¿Se
atrevería, hoy? Las muchachas estaban en el balcón, sonriendo,
con sonrisas que eran misterio y alfileres. Sonrisas que le separaban
de ellas, de la Tichi. ¿Se atrevería? El corazón
lo golpeó y le vino el impulso de correr, de regresar, de ir
por otra calle.
¡Era
tan distinto de noche, durante sus sueños! No como allí,
a pleno día, con los ojos abiertos, en este pueblo que tenía
un nombre concreto, Mocorito, y cada persona era quien era y uno no
podía ser de otro modo. En el sueño no. Él entonces
era como hubiera querido ser de día: con valor para llegar hasta
la Tichi, sin ninguna vergüenza, sin ruborizarse. Simplemente,
sin ninguna complicación. Era. Exactamente como no podía
ser, en este otro mundo, sintiendo el sol categórico del mediodía,
ahora, cerca de su sueño despierto.
"Sí,
se lo daré al pasar. Nada más se lo doy".
Ahí
estaban las muchachas, riendo, hablando en voz alta palabras secretas.
Muy difícil, muy doloroso darse valor. Había perdido el
paso, estaba encendido, turbado. Extendió el brazo.
-Tichi,
toma, es para ti...
Ella
lo recibió, tras los barrotes que la guardaban en ese territorio
fascinantemente ignorado donde vivía. Se rió ella. Se
rieron ellas. Adrián caminó aprisa. En un sueño,
con los ojos abiertos.
"¿Lo
habrá ya leído?"
Tichi: Te quiero mucho. ¿Quieres ser mi novia?
¡Te
quiero mucho! Como si se acariciara así mismo, a su corazón,
a ella, con infinita y profunda ternura, con lágrimas y sonrisas.
Alberto
le preguntó una vez:
-¿Para
qué quieres novia? Mejor vamos a la "otra banda" -al
otro lado del río-, todas las tardes. Comeremos sandías
y luego don Pedro nos prestará la canoa.
Por
allí vivían los lazarinos y a él le habían
prohibido que anduviera por esos rumbos. Pero se había escapado
muchas veces con Alberto y habían comido sandías y habían
paseado en canoa. Era bonito. Tardes en que allí, en el silencio
aislado y proscrito, entre los sembradíos, presentían
cosas maravillosas y les bullía la curiosidad de aprender a ser
hombres. Como si ese silencio del agua, del cielo y de la tierra revelara
lo que aún no sabían: lo que estaba más allá
de sus 12 años. Y con Alberto podía platicar de todo.
Pero nada igual a pensar, sentir y decir: "Tichi: te quiero mucho".
¿Lo
habría ya leído? "Tichi, te quiero mucho, ¿quieres
ser mi novia?"
¡Qué
emocionante! Ese mismo papel que escribió él, con una
frase que pensó él, ¡en las manos de ella! Como
si fuera otra frase y no la misma y dijera más de lo que él
había querido expresar: que seas mi novia; que me saludes cuando
pase frente a tu balcón; que te vuelvas varias veces a verme
cuando estemos en misa; que me escribas cartas de amor; que me quieras
como yo te quiero a ti...
-¡A
mí usted me hace los mandados, hijo de la tiznada!
Era
un pleito, allí en la tienda del chino Lee. Un hombre salió
tambaleándose, enardecido, con una rencorosa alegría en
la voz. No podía adivinarse si era estúpidamente feliz
o estaba amargamente dispuesto a morir y a matar, confundido por el
alcohol.
Tremolando
un cuchillo en alto, reculó en tanto otro hombre, puesta la mano
en la pistola que llevaba al cinto, midiendo cada paso, sombrío,
se le iba acercando. El primer hombre blandía el cuchillo como
si quisiera rasgar algo muy íntimo de su adversario, con un rencor
hacia él y hacia todo el mundo, empujado por ciegos y extremosos
resentimientos.
Se
habían juntado algunos curiosos, sin que nadie interviniera,
ya porque no fuera a suceder nada o porque fuera a suceder todo y nada
podría hacerse por evitarlo.
La
voz del hombre volvió a sonar, agresiva, hiriéndose a
sí mismo y a todo el universo, con agudos que recorrían
toda la escala de impiadosas ofensas.
-Hijo
de la tiznada... Cabrón desgraciado... ¡Chingue a su madre!
Estallaron
dos relámpagos, mientras él, Adrián, se había
quedado ahí, absorto, con una expectación asustada, anhelante.
Fueron dos ráfagas, la explosión de dos fuegos detonantes
que desplomaron al hombre del cuchillo y lo dejaron tendido, boca arriba,
desangrándose, ya sin rencor y sin voz.
El
hombre de la pistola, todavía con ella en la mano, dio una vuelta
alrededor del hombre inmóvil, cual si temiera que el ruido exasperante
de los insultos pudiera seguir vibrando. En espera de una sola palabra
más para disparar de nuevo, dudando si los dos balazos habían
sido suficientes para acallar por toda la eternidad el rencor desesperado
del hombre del cuchillo.
Entonces
Adrián sintió miedo. Miedo intenso del hombre, de su pistola,
de que quisiera dispararle. Miedo de que le fuera a ocurrir lo mismo
y pudiera quedar ahí, muerto, sin saber nunca la respuesta de
la Tichi ni de lo que habría más allá de los límites
de Mocorito y de sus 12 años.
Corrió
arrastrado por un pánico que le doblaba las piernas y le vaciaba
el estómago y le tironeaba el corazón hasta querer sacárselo
por la boca. Hasta la casa de doña Pita, que estaba cerca, como
la salvación. Hasta entrar, huyendo con todas sus fuerzas.
-Doña
Pita, doña Pita... Concha... Acaban de matar a un hombre.
Estaba
lívido y hubiera querido llorar. Y cómo estaría
su cara de susto, que Concha, su prima, que platicaba con Rebeca y con
Julia, se rió burlonamente:
-Ni
pareces hombre, te has asustado como un gallina.
-Es
que mataron a un hombre... Yo vi cuando le dieron dos balazos... Está
ahí, frente a la tienda del chino Lee, tirado, lleno de sangre.
-Miedoso,
ni pareces hombre, que te asustas de eso.
Las
muchachas salieron, sin que pudiera explicarles que era valiente, que
se había atrevido a darle el papel a la Tichi.
Por
eso, brincando la cerca del corral, salió por atrás, a
la plaza, hacia la escuela. Avergonzado, confuso, sin poder comprender
por qué las gentes, Mocorito, la vida, todo, era distinto a sus
sueños y él mismo era otro, capaz de sentir miedo y no,
como al soñar, en que podía hablarle a la Tichi, sin vergüenza,
con coraje hasta para darle un beso o para presenciar la muerte de un
hombre sin lanzarse a correr.
