonzadamente mostraban las
indecorosas figuras.
El
dueño del negocio, que no debía tenerlas todas consigo,
seguía intentando distraer la atención del general al
decirle, mientras señalaba aquellos dos desfiguros:
-No
cabe duda, eh, que es un reproductor estupendo.
Estupendo
reproductor el caballo garañón que el general compró
para sus yeguas hace cosa de dos meses en un establo de ejemplares finos.
Ese sí tenía de qué ufanarse. Mas estos dos desvergonzados
tipos de las estatuas ni siquiera prometían gran cosa como reproductores,
pues a pesar del descaro con que exhibían sus atributos masculinos,
éstos lucían tan mezquinos y marchitos que era difícil
entender por qué habían de andarlos presumiendo.
Sin
embargo, la señora del general se había detenido a contemplarlos
extasiada, sin pensar que íbamos con ella tres varones que podíamos
pensar mal de su honestidad. Tanto así que Pelagio y yo, por
no resultar impertinentes, nos separamos del grupo con el pretexto de
admirar a cierta ninfa, también desnuda, pero que cubría
sus partes pudendas con unas guirnaldas discretamente ceñidas
a sus caderas de mármol.
De
pronto alcancé a oír que la señora le preguntaba
al general:
-¿No
crees que éste luciría bien en el hall, al pie de la escalera?
Y
pude ver, al volverme, que señalaba al impúdico mozalbete
espigado.
Esperaba
yo que el general protestase de que su vieja pretendiera exhibir en
su hogar esa obscenidad. Pero mi asombro subió de punto cuando,
después de convenir en que no era mala la idea, la oí
preguntar al dueño cuánto salía costando la figura.
Antes de mencionar una cantidad elevadísima, el comerciante creyó
prudente justificarla, advirtiéndole al jefe:
-El
David es hermosísimo
Puede
ser que le gustara a él, pues tenía cierto aire feminoide,
y el hecho mismo de haberlo bautizado ya presuponía cierta afinidad
entre ambos. A pesar de lo cual se veía muy ilusionado frente
a la oportunidad de salir de una vez de aquella nefanda mercancía.
Yo esperaba que el general se escandalizase de lo elevado del precio,
pero hasta me pareció complacido. Y tuvo que ser precisamente
a mí a quien le ordenara:
-Tómalo
y llévalo con cuidado a la camioneta.
Me
sentí muy afligido. Pues iba a ser vergonzoso desfilar entre
el gentío abrazado a ese mozalbete desnudo y con todas sus vergüenzas
al aire. No faltaría un malpensado que juzgara que lo había
comprado por tener gustos aberrantes. Pero en mi condición de
subalterno sólo cabía obedecer.
Hice,
no obstante, el intento de demorarlo hasta el regreso de todo el grupo
para que los burlones comprendiesen que no era cosa mía el interés
en esas indecencias. Mas el general, notando mi indecisión, insistió:
-Anda;
llévate con cuidado el Miguel Ángel y vuelves a alcanzarnos
para que cargues otras compras.
¡Vaya!
Acaso a él no le había gustado el nombre de David que
le puso el del gasné y decidió bautizarlo Miguel Ángel
La verdad es que de ángel tenía muy poco dada su cochina
desvergüenza.
*
* *
Al
levantar abrazada la maldita estatua me acometió una duda: ¿Debía
tomarla por la espalda, mostrando a cuantos me vieran pasar su obsceno
ramillete o sería mejor que ocultara éste contra mí
tomándola de frente, lo que quizás pudiera interpretarse
en un sentido peor, más indecoroso?
Decidí que mientras
más separadas me quedasen las partes aquellas iba a ser menos
comprometedor. Y la abracé por la espalda, llevándola
como mascarón de proa con sus indecencias en cínica exposición.
Iba
yo sonriendo resignadamente a cuantos se cruzaban en mi camino para
darles a entender que no estaba de ninguna manera ilusionado ni era
responsable en la elección de figura tan afrentosa. Tal vez con
ello conseguiría atenuar un poco el mal concepto que fueran a
formarse de mí. Si bien, las personas que me veían pasar,
y sobre todo los hombres, sonreían burlonamente y con ganas de
felicitarme "por lo que me había encontrado".
Así
llegué a la combi y le hice cama a David
o a Miguel Ángel
entre unas colchonetas para que no se fuera a romper. Después
volví en busca de mis acompañantes con el pendiente de
que me fueran a hacer cargar también al igualmente desvergonzado
viejo barbón
Pero iba llegando a la tienda de las figuras
encueradas cuando vi salir a Pelagio transportando abrazada a la mona
gordita de los brazos rotos. Y considerando que ello podía restablecer
parcialmente lo cabal de mi hombría en el criterio procaz de
los burlones, le propuse a mi compañero que me la pasara.
Pelagio
debió entender lo desairada de mi situación, pues accedió
fácilmente
Y así fui con ella, ostentando, ahora
sí con ufanía, lo mucho bueno que tenía que ver,
a fin de taparles la boca a los malpensados y murmuradores.
Sólo
que iba tan distraído que, al llegar a la camioneta, la ingrata
mona se me resbaló, haciéndose pedazos sobre el banquetón.
No
había modo de pegarlos. Me quedé sentado al borde de la
caja de carga de la combi contemplando esos despojos y calculando mortificado
los días de fajina o de calabozo que mi torpeza me iba a costar.
Sólo encontré ligero alivio al considerar que, estando
ya rota de los brazos la mona, al general debieron dársela con
un buen descuento, y que su pérdida no iba a resultarle tan gravosa
como si el que se me hubiera caído y roto fuera aquel desvergonzado
David o Miguel Ángel, que, para mayor escarnio de la honestidad,
llegó indemne con todo lo que tan descaradamente exhibía.
