Hay
una tempestad sobre mi vida. Empezó el día en que el cartero
entregó a la puerta de mi casa un sobre que decía con
letra escarlata: Gratis. Nunca había abierto uno de estos sobres.
Sé muy bien que cuando algo es gratis, las cosas andan mal. Por
un descuido de la voluntad lo abrí, no sin ciertas dificultades.
Ahora los sobres tienen sofisticados sistemas de cierres herméticos
que soportan el abrecartas, los jaloneos. Casi son indestructibles.
Decía que abrí el sobre y leí una carta personalizada.
En ella mi nombre se había abierto paso entre una jungla de personajes.
Sin saberlo, en una peleadísima selección, logré
la entrada preventiva en un gran sorteo millonario. Confieso además
que leí el mensaje con la sangre agitada de codicia: estaba a
punto de ganarme 300 mil pesos. Una pequeña precisión:
para entrar al sorteo era necesario suscribirse a la revista que edita
la gran empresa editorial. No pensé lo que es necesario pensar
en estos casos: el tiempo en que las herencias, las muertes y el amor
llegaban por correo, terminó hace años; ahora, quien quiera
comunicar algo irrelevante usará la carta o el telegrama. Por
correo he recibido invitaciones para asistir a:
1.
Una conferencia sobre la situación económica en Corea
del Norte.
2.
Una venta de garage.
3.
Un salón de masajes: ofrece desde un modesto francés hasta
una vaquilla de Rancho Seco.
4.
Un curso rápido del idioma de Goethe.
5.
Una barata de accesorios electrodomésticos en un almacén
de la calle República de El Salvador. Y
6.
Un sorteo millonario de una gran empresa editorial.
Hasta
aquí, el asunto no revestía ningún misterio: una
casa editorial le da de comer a sus mercadólogos y directores
de arte mediante el diseño de una promoción llena de finos
detalles psicológicos. Después de consultar con mi mujer,
tomamos la decisión de suscribirnos a la revista y ponernos en
el camino de la Fortuna, por si las moscas.
Pero
las cosas empeoraron inopinadamente. Cada semana llegaron a la casa
dos comunicación, cada una de ellas más perentoria que
la anterior. En ellas se me amenazó con ganar el sorteo de un
momento a otro y, a la vez, se me informó esto: mi buena estrella
había superado dos de las cinco etapas para ser el ganador de
300 mil pesos, más un superbono de 50 mil por haber contestado
a tiempo todas y cada una de las misivas enviadas por el Comité
de Sorteos, a cargo del licenciado Ortiz. Una pequeña precisión
para avanzar a la tercera etapa: la compra de un diccionario inverso.
Sí, leyó usted bien, un diccionario inverso, usted tiene
la idea, la busca y le dan la palabra concreta. A mí los comités,
cualesquiera que sea su naturaleza, no me gustan, razón por la
cual una noche decidí no volver a abrir ninguno de los sobres
de la gran empresa editorial. "Nadie puede obligarme a ganar 300
mil pesos", pensé y me dormí a pierna suelta reconfortado
por mi fortaleza de carácter.
Hay
hombres favorecidos por los sueños, pero hay hombres perjudicado
por ellos. Yo formo parte de los segundos. Soñé con el
licenciado Ortiz. Con voz grave me comunicaba por teléfono que
yo era el flamante ganador de los 350 mil pesos, un automóvil
último modelo rojo brillante, dos tostadores y una enciclopedia
del hogar de 32 tomos finamente empastados. Mi nombre y mi fotografía
se publicaban en los periódicos. Algo de notoriedad nunca está
de más, ni siquiera en el inconsciente.
Después
de consultar con mi mujer, tomamos la decisión de adquirir el
diccionario inverso; ya se sabe, los niños crecen y sus necesidades
también. Asunto arreglado: se compra el diccionario inverso y
de pasada catafixiamos la tercera etapa.
No
hay nada peor que abandonar una empresa iniciada con empeño y
entusiasmo. Una noche vimos en la televisión a un hombre que
se ganó doscientos mil pesos tirando unos dadotes en un paño
verde. El hombre lloró cuando le entregaron un cheque de su estatura;
sí, leyó usted bien, un cheque gigante detrás del
cual lo fotografiaron en medio de sollozos. "¿Se lo pagarán
en el banco?", bromeé con mi mujer y, no me lo van a creer,
me dieron ganas de llorar. Mejor me dormí.
A
la mañana siguiente, al pie de la puerta, encontré un
sobre que ostentaba en letra escarlata: Urgente. Yo, que he leído
las novelas de Paul Auster, puedo decir que suelen seducirme con cauda
de sueños y azares realizados. Abrí el sobre. En él,
Ortiz me comunicaba que no debería renunciar a la tercera etapa,
eso sería una locura, un desperdicio, una renuncia imperdonable
del porvenir y sus paraísos. No lo formuló exactamente
así, pero mi traducción simultánea me entregó
las imágenes exageradas de mi ruina por ausencia de la tenacidad
inherente a todos los éxitos.
Por
razones que aún no puedo explicarme, la idea del sorteo me persiguió
el resto del día, hasta la noche, hora de la cena con Irene.
Me falta decir que había una pequeña precisión
para escalar el tercer peldaño del sorteo millonario: la compra,
en abonos de una bella edición de La Odisea con ilustraciones
de un pintor boliviano, un auténtico libro de arte. Aquella noche
Irene nos contó su caso perturbada por la emoción. Su
padre se había sacado la lotería. Jugó durante
treinta y dos años, todas las semanas, al mismo número,
el año del nacimiento de Irene. Nunca dejó de comprarle
al mismo billetero, a quien vio crecer, madurar, tener familia y convertirse
en un hombre próspero, dueño de cuatro expendios de billetes
de lotería. No cabía la menos duda, su padre era un hombre
con una suerte extraordinaria. Sentí envidia. Después
de una pequeña deliberación, decidimos comprar el hermoso
libro. Ahora tenemos cuatro ediciones distintas de la obra de Homero,
pero no importa, los clásicos nunca están de más.
Bien hecho. Y de la mano de Homero, a la cuarta etapa del gran sorteo
millonario.
Días
después la sorpresa fue mayor. Al pie de la puerta de la casa
había un sobre grande. No era el momento de echarlo todo por
la ventana. Recordé al padre de Irene: compró su billete
años y años hasta que ¡zaz!, la Fortuna premió
su persistencia. Abrí el sobre. En el interior venía una
tarjeta personal de acceso a un premio extra. De modo que había
un premio extra. Pude colegir que se trataba de la llave para abrir
la puerta de la cuarta etapa. Sé que no van a creerme, pero esa
misma noche vi en la televisión a un hombre encerrado en una
cabina con un montón de dinero a su alcance. Sí, leyó
usted bien: una cápsula transparente y adentro un hombre con
un dineral en una charola. A una voz, la cabina expelía en su
interior unos ventarrones espantosos. Los billetes, es obvio, volaban
dentro de la cabina y el hombre intentaba agarrarlos por una simple
razón: todos los billetes que capturara durante dos minutos serían
suyos al instante. Un hombre tan despeinado y desfajado como un vagabundo
contaba la recompensa afuera de la cabina. El público aplaudía.
Los conductores del programa lo felicitaban. La sonrisa de aquel hombre
fue la última huella de la vigilia, antes de un sueño
profundo. Aún no he dicho que había una pequeña
precisión para acceder a la recta final de la cuarta etapa del
gran sorteo millonario: la compara de un Libro de los medicamentos.
Usos y efectos. No lo dudamos ni un segundo, un vademécum así
es de lo más necesario en cualquier hogar. Cuando la tía
Julia se intoxicó con penicilina, nosotros fuimos los primeros
en decírselo gracias a este útil manual de las medicinas.
Antes de salir al hospital, la tía Julia sabía perfectamente
la gravedad de su estado y eso tranquiliza a cualquiera; nosotros nunca
estamos de acuerdo con esos médicos que le ocultan al enfermo
su gravedad.
La
espera no fue demasiado larga. El Comité de Sorteos, por vía
de Ortiz, nos envió una carta cuya letra escarlata decía:
Información importante. La vida está llena de casos en
los que la presunción y la inmodestia acaban con años
de constancia. Mucho cuidado. Por fin tenemos el número para
concursar en el gran sorteo millonario, pero aquí regresa la
tempestad de la que hablé al principio. Todavía no fijan
la fecha del sorteo y empezamos a inquietarnos. Al paso que vamos, sólo
podremos pagar los productos comprados a la gran empresa editorial si
nos ganamos el premio mayor. Nunca hemos estado tan cerca del embargo,
ni siquiera aquella vez en que me sentí millonario de Forbes
y abracé a la noche en bares de diversa índole nocturna.
También sé que uno no puede ponerse así en manos
del azar, pero qué vida no está así, en manos del
azar. No lo creerán, pero he pensado ir a un programa de concursos,
disfrazado por supuesto para que mi superego no sufra, a lanzar en un
paño verde aquellos dadotes de la suerte. La Fortuna es cosa
de paciencia, pero a veces hay que darle un empujoncito para vencer
su timidez.
Un
buen día nos enteramos de que dos días atrás se
habían publicado en un periódico de circulación
nacional los resultados del gran sorteo millonario. Buscamos el diario.
Nada. Lo usaron para limpiar los vidrios. Le hablamos a varios amigos.
Nada, lo tiraron o lo vendieron. Un conocido nos dio una lección
de ética, nos recriminó que compráramos ese periódico
que publicaba mentiras todos los días. Nos enredamos en una agria
discusión sobre la prensa en México. Al fin, un vecino
nos dio la edición que necesitábamos. Localizamos una
plana completa de números en miniatura. Con nuestro boleto en
la mano buscamos el número, un verdadero suplicio. Después
de un rato tuvimos que aceptar que el nuestro no figuraba entre los
ganadores. "Así es la suerte", dijo mi mujer. "¿Dónde
estará Ortiz?", pregunté desalentado.
