Conversación con Federico Campell
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¿Quién puede narrar lo que es la espera, la impaciente
paciencia? La misma paciencia de Rilke, pero una paciencia, como la
escultura, llena de movimiento contenido. No era una paciencia de abandono
o de ociosidad, como ha sido la mía durante años enteros;
aunque aquí miento porque soy un activo espantoso, un activo
mental. Yo repaso todas las noches fracciones de repertorios infinitos,
de conocimientos y de melodías verbales. Soy un taller continuo,
un telar que repite esos diseños ajenos que vienen como los rollos
que el telar interpreta con la velocidad de las lanzaderas que van de
un lado a otro
a eso podría compara mi alma, incluso mi
propia función cerebral; a veces creo que ya me quemé,
de tanto que he gastado el cerebro en repasar, en idear, en rechazar.
En eso sí no creo que haya una persona más trabajadora
que yo mentalmente, aunque ese trabajo sea inútil, y a veces
usted me ha visto gastar la pólvora en infiernitos, gastar muy
buena pólvora y muy buenas sales minerales, en explosiones pirotécnicas.
Por eso mucha gente conmigo se equivoca y dice: "Arreola tal vez
no sea más que un juego de palabras". Usted sabe que no
soy un juego de palabras, sino que mis juegos de palabras atrapan ciertas
entidades, ciertas ecuaciones del espíritu, si no yo no pasaría
de ser un escritor muy mono, de taracea, afiligranado y afiligranante,
o un escritor gracioso, un humorista simpático, pero yo no me
lo puedo creer porque entonces nada estaría justificado.
Mi
obra sea pequeña, buena o mala (sería falso que lo dijera
porque sé que no es mala; es más o menos mediana, de mediana
para arriba, más que de mediana para abajo), pero digo, es muy
importante para un hombre como yo, para un tipógrafo original
(y aquí menciono el otro aspecto artesanal) el ser editado de
manera correcta. No quiero una edición de lujo y Joaquín
no la ha hecho de lujo, pero ha hecho una edición legible. Yo
debo reconocer que aunque estuve de acuerdo en alguna edición
demasiado popular, apretujada, eso de estar comprimido en un tabiquito,
en un ladrillito de tipografía pequeña sobre el papel
muy popular, no era justo. No era justo porque mi prosa, para facilitar
la adquisición por parte de sus lectores, necesita estar más
despejadita, necesita más blancos; no es que yo quiera inflar
los libros, no lo necesito, pero quiero que topográficamente
mi melodía se lea como una buena partitura. Por primera vez tengo
ese gusto; libros de 150 a 180 páginas que tengan una cierta
unidad y esa cosa agradable de ser objetos, de ser hermosos como un
pan bien horneado. Usted ha visto la edición. No tienen ninguna
petulancia. La tapa es un poco brillante, pero es que vivimos una etapa
tipográfica en el aspecto editorial de los libros en que se tiende
a una seriedad muy expresiva, basada generalmente en el color, en superficies
de colores densos, iluminadas por rasgueos de blancos y por notas de
negro. Tampoco me gusta ni voy a patrocinar lo colorinesco. A mí
me gusta la tipografía clásica. Y en este sentido se vuelve
un concepto muy moderno de lo lapidario. Me siento muy a gusto, se lo
digo francamente, y aunque yo no vea salir los últimos tomos,
y no me estoy sintiendo un Proust, yo sé que con todo lo objetable
que haya en lo escrito, me salvo. El balance me será favorable
porque apliqué mi espíritu a los quehaceres arduos; porque
me metí con los mejores.
En
lengua castellana creo que pocas personas pueden llegar al conocimiento,
al ejercicio mental de los procedimientos, de los recursos del castellano.
Cuando me llamaron "catálogo de estilos" no me ofendieron.
Todo lo que he escrito hasta ahora es búsqueda a partir de modelos,
naturalmente. Usted comprende. ¿Cuál es una de mis máximas
aventuras y qué es lo que más se presta para definir el
problema de la parodia, la imitación, la influencia? Un hombre
de Zapotlán, como decía Fausto Vega, pero él me
lo dijo en tono de choteo, que se mete de pronto con Franz Kafka; lo
mete a su propio terreno y logra lidiarle allí un vagón
de ferrocarril. "El guardagujas" está colgado literalmente
de Kafka, pero ¿por qué es independiente de este gran
maestro? Pues sencillamente agrega elementos al conocimiento de Kafka.
Es como si yo hubiera hecho una glosa medieval que aclarara un pasaje
difícil de Aristóteles o un término de Heráclito
que yo parafraseo; entonces gracias a su contemporáneo podemos
entender ciertas oscuridades de Heráclito; y a mí me fue
dado proyectar una luz y digamos disolver unas esencias de este hombre
en un espíritu profundamente de aquí. Porque eso sí
yo lo alego y defiendo totalmente. Usted sabe de las mayores críticas
que se me han hecho: "afrancesado", "una tendencia cosmopolita
de nuevo rico de la cultura", "otra vez el payo", como
se le pudo decir a Darío y a López Velarde, y guardando
las distancias, que ya del segundo nombre hacia mí son enormes,
yo soy una persona que nunca perdió ni ha perdido ni perderá
jamás su condición de ser un perceptor a la muy mexicana
de los fluidos universales que circulan por todas partes. Me siento
feliz de seguir siendo un hombre de pueblo, un pueblerino y hasta un
cursi. A mí me gustaría alguna vez explicar mis tratamiento
de lo cursi, mis superaciones de lo cursi o mi naufragio en lo susodicho.
¿De dónde me vino a mí ese soplo? Del sarcasmo,
del humos, preferentemente (iba a decir desgraciadamente) negro; me
viene de algo que es pasta de este pueblo: la burla, el de pronto romper
la fachada de la gravedad con un papirotazo, con un dafite, como diríamos
en Zapotlán, y ladear el sombrero de copa de la solemnidad, o
hacerlo resbalar por el occipucio mediante un quiebre, y esto es profundamente
de aquí. Me alegra el hecho de que en un momento dado también
sienta la tentación de meterme en el terreno de Borges, que no
es un terreno del todo suyo. Borges viene en línea recta del
Quevedo del Marco Bruto. Uno de los primeros textos, y de hecho el primero
que tuvo congratulación fuera de Buenos Aires, fue precisamente
la "Grandeza y menoscabo de Quevedo" que le publicaron a Borges
joven en la Revista de Occidente. En esas líneas sobre Quevedo
que datan de hace 40 años y avenía el que iba a ser Borges
después. Al hablar de Quevedo, Borges nos dice dónde aprendió
a escribir. Cuando él dice refiriéndose a Quevedo: "el
ostentoso laconismo", vemos que ésa es la definición
de Borges, un laconismo que señorea los momentos de su prosa.
Qué
bueno, decía yo, que caí en esa tentación. En un
cierto momento uno necesita demostrar que también sabe jugar
este juego, y que por eso camino se puede llegar casi a la perfección.
Pero a mí no me interesa ese género de perfección
ni saber hasta dónde se puede llegar por los caminos de la inteligencia,
pues son los más trillados. La inteligencia no lleva a ninguna
parte que le importe a nuestro afán de conocimiento. Lo que sí
lleva a alguna y a muchas partes son esas corrientes oscuras que vienen
de lo desconocido, de nuestra propia índole profunda.
