Luisa
Valenzuela
Escribo
contra aquellos que creen tener todas las respuestas. Espero que cada
uno de mis libros sea un semillero de preguntas que genera más
preguntas y por suerte casi ninguna respuesta.
Pienso que se escribe siempre desde una carencia, y no para colmarla-
esa sería una pretensión vana y pretenciosa -sino para
interrogarla. Personalmente, tuve la suerte de empezar a escribir mis
primeros cuentos de muy joven, eliminando así esa a veces infranqueable
barrera de la autocrítica, y a los 20 años pude sumergirme
con toda desfachatez en una novela. Fue un poco como el tango, "anclada
en París" yo añoraba un Buenos Aires al que nunca
iba a volver. Nunca iba a volver, entre otras razones, porque era mi
Buenos Aires inventado.
Primero vinieron los cuentos, recopilados en un volumen que titulé
Los Heréticos porque lo que me interesaba entonces -y me sigue
interesando- es esa sutil barrera que separa a la religión de
la herejía. Los Heréticos fue publicado en el 67. El 70
fue para mí el año del gran corte, el del reconocimiento
de la literatura volcánica y de mis propias erupciones internas.
Creo que fue el shock del New York de fines de la década del
60 lo que gatilló un texto visceral, y espero que profundamente
erótico, El gato eficaz. Vertical u horizontal, para arriba y
para abajo, escribía El gato eficaz en ascensores, en viajes,
camino hacia otras partes
desconocidas, hacia zonas de mí misma por demás oscuras.
Me alegro tanto de haberlo hecho, de haber podido aunque sea una vez
soltar amarras y no reconocerme para nada.
Después la vida de todos los días, claro, mi manía
ambulatoria que empezó a llevarme de los Estados Unidos a México,
a Francia, a Barcelona. Y un intento en Barcelona de escribir algo vagamente
autobiográfico que empezaba así:
"Nació como nacemos todos, protestando por su/nuestra puta
suerte. No se pudo establecer si cada berrido fue queja por ingresar
en el mundo o por algo más sutil, como una angustia por la raza
humana -los hermanos- al incorporarse a ese otro líquido amniótico
tanto más colectivo que es el aire".
Después la autobiografía se echó a volar por su
cuenta a la segunda página, y yo pude alegrarme nuevamente y
sentir lo exultante que puede ser la creación literaria cuando
el lenguaje empieza a expresarse a través de una, o mejor dicho
a pesar de una misma.
Tantos disimulos, tantas máscaras... Las mujeres sabemos mucho
de esas cosas, es hora de que vayamos aprovechándolas para poder
decir nuestra palabra, la palabra que hasta ahora nos estaba vedada.
Los cuentos de Aquí pasan cosas raras, crónicas de la
paranoia porteña de los años negros. Pero esa fue la palabra
vedada que pude de una manera u otra pronunciar. Por medio del grotesco,
de un hiperrealismo literario, del humor negro, de lo que fuere, logré
pasar las barreras de la censura gubernamental y decir en ese momento
lo que tenía que decir. Fue así como nació, bastante
más adelante y luego de otros libros, Cambio de Armas y algunos
de los cuentos que integran la nueva colección: Simetrías.
Viví diez años en Nueva York (del 79 al 89), y habiendo
escrito Novela Negra con Argentinos, que transcurre en los bajos fondos
de esa ciudad, con reverberaciones de la política argentina,
decidí que era tiempo de volver a mi país. El shock del
retorno me llevó a escribir Realidad Nacional desde la cama,
por lo cual no sé muy bien dónde termina mi vida y empieza
la literatura, o viceversa.
