La novela
gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knockout
...La
oportunidad de cambiar ideas acerca del cuento me interesa por diversas
razones. Vivo en un país -Francia- donde este género tiene
poca vigencia, aunque en los últimos años se nota entre
escritores y lectores un interés creciente por esa forma de expresión.
De todos modos, mientras los críticos siguen acumulando teorías
y manteniendo enconadas polémicas acerca de la novela, casi nadie
se interesa por la problemática del cuento. Vivir como cuentista
en un país donde esta forma expresiva es un producto casi exótico,
obliga forzosamente a buscar en otras literaturas el alimento que allí
falta. Poco a poco, en sus textos originales o mediante traducciones,
uno va acumulando casi rencorosamente una enorme cantidad de cuentos
del pasado y del presente, y llega el día en que puede hacer
un balance, intentar una aproximación valorativa a ese género
de tan difícil definición, tan huidizo en sus múltiples
y antagónicos aspectos, y en última instancia tan secreto
y replegado en sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso
de la poesía en otra dimensión del tiempo literario.
Pero
además de ese alto en el camino que todo escritor debe hacer
en algún momento de su labor, hablar del cuento tiene un interés
especial para nosotros, puesto que casi todos los países americanos
de lengua española le están dando al cuento una importancia
excepcional... Entre nosotros, como es natural en las literaturas jóvenes,
la creación espontánea precede casi siempre al examen
crítico, y está bien que así sea. Nadie puede pretender
que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes.
En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos
de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género
tan poco encasillable; en segundo lugar, los teóricos y los críticos
no tienen por qué ser los cuentistas mismos, y es natural que
aquéllos sólo entren en escena cuando exista ya un acervo,
un acopio de literatura que permita indagar y esclarecer su desarrollo
y sus cualidades...
Es
preciso llegar a tener una idea viva de lo que es el cuento, y eso es
siempre difícil en la medida en que las ideas tienden a lo abstracto,
a desvitalizar su contenido, mientras que a su vez la vida rechaza angustiada
ese lazo que quiere echarle la conceptuación para fijarla y categorizarla.
Pero si no tenemos una idea viva de lo que es el cuento habremos perdido
el tiempo, porque un cuento, en última instancia, se mueve en
ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de
esa vida libran una batalla fraternal, si se me permite el término;
y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis
viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un
temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia.
Sólo con imágenes se puede transmitir esa alquimia secreta
que explica la profunda resonancia que un gran cuento tiene en nosotros,
y que explica también por qué hay muy pocos cuentos verdaderamente
grandes.
Para
entender el carácter peculiar del cuento se le suele comparar
con la novela, género mucho más popular y sobre el cual
abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela
se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de lectura, sin
otros límites que el agotamiento de la materia novelada; por
su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en
primer término de límite físico, al punto que en
Francia, cuando un cuento excede de las veinte páginas, toma
ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y
la novela propiamente dicha. En ese sentido, la novela y el cuento se
dejan compara analógicamente con el cine y la fotografía,
en la medida en que una película es en principio un "orden
abierto", novelesco, mientras que una fotografía lograda
presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte
por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en
que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación...
Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad
más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos
parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis
que de el "clímax" de la obra, en una fotografía
o en un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que
el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar
una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente
valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el espectador
o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta
la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucho más
allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la
foto o en el cuento. Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me
decía que en ese combate que se entable entre un texto apasionante
y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento
debe ganar por knockout. Es cierto, en la medida en que la novela acumula
progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento
es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se
entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un
boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer
poco eficaces cuando, en realidad, están minando y alas resistencias
más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran
cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería
que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista
sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado
al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente,
sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así
expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial
del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen
que estar como condenados, sometidos a una lata presión espiritual
y formal para provocar esa "apertura" a que me refería
antes. Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo.
No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni
temas malos, hay solamente un bueno o un mal tratamiento del tema. Tampoco
es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta
una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o
un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión
que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas.
Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación,
de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá,
acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.
...
Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites
con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente
algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces
miserable anécdota que cuenta. Pienso, por ejemplo, en le tema
de la mayoría de los admirables relatos de Antón Chejov.
¿Qué hay allí que no sea tristemente cotidiano,
mediocre, muchas veces conformista o inútilmente rebelde? Lo
que se cuenta en esos relatos es casi lo que de niños, en las
aburridas tertulias que debíamos compartir con los mayores, escuchábamos
contar a los abuelos o a las tías; la pequeña, insignificante
crónica familiar de ambiciones frustradas, de modestos dramas
locales, de angustias a la medida de una sala, de un piano, de un té
con dulces. Y sin embargo, los cuentos de Chejov, son significativos,
algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie
de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la
anécdota reseñada. Ustedes se han dado ya cuenta de que
esa significación misteriosa no reside solamente en el tema del
cuento, porque en verdad la mayoría de los malos cuentos que
todos hemos leído contienen episodios similares a los que tratan
los autores nombrados. La idea de significación no puede tener
sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión,
que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario
de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema.
Y es aquí donde, bruscamente, se produce el deslinde entre el
buen y el mal cuentista. Por eso habremos de detenernos con todo el
cuidado posible en esta encrucijada, para tratar de entender un poco
más esa extraña forma de vida que es un cuento logrado,
y ver por qué está vivo mientras otros, que aparentemente
se le parecen, no son más que tinta sobre papel, alimento para
el olvido.
Miremos
la cosa desde el ángulo del cuentista y en este caso, obligadamente,
desde mi propia versión del asunto. Un cuentista es un hombre
que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido
en mayor o menor grado con la realidad histórica que lo contiene,
escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger
un tema no es tan sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces
siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara
a escribirlo. En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron
escritos -cómo decirlo- al margen de mi voluntad, por encima
o por debajo de mi conciencia razonante, como si yo no fuera más
que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza
ajena. Pero esto, que puede depender del temperamento de cada uno, no
altera el hecho esencial, y es que en un momento dado hay tema, ya sea
inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto
desde un plano donde nada es definible. Hay tema, repito, y ese tema
va a volverse cuento. Antes de que ello ocurra, ¿qué podemos
decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro?
¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al
cuentista a escoger un determinado tema?
A
mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento
es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba
ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito.
Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente
trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida
a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones
conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa
cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que
flotaban virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema
es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario
del que muchas veces no se tenía conciencia hasta que el cuentista,
astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para
ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema
tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual
giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya
como una proposición de vida, una dinámica que nos insta
a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más
complejo y más hermoso? Muchas veces me he preguntado cuál
es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos
junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos
autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido
y olvidado tanto. Pero esos pequeños, insignificantes cuentos,
esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí,
latiendo en nosotros. ¿No es verdad que cada uno tiene su colección
de cuentos? Yo tengo la mía, y podría dar algunos nombres.
Tengo "William Wilson", de Edgar A. Poe; tengo "Bola
de sebo", de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran
y giran: ahí está "Un recuerdo de navidad",
de Truman Capote; "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", de Jorge
Luis Borges; "Un sueño realizado", de Juan Carlos Onetti;
"La muerte de Iván Ilich", de Tolstoi; "Fifty
Grand", de Hemingway; "Los soñadores", de Isak
Dinesen (seudónimo de Karen Dixen), y así podría
seguir y seguir
y habrán advertido ustedes que no todos
esos cuentos son obligadamente de antología. ¿Por qué
perduran en la memoria? Piensen en los cuentos que no han podido olvidar
y verán que todos ellos tienen la misma característica:
son aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que
la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con
una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido
aparente, la brevedad de su texto. Y ese hombre que en un determinado
momento elige un tema y hace con él un cuento será un
gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él
lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño
hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma
de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla
donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol
crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.
Sin
embargo, hay que aclarar mejor esta noción de temas significativos.
Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor,
y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias
en un lector, y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse
que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes.
Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor
y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá
darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores. Por eso, cuando
decimos que un tema es significativo, como en el caso de los cuentos
de Chéjov, esa significación se ve determinada en cierta
medida por algo que está fuera del tema en sí, por algo
que está antes y después del tema. Lo que está
antes es el escritor, con su carga de valores humanos y literarios,
con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido; lo que está
después es el tratamiento literario del tema, la forma en que
el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa verbalmente
y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y lo proyecta
en último término hacia algo que excede el cuento mismo.
Aquí me parece oportuno mencionar un hecho que me ocurre con
frecuencia, y que otros cuentistas amigos conocen tan bien como yo.
Es habitual que en el curso de una conversación, alguien cuente
un episodio divertido o conmovedor o extraño, y que dirigiéndose
luego al cuentista presente le diga: "Ahí tienes un tema
formidable para un cuento; te lo regalo". A mí me han regalado
en esa forma montones de temas, y siempre he contestado amablemente:
"Muchas gracias", y jamás he escrito un cuento con
ninguno de ellos. Sin embargo, cierta vez una amiga me contó
distraídamente las aventuras de una criada suya en París.
Mientras escuchaba su relato, sentí que eso podía llegar
a ser un cuento. Para ella esos episodios no eran más que anécdotas
curiosas; para mí, bruscamente, se cargaban de un sentido que
iba mucho más allá de su simple y hasta vulgar contenido.
Por eso, toda vez que me he preguntado: ¿Cómo distinguir
entre un tema insignificante, por más divertido o emocionante
que pueda ser, y otro significativo?, he respondido que el escritor
es el primero en sufrir ese efecto indefinible pero avasallador de ciertos
temas, y que precisamente por eso es un escritor... Todo cuento está
así predeterminado por el aura, por la fascinación irresistible
que el tema crea en su creador.
Llegamos
así al fin de esta primera etapa del nacimiento de un cuento,
y tocamos el umbral de su creación propiamente dicha. He aquí
al cuentista, que ha escogido un tema valiéndose de esas sutiles
antenas que le permiten reconocer los elementos que luego habrán
de convertirse en obra de arte. El cuentista está frente a su
tema, frente a ese embrión que ya es vida, pero que no ha adquirido
todavía su forma definitiva. Para él ese tema tiene sentido,
tiene significación. Pero si todo se redujera a eso, de poco
serviría; ahora, como último término del proceso,
como juez implacable, está esperando el lector, el eslabón
final del proceso creador, el cumplimiento o el fracaso del ciclo. Y
es entonces que el cuento tiene que nacer puente, tiene que nacer pasaje,
tiene que dar el salto que proyecte la significación inicial,
descubierta por el autor, a ese extremo más pasivo y menos vigilante
y muchas veces hasta indiferente que llamamos lector. Los cuentistas
inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les bastará
escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover
a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel que encuentra
bellísimo a su hijo, y da por supuesto que los demás lo
ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista
capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en literatura
no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en
el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir
el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste,
entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento,
que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla
al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el
cuento, volver a conectarlo con su circunstancia de una manera nueva,
enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única
forma en que puede conseguirse ese secuestro momentáneo del lector
es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión,
un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten,
sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su
forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan
único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su
ambiente y en su sentido más primordial. Lo que llamo intensidad
en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o
situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición
que la novela permite e incluso exige...