-Ring
Ring
Ring
-Bueno,
¿quién habla? ¡Ah!, ¿eres tú?
-
?
-No sabes.
¡Un horror!
-
?
-Claro,
con la familia. Esa noche no hay quien se salve
¿Estás
solo?
¿Puedo platicarte, mi vida?
-
-¡Qué
Navidad! ¡Vaya nochecita! ¿Te imaginas?: todas mis hermanas
con maridos de diferente tipo y nacionalidad; pero, uniformemente, de
mal humor.
-
?
-¡No!
Es que nos hemos sugestionado contándonos la historia de que
somos muy unidas, y con esta fantasía nos hacemos pedazos, queremos
seguir una tradición imaginaria de tardes familiares pasadas
al amor de la lumbre, cuando, en verdad, descendemos de gitanos nómadas
a quienes enferma saber dónde y cómo van a pasar la noche;
pero ninguna se atreve a destruir el engaño, porque están
los maridos
Ellos fingen que lo creen y nos enredamos con el ideal
más imposible del mundo.
-
-Déjame
que te explique: Un mes antes de la fecha comenzamos a planear la noche
trágica. Nuestro natural belicoso nos dificulta bastante el arreglo
de la cena. Se grita, se maldice, se rechazan por sistema todas las
sugestiones. Un desastre. Resulta -por ejemplo- que a nadie en casa
le gusta el bacalao, pero tratándose de la Navidad, aunque nos
dé escorbuto, no puede eliminarse. En cuanto al pavo -da pena
decirlo-, no lo soportan ni en mole, pero es el platillo tradicional,
y ¡una cena sin pavo!, ¿dónde? El relleno se lleva
cien pesos. Castañas y oro molido. Por supuesto quedaría
perfecto con migajón y papel crepé -para tirarlo, que
es lo que sucede, resultaría lo mismo y se perdería menos.
Mi hermana "la rica" opina que de ninguna manera, y se rellena
con los más costosos ingredientes que juntos y mezclados saben
a grillo.
"Vinos
espléndidos. Sin presumir, hasta Viuda de Cliquot. Por último,
el pastel alemán que tomaba el Káiser -una receta formidable
que a nosotras siempre se nos quema. Maravilloso, ¿no? Pues en
casa un fracaso completo."
?
-¡Hombre!,
la reunión tiene lugar en el hall de "los ricos", alegre
y calentito (por lo menos en Navidad). El clásico árbol
luce lleno de regalos, tal como nos ordenaron los gringos que debía
ser. Pero cada pareja llega lo más tarde posible, en un verdadero
maratón de impuntualidad. Los últimos, para que nadie
se atreva a reclamarles, estrenan una cara de metro y medio. Cada uno,
por supuesto, trae sus regalos envueltos en inocentes listones multicolores
que descarga furioso junto al árbol sin culpa, como pedradas
sobre la adúltera. Nadie hace comentarios. Todos nos esforzamos
por no romper con alguna imprudencia que dé al traste con la
forzada paz que vibra sobre púas. Los que llegaron primero, como
ya se aprendieron el estucado del techo, y tienen un hambre furibunda,
se dedican a quebrarle la cola a los pajaritos de canutillo ensartados
en las ramas de pino. Mi hermana soporta las mutilaciones con tolerancia
ejemplar. Cuando mi gracioso hermano llega, pasamos al comedor. Se sientan
todos a la mesa con una incomprensible rabia de culebra. Mientras sirven
el consomé, unos piensan en lo bueno que hubiera sido acostarse
a las ocho; otros, quizá, preferirían haberse ido a otra
parte. El malestar nos contagia y ése sí es tradicional
en esta cena. Empieza la catástrofe: tres de mis hermanas, las
que siempre están "de encargo", desbordan su electricidad
sobre sus maridos que esa noche no soportan nada. Ellos se empeñan
en sentarse junto a mí, con la esperanza de que yo, al menos,
haga "tierra". El ambiente es imposible, pero como hemos jurado
que la Nochebuena no podemos estar separados
-
-Lo
peor es cuando el pescado hace su aparición. El gesto de desagrado
es general. Alguien hace un pésimo chiste. Pide "Mum"
para quitarle el mal olor. Luego, por quién sabe qué desdicha,
el pavo no se doblega bajo el filo de cuchillo alguno. Permanece intocable
guardando el misterioso relleno como una caja fuerte. Y cuando mi hermano
dice que es una reunión de momias y que prefiere irse a la cena
de las "señoritas X", los maridos montan en cólera
y se aprestan a decir cosas desagradables.
-¡
?
-¡Sí
beben!, pero no se alegran y como en realidad no cenan, un cuñado
pide caldo de frijoles; otro, arroz del mediodía. La chamaca
descubre un pollito cocido. Lo devoran entre todos y, cínicos,
confiesan que esa vianda sí les gusta. La moral mejora y nos
apresuramos a repartir los regalos. Con todo, apenas suena la una y
media. Yo inventé que estaba muy cansada y desaparecí.
Fui derecho al refrigerador a merendar decentemente una chilindrina
y mi vaso de leche. Tomé posesión de mi cama, feliz, esperando
que el próximo año no haya aquelarre familiar. Cualquier
otro día podemos reunirnos con éxito, pero esa noche no,
está visto. Mi preocupación es que ninguno va a proponerlo:
"somos tan unidas y nos queremos tanto
"
-
-¿Con
tu mujer y las novias de tus hijos
? ¡ja, ja, ja
!
-¡
?
-¿Cómo
dices?
Bueno, bueno
¡Ah! ¡Ya llegó la
arpía! Entendido; dime aprisa en dónde nos vemos. ¿Sí?
Entonces pasas por mí a las seis, ¿eh? ¡Adiós,
mi amor
