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Donodol, Naxodol, Dolotor, Profenid y Dolac, espaciadas cada cuatro u ocho horas, inyectadas o tomadas según las especificaciones. "Todas son para el dolor y para relajar los músculos, no se puede hacer nada más, las costillas sueldan solas", concluyó el doctor. Puso contra la luz de la ventana una radiografía que registraba las nueve costillas fracturadas. El paciente se estremeció un poco al ver la calidad del daño, que era, por decir lo menos, espectacular. Empezaba a partir de la segunda costilla, rota en dos partes, astillada como una rama. La intensidad de las fracturas iba disminuyendo gradualmente hasta llegar a la décima, donde apenas se alcanzaba a distinguir una fisura, que radiográficamente no era más que una raya a la mitad del hueso. "¿Me va a enyesar?", preguntó el paciente. "Ni a enyesar ni a vendar", dijo el médico, y a continuación explicó que no era recomendable porque entonces la caja torácica soldaba constreñida y luego había que rehabilitar al paciente para que recuperara su capacidad pulmonar. No quedaba más que el reposo durante seis semanas. "Y además -dijo antes de despedirse- no fume y procure no contagiarse de gripa porque la tos y los estornudos van a dolerle mucho".

 



 

El paciente arregló por teléfono los asuntos prácticos de su vida y se dispuso a purgar esa convalecencia impráctica. Las visitas de sus amigos iban distribuyéndose a lo largo del patrón medicinal: uno iba entre el Naxodol y el Profenid, cuando la otra, que se acababa de ir, se había bebido tres cafés entre el Dolotor y el Dolac. El mismo también programaba así sus actividades: lectura de Donodol a Naxodol, y entre Profenid y Dolac un poco de tele.

Desde la primera noche descubrió algunos inconvenientes, todos más o menos manejables con excepción de uno: tenía que dormir sentado.

El tercer día tosió dos veces y sintió que las costillas fracturadas se le desprendían y caían en algún hueco entre el estómago y la vejiga; y eso no fue nada en comparación del estornudo que le vino, sorpresivamente, la mañana del quinto día: sintió cómo las nueve, en caracterización de garra, se le encajaban en el pulmón. Doblado de dolor había caído al suelo, encima de uno de sus gatos, que empezó a maullar como si se hubiera roto las costillas.

A partir de entonces se complicó la dinámica, entre el Donodol y el Profenid, empezó a tomar pastillas de Redoxón para evitar la gripe y tragos de Broncolín para la resequedad en la garganta, y ya en las alturas del Dolac empezaba a campechanear, con la idea de evitarse una úlcera, Melox con Peptobismol.

Las visitas seguían entre una medicina y otra, con una regularidad matemática que le permitió rebautizar a sus amistades: un día Profenid le llevaba un pastel de queso, otro aparecía Dolotor con unos papeles urgentes de la oficina y en la noche irrumpía Redoxón con una botella de tequila que mezclaba y cruzaba los efectos de las pastillas, al grado de que al final de esas veladas resultaba que el Melox relajaba los músculos y el Profenid endurecía las evacuaciones. Las visitas de Dolac eran las que más apreciaba, su belleza contrastaba con las asperezas alcohólicas de Redoxón, y con los chistes sobrios, pero muy malos de Broncolín. El gato rencoroso no perdía oportunidad de demostrar su descontento con una meada en el sillón o un arañazo trapero en los tobillos.

 



 

Durante las horas de ocio que constituían la mayor parte de sus noches sentado, observaba los detalles de su radiografía y al día siguiente se los mostraba a Dolac, frente a la luz de la ventana, señalando partes con una pluma. Cuando alcanzó las tres semanas de recuperación, Dolac le hizo ver que las dos partes de la segunda costilla que aparecían en la radiografía estaban más juntas que antes, daban la impresión de haber soldado. Luego se rieron de aquella insensatez y mientras el gato furibundo lanzaba un chorro de orines contra la pata de una silla, concluyeron que la radiografía empezaba a desgastarse y a perder exactitud, quizá por tantas exposiciones al sol.

A las cuatro semanas, los efectos de dormir sentado ya eran motivo de bromas y carcajadas para Redoxón y Donodol; al paciente le había salido una barriga descomunal, que se terminaba de golpe en la protuberancia que formaba la fractura de las costillas. Peptobismol, en cambio, opinaba que esa deformidad era más trágica que cómica.

Cuando cumplió seis semanas, el paciente pudo dormir por primera vez en cama. Durmió 14 horas de un tirón y despertó al día siguiente renovado. Suspendió los medicamentos, se puso un traje y fue a la oficina; reinauguró su vida normal. A las seis semanas y media del accidente, en una tarde de holganza con Dolac, sacaron la radiografía y observaron, sorprendidos, que las nueve fracturas habían desaparecido. Mientras el gato, con un rencor que rayaba en lo patológico, soltaba una meada rabiosa encima de un montón de libros.

 



 

 

 

El piso del escenario tenía una astilla levantada, justo en medio de la zona que ocupaba para moverse. Le quedaban varios compases libres para trazar mentalmente los pasos, y eso era como jugar al pronóstico o al vaticinio; siempre podía fallarle el cálculo y llevarse la astilla con el pie. La banda llegó al último compás de la introducción y ella empezó a cantar, bañada por una luz azul que le hacía más viva la sombra de los ojos. Bailaba sin descuidar el sitio donde ponía los pies, cuando una rosa lanzada por alguien del público sepultó la astilla.

Berlín entró a la parte difícil de la canción, seguida de cerca por la guitarra; la luz, que ahora iba del rojo al verde, se concentró en una gota de sudor que le bajaba por la cara nada más para irse a estrellar contra la madera del escenario. La cantante vio, dentro de aquella multitud, cómo unos ojos que seguían la trayectoria de la gota, quedaban al final sobre sus pies descalzos. La canción terminó, de manera irrevocable, con un golpe de batería. Berlín hizo una caravana que la dejó cerca de la rosa, que ocultaba la astilla intacta.

Salir descalza era una preocupación añadida al esfuerzo de cantar, pero valía la pena; tenía la impresión de que la línea espiritual que sostiene al mundo corría mejor por su cuerpo si dejaba libres los extremos. Recogió la rosa que le había servido de orientación y salió rumbo al camerino. Un periodista le preguntó sobre sus pies descalzos. La respuesta de Berlín no dejó espacio para más preguntas: "Cantar con zapatos es tan ordinario como hacer el amor con calcetines".

 



 

Abrió los ojos. El sol de la tarde invadía la mitad de su habitación. Si no pongo cortinas, pensó Berlín, va a fastidiarme la duela. Rodó en la cama con una pereza que era todavía dominio del sueño. Estiró la mano sobre el buró y echó a andar la máquina contestadora donde parpadeaban algunos mensajes. La orilla de la sábana se le enredó en los pies, una de las vueltas le presionaba un poco los tobillos, casi nada, lo suficiente para recordarle que anoche, otra vez, había estado a punto de clavarse una astilla. La máquina empezó a reproducir una hilera de voces, familiares y desconocidas, que la hicieron sentir incómoda; luego se terminaron y ella volvió a quedarse sola, o al menos esa impresión le dio el silencio. Sacó los pies de la cama, tuvo que esforzarse un poco para librarlos de la presión de la sábana y luego los bajó a la duela que el sol de la tarde había puesto tibia. Entró al baño. Unos instantes frente al espejo le devolvieron la certeza de que efectivamente había regresado del sueño. Metió en orden el pelo con una liga. Sus anillos andaban desperdigados desde la noche anterior, del sillón a la cocina y de ahí al baño. Siguiendo ese rastro hubieran podido reconstruirse sus movimientos.

Salió envuelta en una bata rumbo a la cocina. Pasó frente a la ventana; la ciudad seguía siendo territorio hostil. Bajó el bote de café de la alacena, preparó una dosis que fuera suficiente para varias tazas distribuidas a lo largo de la tarde. Sacó un jitomate, una lechuga y un tallo de apio del refrigerador, y los pasó por el cuchillo tarareando una canción de otra cantante. El sol se metía por una pequeña abertura entre las cortinas y caía directamente encima de un atado de ajos que colgaba en la pared. Vació los ingredientes en un refractario, los revolvió con aceite y vinagre, y hasta entonces, ya que iba a ponerle el punto final a la ensalada, reparó en que no había albahaca, su especia favorita. Con una taza de café en la mano y la duela tibia animándole la planta de los pies, caminó hasta el sillón en donde había estado la noche anterior. El sol entraba por las ventanas; hacía brillar el cenicero, la base de la lámpara y los anillos que seguían desperdigados sobre la mesita. La rosa que había ocultado la astilla sobrevivía apenas adentro de un vaso. No importa, dijo, hoy me darán otra igual. Cogió el libro que había dejado sobre el sillón y regresó a la cocina. La ensalada esperaba el último condimento. Lo abrió en la página en la que aparecía un frasco de albahaca. Condimentó la ensalada a su gusto y después lo cerró. Comió revisando la cuenta del teléfono y hojeando el periódico de ayer, o el de ese mismo día, le daba lo mismo. Acompañada por otra taza de café servida al ras, cogió el libro y caminó descalza hasta el sillón. La agonía de la rosa adentro del vaso le recordó al tipo que había visto estrellarse la gota de sudor contra el escenario. Acomodó los pies sobre la mesita de los anillos desperdigados, el sol empezó a batallar para meterse entre sus dedos. Aflojó el cinturón de la bata y abrió el libro en la página que traía una capa azul de adivinador. Se cambió la bata por la capa, era más cómoda, lo sabía porque ayer había hecho exactamente lo mismo. Luego buscó en otra página un cigarro y más adelante dejó que saliera un vaso de ginebra. La tarde pasó de página en página. Berlín, igual que el día anterior, buscaba en el libro toda clase de prodigios: un revólver cubierto de joyas, una planta carnívora, una armadura de la edad media, un pájaro extraño.

Ya de noche cerró el libro, se puso los anillos que había dejado desperdigados en la mesita, en la cocina y en la repisa del baño. Ahora la duela estaba fría. Se revisó la cara frente al espejo. Quitó la liga que ponía el orden en el pelo. Se pintó sombra en los ojos, raya en la línea de los párpados, rojo en los labios. Regresó al sillón descalza y envuelta en la capa azul de adivinador. Encendió la lámpara. Igual que el día anterior a esas horas, abrió el libro en la página del concierto. El piso del escenario tenía una astilla levantada, justo en medio de la zona que ocupaba para moverse. Le quedaban varios compases libres para trazar mentalmente los pasos, y eso era como jugar al pronóstico o al vaticinio; siempre podía fallarle el cálculo y llevarse la astilla con el pie. La banda llegó al último compás de la introducción y ella empezó a cantar, bañada por una luz azul que le hacía más viva la sombra de los ojos....