Cuando
mi madre descubrió que el gran espejo de la sala estaba habitado,
todos pasamos paulatinamente de la incredulidad al asombro, de éste
a la contemplación, y, acabamos aceptándolo como algo
cotidiano.
El
hecho de que la ovalada luna, un poco moteadas de negro por la acción
de tiempo, reflejara a los muertos de la familia en vez de a nosotros
mismos, no fue causa suficiente para alterar nuestros hábitos
de vida. Siguiendo con la antigua máxima de "arda la casa
sin verse el humo", nos guardamos el secreto que, después
de todo, a nadie más que a nosotros mismos interesaba.
De
todas formas, pasó algún tiempo antes de que nos resultara
completamente natural sentarnos cada uno en su sillón preferido,
y saber que en el espejo ese mismo sillón estaba ocupado por
otra persona, verbigracia por Aurelia, hermana de mi abuela (rip1, 1939)
y que aunque a mi lado, en esta parte de la sala se encontrara mi prima
Natalia, enfrente estuviera Nicolás, tío de mi madre (rip,
1927).
Como
es lógico, si nuestro muerto se reflejaban en el espejo de las
sala, lo que nos ofrecían era la imagen de una tertulia familiar,
casi idéntica a la que componíamos nosotros, pues nada,
absolutamente nada del decorado de la sala: sus muebles, la distribución
de éstos, la luz, las dimensiones, se alteraba en el espejo.
Unicamente que del lado de allá, en vez de nosotros estaban ellos.
No
sé los demás, pero yo sentía que más que
una visión en un espejo, presenciaba una vieja película
gastada, ya nebulosa. Los movimientos de nuestros difuntos, al reproducir
los que hacíamos nosotros, eran más lentos, parsimoniosos,
como si en realidad el espejo no mostrara una imagen directa, sino el
reflejo de otro reflejo.
De
todas formas, desde el primer momento supe que todo se complicaría
tan pronto mi prima Clarita regresara de sus vacaciones. Clarita me
dio, durante mucho tiempo, la idea de haber caído equivocadamente
en nuestra familia. Por lo vivaz y emprendedora, por su audacia y decisión.
Esa opinión mía se avalaba con el hecho de que ella formó
parte de la primera promoción de mujeres odontólogas del
país.
Pero
aquella impresión de que Clarita estaba por error entre nosotros,
se disipó tan pronto mi audaz prima colgó el diploma y
se puso a bordar sábanas junto a mi abuela, a mis tías,
y a mis otras primas y hermanas, en espera de un pretendiente que no
faltó, en realidad, pero que no fue aceptado porque no reunía
unas cualidades que nunca se supo cuáles eran exactamente.
Aunque
jamás ejerciera su profesión, una vez titulada, Clarita
se convirtió en el oráculo familiar. Ella prescribía
analgésicos y determinaba si tal o cual moda era adecuada o no;
elegía las funciones de teatro y decía cuándo el
ponche tenía el punto de licor adecuado para cada reunión
social. Por todas estas preocupaciones, era lógico que cada año
se pasara un mes descansando en algún balneario.
Y
cuando aquel verano Clarita regresó de sus vacaciones, y fue
informada del descubrimiento hecho por mi madre, se quedó momentáneamente
pensativa, como si escuchara la sintomatología antes de diagnosticar.
Después, sin inmutarse, se asomó la espejo, constató
que todo era cierto e hizo un movimiento dubitativo con la cabeza. Inmediatamente
se sentó en su sillón junto al librero, y estiró
el cuello para ver quién lo ocupaba del lado de allá.
-Caramba,
miren a Gustavo -fue todo lo que dijo.
Y,
efectivamente, allí, en el mismo sillón, el espejo mostraba
a Gustavo, una especie de ahijado de papá, quien a raíz
de una inundación en su pueblo, se instalo en nuestra casa y
se quedó para siempre en un status ambivalente de pariente pobre
y comodín familiar.
Clarita
lo saludó democráticamente agitando la mano, pero él,
que en ese momento parecía abstraído en la contemplación
de algo así como un bombillo de radio, no se dio por aludido.
Sin duda los del espejo no tenían programado un mayor intercambio
con nosotros. Y eso, aunque no lo dijo, debió de picar un poco
el amor propio de Clarita.
La
idea de trasladar el espejo para el comedor, fue, naturalmente, de ella.
Así como su complemento: acercar a la luna la gran mesa para
poder sentarnos todos juntos durante las comidas. Así se hizo,
y la cosa salió como esperábamos, pese a los temores de
mi madre de que los habitantes del espejo huyera o se molestaran con
el ajetreo.
Confieso
que era reconfortante sentarse cada día a la mesa y extender
la mirada hasta sus lejanos confines para sólo ver rostros familiares,
aunque algunos de los que estaban del otro lado fueran parientes lejanos
y a otros, el tiempo de involuntaria ausencia los hubiera alejado ya
de nuestjustify">Éramos
unas veinte personas sentadas cada día a la mesa. Y aunque los
gestos y movimientos de ellos fueran más ausentes y sus comidas
un tanto descoloridas, en general dábamos la impresión
de una familia numerosa y bien llevada.
En
el límite entre la mesa real y la otra, se sentaron Clarita y
mi hermano Julio, del lado de acá. De la otra parte estaba Eulalia
(rip, 1949), segunda esposa del tío Daniel, mujer que en vida
fue siempre distante e indolente, por lo que, en su estado actual, era
la más ausente de todos los del otro lado. Frente a ella, mi
padrino don Silvestre (rip, 1952), quien, aunque no era pariente de
sangre, lo fue siempre por el corazón.
Me
da cierta pena ver la perdida rubicundez de don Silvestre, quien parecía
un maniquí, que después de exhibirse mucho tiempo en la
vidriera de un comercio, acaba perdiendo el color aunque conserve los
carrillos inflados y el continente ideal para reflejar la salud de cuerpo
y alma. El manto empalidecedor de la muerte sentaba mal al fornido asturiano,
que sin duda se sentía un poco ridículo en todo aquello.
Durante
algún tiempo comimos todos reunidos, sin más peripecias
ni complicaciones. Pero no hay que olvidar que allí estaba Clarita
y que, notorio descuido por nuestra parte, la habíamos dejado
sentarse en el límite entre las dos mesas, en aquel ecuador entre
lo que era y lo que no era, que aunque a nosotros no nos impresionara
en lo más mínimo, debimos cuidar mejor.
Agregando
a esa imprudencia por parte nuestra, el hecho de que fuera la indolente
Eulalia la que quedaba del otro lado, no es raro que una noche, con
la misma simpática naturalidad con que saludó al primo
Gustavo, Clarita se dirigiera a ella:
-¿Me
alcanza la ensalada?
Como
una reina ofendida, altanera y distante, Eulalia le tendió la
pálida fuerte, llena de desvaídas lechugas y de unos tomates
semigrisáceos, semitransparente, que Clarita, encantada con la
novedad engulló con su mejor sonrisa traviesa, mientras nos miraba
a todos tan desafiante como el día en que matriculó una
carrera para hombres. No nos dio tiempo a nada. Solamente la vimos palidecer;
después su sonrisa se tornó un poco triste, un poco desvaída
y Clarita se recostó al espejo.
Cuando,
terminados los luctuosos afanes del funeral, volvimos a sentarnos a
la mesa, comprobamos que ya había ocupado su puesto del lado
de allá. Quedó entre el primo Baltasar (rip, 1940) y la
tía-abuela Federica (rip, 1936).
Lo
sucedido había abierto una brecha entre nosotros y ellos. De
cierta forma, nos sentíamos víctimas de un abuso de confianza,
que nuestra hospitalidad había sido dolosamente aprovechada pero
como en la discusión que sostuvimos los de acá, no pudimos
establecer quién era en realidad huésped de quién,
y como era indiscutible que en el nuevo suceso habían mediado
la imprudencia y el espíritu científico-investigativo
de Clarita y como, además, pasaron los días y, después
de todo, no había mucha diferencia entre lo que Clarita hacia
y lo que hasta entonces había hecho, el caso es que fuimos olvidando
los supuestos agravios, y continuamos nuestra vida de siempre, reconquistando
el camino perdido en cuanto a identificación con los del espejo,
y cada vez más incapaces de discernir de qué lado estaba
la vida y de cuál su reflejo.
Pero
como una imprudencia nunca viene sola, yo pasé a ocupar el puesto
vacío de Clarita. Ahora estoy mucho más cerca de ellos;
ahora casi puedo escuchar un lejano rumos de servilletas que se doblan
o desdoblan, un leve entrechocar de cristales y cubiertos, algún
rodarse de sillas que nunca puedo concretar si viene de allá
o es el que producimos nosotros mismos.
Está
de más decir, que dilucidar esa cuestión no me preocupa.
Lo que sí me inquieta, lo confieso, es que Clarita no parece
haberse impuesto del todo de su nueva situación, y no guarda
la suficiente compostura, gravedad u opacidad, por llamarle de alguna
manera, y sigue con sus asomos de picardía que tanto nos robaron
el corazón a todos.
Y
el caso es que yo, más que cualquier otro miembro de la familia,
puedo ser el blanco de sus actuales propósitos, porque siempre
nos unió un afecto especial, tal vez porque teníamos la
misma edad y compartimos los juegos infantiles y las primeras inquietudes
de la adolescencia
Y ocurre que ella hace todo lo posible por
llamar mi atención, y desde el lunes pasado está tratando
de aprovechar un descuido mío para pasarme un apiña así
de grande, un poco desvaída, es cierto, pero con todas las posibilidades
de se apretada y un poco ácida como ella sabe que a mí
me gustan.
