Era
un enorme caballo con un héroe encima. Los visitantes y los numerosos
turistas solían detenerse a contemplarlos. La majestuosidad del
caballo, su tamaño descomunal, la perfección de sus músculos,
el gesto, la cerviz, todo era motivo de admiración en aquella
bestia magnífica. Había sido construido por un escultor
profesional subvencionado varias veces por el gobierno y que se había
especializado en efemérides. El caballo era enorme y casi parecía
respirar. Sus magníficas ancas suscitaban siempre el elogio.
Los guías hacía reparar al público en la tensión
de sus músculos, sus corvas, el cuello, las mandíbulas
formidables. El héroe, entre tanto, empequeñecía.
-Estoy harto de estar aquí -le gritó por fin, una mañana.
Miró hacia abajo, hacia el lomo del caballo que lo sostenía
y se dio cuenta cuán mínimo, diminuto, insignificante
había quedado él. Sobre el magnifico animal verde, él
parecía una uva. El caballo no dio señales de oírlo:
continuó en su gesto aparatoso, avanzando el codo y el remo,
en posición de marcha. El escultor lo había tomado de
un libro ilustrado que relataba las hazañas de Julio César;
y desde que el caballo se enteró de cuál había
sido su modelo trataba de estar en posición de marca el mayor
tiempo posible.
-Schtttttttttt -llamó el prócer.
El caballo miró hacia arriba. Arqueó las cejas y elevó
los ojos, un puntito negro, muy alto, muy por
encima de él parecía moverse. Se lo podía sacudir
de encima a penas con uno de esos estremecimientos de piel con los cuales
suelen espantarse las moscas y los demás insectos. Estaba ocupado
en mantener el remo hacia delante, sin embargo, porque a las nueve de
la mañana vendría una delegación nipona a depositar
una ofrenda floral y tomar fotografías. Esto lo enorgullecía
mucho. Ya había visto varias ampliaciones, con él en primer
plano, ancho, hermoso, la plataforma del monumento sobre el césped
muy verde, la base rodeada de flores, flores naturales y flores artificiales
regaladas por los oficiales, los marineros, los ministros, las actrices
francesas, los boxeadores norteamericanos, los bailarines checoslovacos,
el embajador pakistano, los pianistas rusos, la misión Por La
Paz y La Amistad de los Pueblos, la Cruz Roja, Las Juventudes Neofascistas,
el Mariscal del Aire y del Mar y el Núcleo de los Pieles Rojas
Sobrevivientes.
Esta interrupción en el momento justo de adelantar el remo le
cayó muy mal.
-Schtttt -insistió el héroe.
El caballo al fin se dio por aludido.
-¿Qué desea usted? -interrogó al caudillo con tono
imperioso y algo insolente.
-Me gustaría bajar un rato y pasearme por ahí, si fuera
posible -contestó con humildad el prócer.
-Haga lo que quiera. Pero le advierto -le reconvino el caballo- que
a las nueve de la mañana vendrá la delegación nipona.
-Ya lo sé. Lo he visto en los diarios -dijo el caudillo-. Pero
tantas ceremonias me tienen un poco harto.
El caballo se negó a considerar una respuesta tan poco protocolar.
-Es por los huesos, ¿sabe? -se excusó el héroe-.
Me siento un poco duro. Y las fotografías, ya no sé qué
gesto poner -continuó.
-La gloria es la gloria -filosofó baratamente el caballo. Estas
frases tan sabias las había aprendido de los discursos oficiales.
Año a años los diferentes gobernantes, presidentes, ministros,
secretarios, se colocaban delante del monumento y pronunciaban sus discursos.
Con el tiempo, el caballo se los aprendió de memoria, y además,
casi todos eran iguales, de manera que eran fáciles de aprender
hasta para un caballo.
-¿Cree que si me bajo un rato se notará? -preguntó
el héroe.
La pregunta satisfacía la vanidad del caballo.
-De ninguna manera. Yo puedo ocupar el lugar de los dos. Además,
en este país, nadie mira hacia arriba. Todo el mundo anda cabizbajo.
Nadie notará la ausencia de un prócer; en todo caso, debe
estar lleno de aspirantes a subirse en su lugar.
Alentado, el héroe descendió con disimulo y dejó
al caballo solo. Ya en el suelo, lo primero que hizo fue mirar hacia
arriba -cosa que nadie hacia en el país-, y observar el lugar
al que durante tantos años lo habían relegado. Vio que
el caballo era enorme, como el de Troya, pero no estaba seguro si tenía
guerreros adentro o no. En todo caso, de una cosa estaba seguro: el
caballo estaba rodeado de soldados. Estos, armados hasta los dientes,
formaban dos o tres hileras alrededor del monumento, y él se
preguntó qué cosa protegían. ¿Los pobres?
¿El derecho? ¿La sabiduría? Tantos años
en el aire lo tenían un poco mareado: hasta llegó a pensar
que lo habían colocado tan lejos del suelo para que no se diera
cuenta de nada de lo que sucedía allí abajo. Quiso acercarse
para interrogar a uno de los soldados (¿Cuál es su función?
¿A quién sirve? -le preguntaría) pero no bien avanzó
unos metros en esa dirección, los hombres de la primera fila
apuntaron todos hacia él y comprendió que lo acribillarían
si daba un paso más. Desistió de su idea. Seguramente,
con el tiempo, y antes de la noche, averiguaría por qué
estaban allí los soldados, en la plaza pública, qué
intereses defendían, al servicio de quién estaban. Por
un instante tuvo nostalgia de su regimientos, integrado voluntariamente
por civiles que se plegaron a su ideas y avanzaban con él, peleando
hasta con las uñas. En una esquina compró un diario pero
su lectura le dio asco. El pensaba que la policía estaba para
ayudar a cruzar la calle a los ancianos, pero bien se veía en
la foto que traía el diario a un policía apaleando a un
estudiante. El estudiante esgrimía un cartel con una de las frases
que él había pronunciado una vez, pero algo había
pasado con su frase, que ahora no gustaba: durante años la había
oído repetir como un sonsonete en todas las ceremonias oficiales
que tenían lugar frente a su monumento, pero ahora ser veía
que había caído en desuso, en sospecha o algo así.
A lo mejor era que pensaban que en realidad él no la había
pronunciado, que era falsa, que la había inventado otro y no
él. "Fui yo, fui yo, la dije, la repito" tuvo ganas
de gritar, pero quién lo iba a oír, mejor no la decía,
era seguro que si se ponía a gritar eso en medio de la calle
terminaba en la cárcel, como el pobre muchacho de la fotografía.
¿Y qué hacía su retrato, su propio retrato estampado
en la puerta de ese ministerio? Eso no estaba dispuesto a permitirlo.
Un ministerio acusado de tantas cosas y su retrato, el único
legítimo, el único que le hacía justicia colocado
en la puerta... Esta vez los políticos habían colmado
la medida. Estaba dispuesto a que su retrato encabezara las hojas de
cuaderno, las tapas de los libros, mejor aún le parecía
que apareciera en las casas de los pobres, de los humildes, pero en
ese ministerio, no. ¿Ante quién podrían protestar?
Ahí estaba la dificultad. Era seguro que tendría que presentar
la reclamación en papel sellado, con timbres de biblioteca en
una de esas enormes y atiborradas oficinas. Luego de algunos años
es posible que algún jerarca se ocupara del caso, si él
le prometía algún ascenso, pero bien se sabía que
él no estaba en condiciones de ofrecer nada a nadie, ni nunca
lo había estado en su vida. Dio unos pasos por la calle y se
sentó en el cordón de la vereda, desconsolado. Desde arriba,
nunca había vista la cantidad de pobres y mendigos que ahora
podía encontrar en la calle. ¿Qué había
sucedido en todos estos años? ¿Cómo se había
llegado a esto? Algo andaba muy mal, pero desde arriba no se veía
bien. Por eso es que lo habían subido allí. Para que no
se diera cuenta de nada, ni se enterara de cómo eran las cosas,
y pudieran seguir pronunciando su nombre en los discursos en vano, ante
la complacencia versallesca de los hipócritas extranjeros en
turno.
Caminó unas cuantas cuadras y a lo largo de todas ellas se encontró
con varios tanques y vehículos del ejército que patrullaban
la ciudad. Esto lo alarmó muchísimo. ¿Es que estaría
su país -su propio país, el que había contribuido
a forjar- a punto de ser invadido? La idea lo excitó. Sin embargo,
se dio cuenta de su error: había leído prolijamente el
diario de la mañana y no se hablaba de eso en ninguna parte.
Todos los países -por lo menos aquellos de los que se sabía
algo- mantenían buenas relaciones con el suyo, claro que uno
explotaba a casi todos los demás, pero esto parecía ser
natural y aceptado sin inconvenientes por los otros gobiernos, los gobiernos
de los países explotados.
Desconcertado, se sentó en un banco de otra plaza. No le gustaban
los tanques, no le gustaba pasearse por la ciudad -una vez que se había
animado a descender del monumento- y hallarla así, contantemente
vigilada, maniatada, oprimida. ¿Dónde estaba la gente,
su gente? ¿Es que no habría tenido descendientes?
Al poco tiempo, un muchacho se sentó a su lado. Decidió
interrogarlo, le gustaba la gente joven, estaba seguro que ellos sí
podrían responder todas esas preguntas que quería hacer
desde que había dejado, descendido de aquel monstruoso caballo.
-¿Para qué están todos esos tanques entre nosotros,
joven? -le preguntó al muchacho.
El joven era amable y se veía que había sido recientemente
rapado.
-Vigilan el orden -contestó el muchacho.
-¿Qué orden? -interrogó el prócer.
-El orden oficial -contestó rápidamente el otro.
-No entiendo bien, discúlpame -el caudillo se sentía un
poco avergonzado de su ignorancia- ¿por qué hay que mantener
ese orden con los tanques?
-De lo contrario, señor, sería difícilmente aceptado
-respondió el muchacho con suma amabilidad.
-¿Y por qué no sería aceptado? -el héroe
se sintió protagonista de una pieza absurda de Ionesco. En las
vacaciones había tenido tiempo de leer a ese autor. Fue en el
verano, cuando el gobierno trasladaba sus oficinas y sus ministros hacia
el este, y por suerte, a nadie se le ocurría venir a decir discursos
delante del monumento. El había aprovechado el tiempo para leer
un poco. Los libros que todavía no habían sido decomisados,
que eran muy pocos. La mayoría ya habían sido o estaban
a punto de ser censurados.
-Porque
es un orden injusto -respondió el joven.
El héroe se sintió confundido.
-Y si es injusto, ¿no sería mejor cambiarlo? Digo, revisarlo
un poco, para que dejara de serlo.
-Ja -el joven se había burlado por primera vez-. Usted debe estar
loco o vivir en alguna isla feliz.
-Hace un tiempo me fui de la patria y recién he regresado, discúlpeme
-se turbó el héroe.
-La injusticia siempre favorece a algunos, eso es -explicó el
joven.
El prócer había comprendido para qué estaban los
tanques. Decidió cambiar de tema.
-¿A qué se dedica usted? -le preguntó al muchacho.
-A nada -fue la respuesta tajante del joven.
-¿Cómo a nada? -el héroe volvió a sorprenderse.
-Antes estudiaba -accedió a explicarle-, pero ahora el gobierno
ha decidido clausurar indefinidamente los cursos en los colegios, los
liceos y las universidades. Sospecha que la educación se opone
al orden, por lo cual, nos ha eximido de ella. Por otra parte, para
ingresar a la administración sólo será necesario
aprobar examen de integración al régimen. Así se
proveerán los puestos públicos; en cuanto a los privados,
no hay problemas: jamás emplearán a nadie que no sea de
comprobada solidaridad al sistema.
-¿Qué harán los otros? -preguntó alarmado
el héroe.
-Huirán del país o serán reducidos por el hambre.
Hasta ahora este último recurso ha sido de gran utilidad, tan
fuerte, quizás, y tan poderoso, como los verdaderos tanques.
El caudillo deseó ayudar al joven; pensó en escribir una
recomendación para él, a los efectos de obtenerle algún
empleo, pero no lo hizo porque, a esa altura, no estaba muy seguro de
que una tarjeta con su nombre no enviara directamente al joven a la
cárcel.
-Ya he estado allí -le dijo el joven, que leyó la palabra
cárcel en el pensamiento de ese hombre maduro envuelto en su
patria-. Por eso me han cortado el pelo -añadió.
-No le entiendo bien. ¿Qué tiene que ver el pelo con la
cárcel?
-El cabello largo se opone al régimen, por lo menos eso es lo
que piensa el gobierno.
-Toda mi vida usé el cabello largo -protestó el héroe.
-Serían otras épocas -concluyó seriamente el joven.
Hubo un largo silencio.
-¿Y hora qué hará? -interrogó tristemente
el viejo.
-Eso no se lo puedo decir a nadie -contestó el joven; se puso
de pie, lo saludó con la mano y cruzó la plaza.
Aunque el diálogo lo había llenado de tristeza, la última
frase del joven lo animó bastante. Ahora estaba seguro de que
había dejado descendientes.
