Al
detective le corresponde develar el misterio, y al hacerlo, restablecer
el orden infringido. Es un instrumento de autodefensa de este orden,
cualesquiera que sean sus características personales, a menudo
engañosas. El detective crítico, inconformista o rebelde
no puede sustraerse de su condición de detective y el determinismo
novelesco le impone una misión idéntica a la de sus colegas
integrados. El detective es, pues, un hombre con una misión determinada
y constante: descubrir la verdad.
Salvador
Vázquez de Parga
1. Agoté la Constitución y el Código Civil. Como
no encontré ninguna ley que lo prohibiera me autonombré
detective privado en una ceremonia íntima y sencilla.
2. Mandé
imprimir un ciento de tarjetas de presentación con un logotipo
moderno que yo mismo diseñé.
3. La sala
de la casa quedó transformada en una auténtica oficina
de detective. Ordené mis libros detrás del escritorio,
en una vitrina que resté al mobiliario del comedor, desempolvé
un viejo sillón de familia para los clientes y dispuse el carrito-cantina
junto al escritorio.
4. Pagué
un anuncio en el periódico en el que ofrecía absoluta
eficacia y discreción en toda índole de investigaciones.
5. Renuncié
por teléfono a mi trabajo en la fábrica de clips. Mi jefe
se lamentó: "Nos mete en un apuro, señor Sanabria,
nadie como usted conoce esta empresa. Es una lástima."
6. Me puse
corbata nueva y un saco sport, eché las piernas sobre el escritorio
y me entregué a la lectura del periódico en espera de
la llamada de mi primer cliente.
7. A las
dos y veinte de la tarde, después de haber leído varias
veces mi anuncio y de consumir todas las secciones, salí a comer.
Necesitaba un trago fuerte para reanimarme.
8. Al llegar
al bar colgué mi sombrero y mi gabardina en el perchero y pedí
un escocés con agua mineral y dos tortas. A la tercera mordida
tuve una buena idea que me permitiría auto-promoverme en el bar
al tiempo que practicar algunas técnicas de mi nuevo oficio.
9. Le mostré
al cantinero la única fotografía que llevaba en mi cartera.
Un retrato reciente de mamá.
10. "No,
señor", me dijo. "Personas como ella no son muy frecuentes
en este lugar. ¿Es usted de la judicial?"
11. "Detective
privado", le contesté. "Es probable que esta mujer
haya asesinado a un hombre. Si la ve por aquí, no deje de avisarme".
Le extendí mi tarjeta.
12. Al
regresar a la oficina le llamé a mamá. Mi hermana me dijo
que había salido a surtir algunos pedidos de las bufandas que
tejía y que llegaría hasta la noche.
13. Hablé
con mi hermana lo indispensable para colgar y dejar así libre
la línea del teléfono.
14. Contento
de mi buena actuación en el bar, me dormí con la esperanza
de que el cantinero pudiera turnar mi tarjeta a alguno de sus clientes
con problemas matrimoniales.
15. Me
despertó el sonido del aparato. Contesté con la voz un
tanto adormilada pero aún atractiva. Era Francisca, la hija de
María Elena, mi ex esposa. "Tom, necesito hablar contigo",
me dijo. "Es muy urgente". Le di cita al día siguiente
por la mañana. Así podría pensar bien en una excusa
para no enviarle dinero a María Elena.
16. A las
ocho menos doce, luego de contemplar pacientemente la quietud del teléfono,
decidí volver al bar. Un detective serio y analítico,
pensé, no debería desesperarse tan pronto.
17. Me
sentí un estúpido cuando le pregunté al cantinero
"¿Nada nuevo, amigo?" "No, señor. En absoluto".
Y me sirvió un martini seco en vez del escocés que le
había pedido.
18. Preferí
tomarme ese perfume y no reclamar. Mostré la fotografía
de mamá a un hombre que bebía junto a mí en la
barra.
19. Cuando
supo que yo era detective se interesó más por la fotografía.
Pero a pesar de los esfuerzos que hizo por repasar mentalmente todos
los rostros que alguna vez había visto, no reconoció a
mamá.
20. "¿Qué
ha hecho?", me preguntó. "Homicidio", respondí.
Intercambiamos tarjetas de presentación. Se llamaba Cornelio
Campos, representante de una compañía farmacéutica.
21. Por
la noche soñé que mamá entraba al bar, sacaba de
su bolsa una ametralladora y acribillaba al cantinero. En respuesta,
Cornelio le arrojaba una botella de whisky que se estrellaba en su blanca
cabellera.
22. En
el momento en que comprobaba que mi anuncio había vuelto a aparecer
en el periódico llamaron a la puerta. Era Francisca.
23. Me
había propuesto recibir a mi ex hijastra, a quien no veía
desde hacía cinco años, con la mayor indiferencia de la
que fuera capaz. Pero fue imposible: había dejado de ser una
chiquilla de quince años para transformarse en una mujer atractiva
y bien dotada.
24. Tuve
que disculparme e ir al baño para ruborizarme sin que ella se
diera cuenta.
25. "Tom,
no sabes la sorpresa que me dio encontrarme con tu nombre en el periódico".
"¿Te gusta leer los anuncios clasificados?", le pregunté
con horror. "Oh, no, Tom. Déjame contarte..."
26. Me
dijo que su novio había muerto la semana pasada. Según
la versión oficial se había suicidado y según la
suya lo habían asesinado. Le pregunté con tono escéptico
cuáles eran las razones que tenía para sospechar algo
tan delicado.
27. "En
primer lugar, Chucho no se hubiera suicidado: íbamos a casarnos
en agosto. En segundo, él tenía una pistola, no había
razón para matarse con un puñal. Y en tercero, Chucho
me había confiado unos días antes que alguien lo había
amenazado de muerte..."
28. Sus
sollozos me conmovieron. Cuando por fin pudo calmarse tras un largo
vaso de escocés, terminó de contarme algunos detalles
importantes para la investigación, me dio una fotografía
de su ex novio, con el rostro un tanto escondido por un saxofón,
y me hizo una lista de las personas con las que tenía relaciones
estrechas.
29. Se
despidió de mí con un beso que no llegó a hacer
contacto con mi mejilla y salió sin que habláramos antes
de mis honorarios por conceptos profesionales.
30. Como
de alguna manera tenía que empezar las investigaciones, y sin
dinero eso era imposible, tuve que llamarle a mamá para pedirle
un préstamo a corto plazo.
31. -Por
supuesto, hijo, puedes pasar por él cuando quieras-. Me reclamé
a mí mismo las ofensas que le había hecho a su imagen.
Guardé la fotografía bajo el cristal de mi escritorio.
32. Elegí
al azar un nombre de la lista que elaboró Francisca. Como la
casa del señor Ardiles, padre del finado, estaba muy lejos de
mi oficina, decidí hacer una escala en el bar para pensar en
las preguntas que le haría.
33. El
cantinero miró detenidamente la fotografía de Chucho.
"¿Es la víctima?" "Por supuesto",
le respondí con malicia. "No, no creo haberlo visto por
aquí. ¿Por qué cree usted que toda la gente de
la ciudad viene a este bar? Podría intentar en otros..."
Asentí con la cabeza y apuré los dos tragos que me restaban:
uno de escocés y el otro de caldo de camarón.
34. El
colectivo que me llevó hasta la casa del señor Ardiles
tardó casi una hora en llegar. Desde que lo vi lo borré
de la lista de sospechosos, pues podría tener cara de ladrón,
de violador o de dentista, pero nunca de filicida.
35. "No
sé por qué se le ha metido esa idea en la cabeza a Francisca",
me dijo. "Chucho era un chico solitario, nervioso y con tendencia
a la depresión. Su suicidio, en verdad, no me sorprendió
tanto como a su madre o a sus amigos".
36. Joaquín
Junco, dueño de la miscelánea La Zorrita: "Yo también
creo que lo mataron, porque ese muchacho no es de esos que andan suicidándose
así porque sí. Prométame que si agarra al hijo
de puta que lo mató me va a avisar para que yo le ponga una buena
madriza".
37. Georgina
Mondragón, ex novia de Chucho: "Pobre Gordito, era tan bueno...
Yo no creo que se haya suicidado ni que lo hayan matado".
38. Lucho
Romo, amigo de la infancia del occiso y batería del grupo de
jazz: "Pinche Chucho, yo creo que se aceleró. Le voy a decir
la neta, míster Sanabria: se agarró la puñalada
porque ya no lo estaban surtiendo, ¿me entiende?" Por supuesto
que no le entendí una sola palabra. Todo lo que me dijo eran
puras incoherencias. Pobre chico.
39. Casi
era medianoche cuando llegué a recoger el dinero a casa de mamá.
Ella no estaba, como ya era su costumbre; me había dejado un
fajo de billetes con mi hermana. Nunca pensé que las bufandas
le pudieran dejar tanto. Decidí tomar sólo uno de a cinco
mil.
40. Eché
las piernas sobre el escritorio y me puse a revisar mi libreta de apuntes.
Aún no tenía ninguna pista concreta. El único comentario
que me preocupaba era el de Georgina Mondragón: quizá
fuera cierto que no se trataba de un suicidio o de un asesinato. Un
accidente, por qué no.
41. De
pronto me sentí incapaz de resolver el caso. Tuve que empujarme
lo que sobró de la botella de whisky para quedarme dormido.
42. Al
despertar, Francisca estaba frente a mí, con una taza de café
en una mano y con mi correspondencia en la otra. Su atuendo era una
provocación clara, definida, victoriosa. "Perdona que haya
entrado así a tu casa, Tom. La puerta estaba abierta..."
43. Después
de afeitarme y vestirme volví con Francisca. Me esperaba sentada
en mi escritorio, con otra taza de café en las manos y con un
cigarrillo en la boca.
44. "Ayer
por la noche", empezó, "recibí un telegrama.
Es la prueba de que no estoy loca, de que Chucho fue asesinado. Tengo
miedo, Tom, mucho miedo".
45. LAMENTABLE
SUICIDIO (PUNTO) NO QUEREMOS OTRO SENSIBLE ACAECIMIENTO (PUNTO) MANOLA.
46. "No
tengo idea de quién pueda ser esa Manola, Tom. Debes creerme.
También a mí me quieren matar y no sé por qué,
de verdad..."
47. Apagué
su llanto con un poco de brandy que sobraba en la licorera. Guardé
el telegrama y le pedí a Francisca que se quedara en la oficina
porque podía ser peligroso que estuviera sola en la calle. La
ofrecí mi biblioteca.
48. Antes
de pasar a Telégrafos decidí darme una vuelta por la casa
de la mamá de Chucho. Durante el trayecto del taxi no pude quitarme
de la cabeza la figura de Francisca. Era adorable.
49. Tuve
una repentina corazonada que me llevó a aventurar un comentario:
"Señora Pereira", le dije, "un amigo de su hijo,
un tal Lucho, me insinuó que a su hijo no lo surtían.
¿Tiene idea de a qué se refería?"
50. "Chucho
era bueno, señor Sanabria, créamelo. Reconozco que tenía
ese pequeño defecto. Pero lo que lo estaba hundiendo no eran
las pastillas. El verdadero problema era que él servía
de intermediario entre sus amigos y los vendedores de la mercancía,
¿me explico?"
51. Por
supuesto que se explicaba. Ya había tenido la sospecha de que
existía algo turbio en el caso: drogadicción, narcotráfico,
farmacodependencia. Sabía que algo tenía aquel rostro
oculto tras el saxofón.
52. La
señora Pereira no pudo darme ninguna pista más. Al despedirme
la vi tan afligida que preferí dejarle mi tarjeta en la mesa
del recibidor.
53. El
empleado de Telégrafos se rió de mí cuando le dije
que era detective privado y que estaba buscando a la persona que había
escrito el telegrama. "Usted cree que yo me dedico a leer las pendejadas
que escribe la gente. Pues se equivoca, amigo, yo sólo cuento
palabras y cobro el importe".
54. Lo
amenacé de complicidad en el homicidio si no cooperaba, pero
solamente logré que me despidiera con un par de altisonantes
insultos, a los que no respondí por ética profesional.
55. Paré
en el supermercado para comprar una botella de whisky y dos órdenes
de paella preparada.
56. Al
entrar en mi oficina, Francisca no hizo siquiera el intento de bajar
las piernas de mi escritorio. La sorprendí leyendo mi correspondencia.
57. Nos
miramos a los ojos un largo minuto sin decir palabra. Por fin me acerqué
a ella, le arrebaté la carta que había violado, tomé
su bolso y lo vacié sobre el escritorio.
58. Un
bilé, un bolígrafo, un monedero, un cepillo atiborrado
de cabel1os rubios, un estuche de kleenex, un par de medias nylon, dos
limones y un frasquito con pastillas rojas y amarillas.
59. "No
contaba con que tú me mintieras", le reclamé. "Será
mejor que empieces por decirme a quién compraba Chucho esas porquerías".
60. Por
fin se dignó bajar las piernas de mi escritorio y corrió
a abrazarme con todas sus fuerzas. Mi debilidad de ex padrastro ayudó
a que el enojo se transformara en compasión. "Tengo miedo,
Tom. Si fueron capaces de matar a Chucho, también lo harán
conmigo. No dejes que me maten, por favor, Tom, no dejes que..."
61. Luego
de estrenar la botella de whisky la recosté en el sillón
de los clientes y le prometí no menos de una docena de veces
que no la iban a matar mientras yo viviera. "No te preocupes, pequeña,
Tom te va a proteger. Sólo necesitas ser buena y decirme a quién
le compraba Chucho esas pastillas".
62. "Lo
acompañé varias veces con el vendedor. Le dicen Richard
y, si las cosas no han cambiado, se le puede encontrar entre las cuatro
y las cinco de la tarde en un bar llamado La Providencia. Es un hombre
gordo, canoso, arrugado. Siempre usa botas vaqueras y tirantes. Es peligroso.
No dejes que te mate".
63. Cuando
por fin la pude dejar dormida sobre el sillón de los clientes
llamaron por teléfono. Era el cantinero. Dijo que la persona
a la que yo buscaba se encontraba en esos momentos en su bar.
64. "¿Mamá
en un bar?", me pregunté.
65. El
parecido físico era sorprendente, lo reconozco, pero quienquiera
que conozca a mamá no podría confundirla con semejante
vulgaridad de señora. El cantinero resultó ser un poco
miope en lo que se refiere a las almas humanas.
66. Sin
embargo, me vi obligado a seguir el juego detectivesco para atraer a
futuros clientes. La conversación con ella fue difícil,
ya que Cornelio y el cantinero me observaban atentamente, como si de
un momento a otro yo fuera a ponerle esposas a la señora y a
leerle sus derechos.
67. Quizás
fue el aburrimiento que me causaba la situación lo que me llevó
a practicar la misma técnica que utilicé con mi ex hijastra
y que tan buenos resultados me dio.
68. Con
un movimiento brusco, intenté vaciar su bolso sobre la mesa.
Pero, por una reacción contraria a la que tuvo Francisca, la
sospechosa me estrelló en la cabeza su asqueroso vaso de vodka
antes de que sus efectos personales terminaran de hacer contacto con
la mesa. En cuanto me di cuenta de mi error y traté de defenderme,
la señora me remató con un cenicero en la nariz que me
nubló la vista.
69. Al
volver en mi, Cornelio intentaba darme un trago de cerveza. "No
pudimos detenerla, señor Sanabria", se disculpó el
cantinero. "Estaba tan furiosa que bien hubiera podido enfrentarse
con un ejército. Ya lo creo que debe tratarse de una asesina
peligrosa".
70. "No
se preocupen", calmé a mis afligidos interlocutores. "El
verdadero asesino se encuentra en eso momentos en un bar llamado La
Providencia".
71. Cornelio
se ofreció a acompañarme. Tenía un Ford cincuenta
y tantos que amenazaba con dejarnos en cada esquina. Por el camino le
platiqué lo poco que sabía acerca del tal Richard.
72. "No
tenga miedo, mi detective -me animó-, llevo conmigo una navaja
y sé muy bien cómo usarla". Tuve que mentirle: le
aseguré que yo llevaba un revólver en la bolsa del saco.
73. A las
cuatro y media llegamos a La Providencia. Ningún tipo, de los
pocos que había en el bar, se parecía a la descripción
que Francisca me dio de Richard. Ordenamos dos cervezas.
74. Mientras
esperábamos el arribo del homicida, Cornelio se dedicó
a platicarme la historia de su vida. Después de convencerme de
que era todo un experto en el manejo de diversas armas, desde una escopeta
hasta la soga, me confesó que había pasado varios años
en la cárcel por haber intentado ahorcar a su esposa.
75. Empezaba
a exponer las razones que lo llevaron a su frustrado intento conyugicida
cuando descubrimos a Richard, con sus botas vaqueras y sus tirantes.
Bebía tequila y cerveza en una mesa contigua a la nuestra.
76. Para
impedir que tuviera tiempo de escaparse o de que él nos atacara
primero, se me ocurrió un brillante plan, que le confié
a Cornelio en secreto.
77. Con
el pretexto de una supuesta ebriedad, mi compañero y yo nos subimos
a la mesa con la intención de bailar el chachachá que
retumbaba en el bar, pero en vez de marcar el paso saltamos felinamente
sobre nuestro hombre.
78. Cornelio
lo apresó del cuello y yo de la cintura. Richard no tuvo tiempo
siquiera de tragar el sorbo que le había dado a su tequila.
79. "Te
estamos apuntando con pistolas", le dije al verlo cegado por la
sorpresa. "Un solo movimiento en falso y no dudaremos en atravesarte
las tripas, cerdo".
80. Con
voz serena, grave, inteligente, dije a todos los que se encontraban
en el bar que éramos de la policía y que les pedíamos,
a excepción de los empleados, que salieran de allí cuanto
antes.
81. Luego
obligué a Richard a que mantuviera las manos sobre el piso mientras
lo registraba. Encontré una 38 especial en la bolsa del saco
y una 45 en la parte trasera del pantalón. Le pasé a Cornelio
la de menor calibre.
82. "Ahora
vas a ser un buen chico -hostigué al viejo- y vas a salir con
nosotros. Si intentas escapar, despídete para siempre de tus
tequilas". Al salir del bar tiré sobre la barra uno de a
mil.
83. Me
incomodaba un poco la docilidad del tipo, pues todo lo que le pedía
lo acataba sin reparos. Lo subimos al Ford y, antes de interrogarlo,
le dimos un paseo por calles solitarias.
84. "No
somos amigos -acometí-, de eso puedes estar muy seguro. Estás
acusado de homicidio, con los tres agravantes, y de narcotráfico
y corrupción de menores. Y no te vamos siquiera a leer tus derechos".
"No tienen ninguna prueba contra mí -se defendió-,
yo no he matado a nadie, de verdad..., yo no fui".
85. "Fue
Teté", se burló con mal estilo Cornelio. "En
estos momentos, Richard, te vamos a llevar a un pequeño cuartito
donde se encuentran reunidos todos los amigos de Chucho, ¿lo
recuerdas, cariño?", volvió a arremeter Cornelio
con evidente vulgaridad, aunque no sin una cierta sutileza en su amenaza
que me dejó satisfecho.
86. "Les
repito que yo no maté al muchacho y que no existe ninguna prueba
contra mí. Pueden hacerme lo que quieran: no escupiré
nada". Después de darle a Richard un fuerte codazo en las
costillas, Cornelio arrancó su destartalado e inofensivo Ford.
87. A fuerza
de bofetadas Richard se ablandó y nos propuso un trato: nos llevaba
con Manola, la verdadera asesina y jefa de la organización de
narcotráfico, a cambio de su libertad. Le contesté que
lo máximo que podía ofrecerle era dejarlo suelto después
de atrapar a la tal Manola. En adelante, él tendría que
defender esa libertad.
88. "Excelente,
mi detective, excelente", dijo con evidente admiración Cornelio,
ansioso de entrar en acción y demostrarme su habilidad en el
uso del cuchillo. Pronto lo desilusioné.
89. "Quizás
necesitemos refuerzos para entrar en casa de Manola. No sabemos cuántos
hombres puedan estar allí esperándonos. Pero no te preocupes,
eso yo lo soluciono. Tengo un amigo en la policía. Tú
cuida a Richard mientras yo le llamo por teléfono".
90. El
comandante Cipriano Herrera había sido durante algún tiempo
el detective de la fábrica de clips. Un día lo salvé
de que lo despidieran por quedarse dormido. Desde entonces prometió
pagarme el favor. Cuando le dieron su nombramiento en la Policía
me llamó para ponerse a mis órdenes. Marqué su
número.
91. "¿Dónde
puedo encontrarte, Tomás?" "Estoy en la esquina de
La Paz y Revolución. Conmigo está el soplón y un
amigo que ahora le apunta con la pistola". "Tardaré
unos quince minutos -me dijo-, espérame allí".
92. Le
llamé también a Francisca para pedirle que se reuniera
con nosotros y pudiera así ver el desenlace del caso que me había
comentado.
93. En
el Ford, Richard se encontraba con las manos fuertemente amarradas con
una corbata. Cornelio le picaba las costillas con su navaja: "Trató
de escaparse, Tomás, pero a mí ningún cerdo me
engaña. ¿O no es cierto, Ri-car-do?", le dijo al
acusado despectivamente.
94. Primero
llegó Francisca, que me besó cálidamente la mejilla,
y un poco después Cipriano en un Mercedes viejo sin placas. Me
abrazó con tal fuerza que cualquiera hubiera pensado que éramos
dos hermanos que acababan de reencontrarse después de una guerra.
95. Jaló
de los cabellos a Richard y lo metió en su Mercedes, donde lo
esperaban otros tres hombres con sus respectivos rifles. "Hace
varios años que estamos buscando a Manola. Así es que
el favor, en realidad, me lo has hecho tú a mí. Ya sabré
cómo pagártelo".
96. Nos
dirigimos hacia el sur hasta el pueblo de Tlalpan, justo en la zona
en la que pasé una buena parte de mi infancia y mi adolescencia.
97. Me
vinieron a la mente las cascaritas que jugábamos de niños
contra un equipo de la avenida. ¡Qué épocas!
98. Al
detenerse el Mercedes, el primero en bajar fue Richard, seguido por
las cuatro espaldas de la Policía. Y tras ellos, nosotros: Cornelio,
desafiante, y Francisca, temerosa, bajo mi hombro.
99. Yo
creo que nunca había sentido latir mi corazón tan aceleradamente.
Y no era por la emoción que significaba acercarme con éxito
al término de mi primer trabajo como detective, sino por la sorpresa
que el destino me tenía reservada.
100. Al
abrirse la puerta de la casa señalada por Richard, mis ojos se
llenaron de lágrimas al mismo tiempo que Cornelio gritaba jubiloso:
"Es ella, Tomás, la de la fotografía. ¡La encontramos!"
