La
Güera me ha jurado que es mi amiga y cuando nos vemos me abraza
bien cariñosa y me dice "Qué gusto me da verte"
y todo pero yo no sé. Es cierto que me ha pasado secretos importantes,
como el de qué ponerles a las pestañas en la noche para
que te crezcan y no se te caigan y las tengas de árabe; y también
es cierto que me ha dejado oír cuando ella habla por teléfono
con su novio, para que yo aprenda y sepa qué decirle al mío
cuando lo tenga, pero yo no sé. Es que también la he cachado
en ciertas mentiras, y esto es lo que me hace dudar. ¿Será
mi amiga de veras?
Por
ejemplo, el otro día le vi tan lindo el pelo que le pregunté:
-¿Qué
te hiciste?
-Nada
-me contestó, y echó para atrás la cabeza, y su
pelo rubio voló y brilló y se onduló más
todavía, como le sucede al de las modelos que anuncian no sé
qué champú en la televisión. "Entonces es
cierto", pensé al ver el de la Güera; ¿ven?
Yo a la tele no le creía; creía que eran trucos. Que un
champú no era capaz de lograr esas maravillas pero nunca de los
nuncas.
-¿Cómo
que nada, Güera? Díme, no seas.
-Bueno,
me lo lavé, pero no me hice nada.
Luego
me enteré de que se había pasado toda la mañana
en un salón de belleza, que ahí le habían hecho
un montón de tratamientos y que, al final, le habían secado
el pelo con rayos infravioletas o no sé qué.
Es
cuando dudé de que la Güera fuera de verdad mi amiga. ¿Por
qué me había ocultado lo del salón?
Yo
me hice la tonta, porque esa noche me había invitado a una fiesta
y la necesitaba. Es que no me sé pintar, ni tampoco sé
qué tipo de ropa se pone uno a esas horas. Es más, no
tengo ningún tipo de ropa, y ella me tuvo que prestar. Era mi
primera fiesta.
Estuvo
horrible, salvo un ratito. Un muchacho bien guapo, que se llamaba Claude
porque sus papás son franceses, se me acercó y me dijo:
-¿Quieres
bailar conmigo?
Yo
estaba sentada en una de esas sillas alquiladas que en el respaldo tienen
la marca de un refresco. Le dije que no, que no sabía, lo cual
era cierto. En serio. Y él ya se iba, yo creo que a buscar a
otra niña que también estuviera sola, cuando apareció
la Güera. Luego luego se dio cuenta de todo, porque se agachó
y me dijo al oído:
-No
seas boba.
Y
se enderezó y entonces Claude le dijo a ella:
-Me
llamo Claude. Mis papás son franceses. ¿Quieres bailar
conmigo?
La
Güera aceptó y se fueron a bailar y ella no sabe. Claude
es el que ahora ya es su novio y la llama por teléfono como tres
o cuatro veces al día. La Güera me deja oír por la
extensión que está en el cuarto de su mamá. Ahí,
casi todo está forrado de terciopelo café bien suavecito,
y la cama está en una especie de tarima, también forrada.
La
Güera y yo no nada más somos amigas. Asimismo somos primas.
Su papá y mi papá son hermanos y vivimos cerca. Tan cerca
que para ir a su casa yo sólo tengo que atravesar el jardín.
Luego, busco la llave debajo de una piedra; sólo la Güera
y yo sabemos cuál es. Lo malo es que la llave a veces tiene cochinillas
y entonces yo la tiro y me lleno de asco un rato.
Casi
siempre me da miedo regresar sola a mi casa, así que la Güera
me acompaña pero sólo hasta la puerta. Nunca entra a mi
casa, aunque yo en la suya me paso todo el día los sábados
y los domingos, y prácticamente todas las tardes entre semana.
Su papá me cae mejor que mi papá. Cuando estoy sola me
pregunto por qué no habré sido hija de él. ¡Es
que son tan diferentes nuestros papás! Y el mío es un
ogro. Todo mundo lo sabe.
El
otro día hasta me emborraché, por culpa de mi papá.
Bueno, y de mi mamá. Por culpa de lo que sucede entre ellos y
que yo veo. Mis hermanos y hasta mi hermana ya se casaron y ya se fueron,
así que son unos suertudos que ya no ven nada de todo esto. Cuando
vienen de visita se aseguran de que papi no esté, y mami los
recibe como si fueran sus únicos hijos y no los viera nunca.
En esas ocasiones, a mi me trata medio mal. Sólo me dice:
-Susana,
tráenos las galletas -o el té, o lo que sea, con su voz
cantarina.
A
veces mi hermana me pregunta que cómo me va, pero no creo que
me lo pregunte muy en serio, porque cuando ya le voy a contar ella,
después de ver el reloj, da un brinquito y me dice:
-¡Ya
me tengo que ir! -porque ya va a llegar el esposo y si no la ve en su
casa la mata, dice.
-Al
contrario -le digo, pero en voz medio baja.
Yo
creo que ni siquiera eso me oye, o no me entiende, porque ni sonríe
ni me dice nada más.
Ese
día que me emborraché fue horrible.
Mi
papá estaba encerrado en su cuarto y eran como las dos de la
tarde. Mi papá se está en ese cuarto casi todo el tiempo,
y no deja que nadie entre. Sólo a mí me da permiso, pero
cuando él se va. Le tiendo la cama y paso la aspiradora y medio
sacudo sus papeles, aunque no muy a fondo: si leyera algo que no debiera,
él me cacharía con sólo mirarme de frente. Le esquivo
la vista y eso me delata. Sale como dos o tres horas al día,
pero yo no sé a dónde va ni nada, ya que casi no trabaja.
Sólo a mí me dice "Buenos días", o, cuando
regresa, "Qué tal", si me ve por ahí.
A
mi mamá no le habla ni la mira ni nada y, si se topan en la escalera,
los dos se hacen los que no se vieron. Fingen que tosen y cada uno mira
hacia el otro lado. O si mamá mira hacia abajo, mi papá
mira hacia el techo. Lo peor es cuando se topan en donde la escalera
da vuelta y los escalones de uno de los lados se vuelven chiquitos,
como los de las pirámides. Es horrible. Porque entonces mi papá,
sin decirlo, le da a entender a mi mamá que él tiene el
paso, y mi mamá -y es cuando la odio- se hace la que al fin que
ni iba a subir, si estaba subiendo, y de espaldas baja lo que llevaba
subido. Así, le da el paso a mi papá. A mí me gustaría
que no se lo diera, pero se lo da.
Bueno,
pues ese día mi papá estaba encerrado en su cuarto y me
llamó. Abrió la puerta y empezó a llamarme a gritos.
Cuando me llama así siento horrible, que alguien va a pasar por
la calle y va a oír y va a pensar que en mi casa la situación
anda muy mal. Empezó a llamarme primero a un volumen medio normal,
pero luego lo fue subiendo más y más. Decía mi
nombre:
-Susana,
Susana -y yo me apuré como pude en el baño, que es en
donde estaba, y fui.
Entonces
me dijo, con la puerta de su cuarto apenas entreabierta, que bajara
y le dijera a mi mamá que él decía que no quería
volver a ver la sopa de fideos, y que si la volvía a ver se la
iba a tirar en la cara.
-Sí,
papi -le contesté, porque desde hace como cinco años yo
llevo los recados que se mandan mi papá y mi mamá.
Antes
lo hacía mi hermana, igual que tender la cama y limpiar el cuarto
de papi. Pero cuando entró a la Universidad mi papá comenzó
a odiarla y a quemarle los libros. Luego ella aprendió a medio
defenderse y, libro que compraba, libro que escondía en su coche.
Tenía un Volkswagen rojo, todo destartalado, y lo guardaba en
el garaje de la Güera, precisamente. Bueno, de los papás
de la Güera. Y se hacía la que ni tenía coche, ni
libros, ni nada.
Así,
cuando mi papá me dio el recado para mi mamá, bajé
y se lo di. Mi mamá estaba en la cocina preparando la comida
porque no tenemos muchacha. Mi mamá y mi abuelita son las que
hacen todo (menos el cuarto de mi papá, que lo hago yo). Mi abuelita
ya es muy grande y está muy, muy vieja y, si bien tiene muy buen
humor, en serio, a veces se ve que le cuesta hacer las cosas. Cuando
cree que nadie la oye se queja. Ella y mi mamá se levantan lo
más temprano posible, como a las cinco, todos los días,
aunque esté oscuro y haga frío y sea domingo o día
de fiesta. A mi abuelita le encanta decir eso de que "A quien madruga,
Dios le ayuda", y a mí me parece que me lo echa en cara
porque soy perezosa.
Lo
primero que hace mi mamá cuando despierta es que se toma un té
tan amargo que hasta huele a amargo. Luego, ella y mi abuelita se ponen
a hacer cosas. Cuando yo me voy al colegio ya han hecho casi todo y
casi no me imagino lo que se quedan haciendo mi mamá y mi abuelita,
pero cuando regreso la casa está, no sé, lo mejor posible.
No voy a decir que como la de la Güera, porque en mi casa ya todo
está como envejecido, como demasiado usado. Por ejemplo, la alfombra.
Está bastante manchada por culpa de los hijos de mis hermanos
a los que como son bebés les pasa de todo encima de la alfombra
de la sala, a la vista de todos.
Una
vez oí que mi mamá le decía por teléfono
a la mamá de la Güera que lo único que ella quería
era que yo encontrara bien la casa, para que quisiera estar allí.
Sentí horrible, porque la verdad es que no me gusta estar aquí.
Huele a té amargo y la alfombra me da asco.
Pero
lo que más me molesta y hasta me ha sacado las lágrimas
es oír, en las noches, el portazo que da mi papá al encerrarse
en su cuarto después de cenar, y el portazo que luego da mi mamá,
al encerrarse en el suyo con mi abuelita. El de mi mamá es más
leve pero igual de tristeza me da.
Cuando
regreso del colegio lo único que quiero es encerrarme en mi cuarto.
Si me llaman a comer, muchas veces les grito que no tengo hambre. Tampoco
me gusta pasármela tarde con mi abuelita y mi mamá. Lo
que hacen es que ven un programa de televisión tras otro; a veces
hasta cabecean, o la imagen se distorsiona y ellas ni cuenta se dan.
Es horrible. Bueno, mi mamá también se la pasa en el teléfono,
y toma mucho té, y come muchas galletas, pero siempre con la
televisión encendida. Así son las tardes en mi casa, y
por eso yo atravieso el jardín y me voy a buscar a la Güera,
a que me enseñe cosas para ser como ella.
Como
Claude me vio primero a mí pero al verla a ella se quedó
con ella, igual con todos. Con nuestras amigas en el colegio, con las
madres: todo mundo como que se enamora de ella. Yo, de paso, porque
de veras es linda. Hay algo medio raro: yo también soy rubia
pero a mí nadie me dice "la Güera"; ¿por
qué?
Bueno,
les decía que bajé a darle el recado a mi mamá.
-Mami
-le dije-, dice papi que no quiere volver a ver la sopa de fideos.
No
me atreví a decirle lo que de que si la volvía a ver se
la iba a tirar en la cara. No es tanto que me hubiera dado miedo como
que me dio lástima. Es que mi mamá tiene la cara llena
de lo que queda cuando a uno le da viruela de la mala, y antes se ponía
no sé cuántas cremas, francesas y todo, para que se le
quitaran los agujeros, o para que se le rellenaran, no sé, pero
la cosa es que no se le quitaron. Y así le quedó la cara,
toda marcada.
Cuando
le di el recado de papi ella estaba limpiando un pollo con una vela
encendida, y mi abuelita estaba lavando trastes, con unos guantes de
hule rojos.
En
el momento en que les dije lo de la sopa se desconcertaron. Se hizo
un silencio y una quietud tales que yo también me desconcerté.
Me pareció que tal vez les había anunciado que les iba
a decir algo que ellas se habían quedado esperando a que se los
dijera; un algo que implicaba peligro.
Entonces
repetí el mensaje y ellas se volvieron a ver entre sí
francamente asustadas. Luego, sin decirse nada, se quedaron viendo los
hornillos porque no tenemos estufa. Y, más en concreto, fijaron
la mirada sobre una de las ollas en los hornillos. La vieron, y se soltaron
a exclamar cosas hasta que al final se preguntaron:
-¿Y
ahora qué vamos a hacer?
Mi
abuelita agitaba los guantes de hule rojos y yo me estremecí,
como cuando era chiquita. Me dieron ganas de sugerirles que no hicieran
nada, pero me acordé de la parte del recado que no había
transmitido.
Yo
me fui por ahí. No es cierto: me fui al baño, que es en
donde estaba cuando papi me gritó que fuera inmediatamente. No
les he dicho que al lado de la ventana hay una planta, con unas hojas
que de noche se enderezan y de día descansan, ni que cuando mi
papá gritó mi nombre estas hojas vibraron. Bueno, pues
me encerré en el baño y me puse ante el espejo y me quité
la blusa. Era todavía la del uniforme, porque a menos que vaya
a casa de la Güera no me cambio y me quedo en uniforme hasta la
hora de ponerme el camisón.
Giré
un poquito y me miré la espalda, ante el espejo del baño.
La tengo horrible, llena de granos. Horrible. De veras. Y no sé
qué hacer sino quitármelos, aunque cuando mami me ha visto
haciéndolo se enfurece y me dice que si quiero quedar como ella
o qué. Pero yo sé que lo de su cara fue otra cosa y no
me asusto. Al contrario, me da coraje y un día hasta le dije:
-Déjame
en paz.
Pero
el día de la sopa de fideos me quedé encerrada ante el
espejo más tiempo que de costumbre, absorta en verme la espalda,
aunque a medida que más me la veía, más asco me
iba dando.
Recuerdo
que pensé mucho en la Güera, en que me gustaría verle
la espalda para saber de una vez si ella de veras no tiene nada. Ya
les dije que aunque es mi amiga a veces dudo y creo que me oculta cosas.
Por ejemplo, nunca se ha puesto un vestido escotado de la espalda, siempre
se pone de los que llevan el escote enfrente (tal vez porque lo que
sí tiene enfrente es bonito, no sé, pero sus papás
la dejan). Además, nunca se ha desvestido delante de mí,
y cuando sale de la regadera, en lo que se va vistiendo se detiene una
bata debajo de la barba para que yo no la vea. En cambio, cuando me
invitó a esa fiesta que les dije, la Güera sí me
hizo desvestirme delante de ella, para probarme el vestido que me prestó.
A mí me dio pena y la obedecí, sin cubrirme con una bata
ni aunque fuera a medias. Bueno, es que ese día hasta me hizo
bañarme. Por arriba de la cortina de la regadera me echó
una esponja y un jabón y, llena de entusiasmo, me dijo "Qué
suertuda, son nuevos", como para que yo me sintiera de veras privilegiada
o algo. Pero no me emocioné ni nada. Yo creo que sólo
me los dio para que no fuera a usar los de ella, porque seguro que le
doy asco.
Les
decía, entonces, que algo me decía me hacía quedarme
en el baño, algo parecía decirme:
-Susana,
mejor no salgas.
Pero
de pronto oí un portazo. Y fue como una señal o una orden.
Fue un mandato que mi cuerpo empezó a obedecer casi que por su
cuenta. Me vestí bien rápido y, bien agitada, bajé
las escaleras.
La
orden actuaba dentro de mí:
-Ve
o te mato -me decía.
Así
que fui.
Cuando
llegué al último escalón, los gritos que oí
casi me obligan a quedarme inmóvil, pero la voz dentro de mí
me empujó hacia adelante para que caminara, corriera, volara
hacia la cocina, de donde salían los gritos.
En
mi casa, para llegar a la cocina uno tiene que pasar primero por el
antecomedor, que es donde desayunamos y comemos y cenamos, porque el
comedor propiamente dicho no tiene ni mesa ni lámpara ni cortinas
ni nada: es un cuarto vacío que un día vamos a amueblar,
para invitar a todos nuestros amigos y estar muy contentos, según
me decían mi papá por su lado y mi mamá por el
suyo cuando yo era más niña.
Así,
primero pasé por el antecomedor. Ahí estaba el lugar de
mi papá. Él come solo y antes que nosotras tres. Nosotras
no nos sentamos hasta que él haya terminado y se haya ido a encerrar
a su cuarto. Me fijé en que su servilleta estaba desbaratada,
como si él ya hubiera empezado a comer y luego se hubiera levantado
y ahora estuviera por regresar. Ahí estaban los saleros, el pan,
una serie de salsas que mi papá quiere que siempre estén
sobre la mesa, aunque ni las use ni nada. Y ahí estaba, también,
su vaso de vino.
Los
gritos que salían de la cocina no eran palabras; eran sólo
gritos: "Ah, ya, ay" y de ese estilo. También se oían
esos ruidos que se le salen a uno cuando está tratando de no
gritar y aprieta los dientes. Y, por último, una especie de quejido,
o rechinido, o algo.
En
la cocina, vi a mi papá de espaldas. Tenía los brazos
sueltos a los lados y de la mano derecha, creo, le colgaba un plato
hondo del que apenas escurrían unas cuantas gotas no sé
de qué. Delante de él vi a mi mamá, su cara cubierta
de fideos. Lloraba, y su pecho subía y bajaba igual que el de
un sapo. Y por ahí, cerca del fregadero, también estaba
mi abuelita, con la boca abierta. Y al fijarme más de cerca vi
que tenía las piernas asimismo abiertas. Entre sus zapatos, de
agujetas, tipo botita, negros, había un charco parecido al que
los hijos de mis hermanos dejan sobre la alfombra de la sala.
Cuando
me di cuenta de lo que había sucedido me solté a llorar.
Mi papá se dio media vuelta y me dijo:
-Susana:
abróchate la blusa.
Había
salido del baño tan de prisa que de veras no me la había
abotonado ni nada.
Esa
tarde llegué a casa de la Güera más temprano que
otras veces. Sus papás todavía estaban en la mesa, pero
como la Güera ya se había ido a su cuarto, a mis tíos
apenas si los saludé y me fui luego luego a buscar a mi prima.
Oí que mis tíos me preguntaban qué me pasaba, pero
no les contesté. Es más, en eso corrí hacia el
cuarto de la Güera.
Ella
estaba arreglándose porque iba a ir al teatro con Claude y después
a cenar. Olía bien rico, me pareció que a espigas y rocío
y neblina del amanecer. Le pregunté qué perfume era y,
cuando me dijo el nombre, volví a soltarme a llorar.
Lloré
y lloré, y mi prima, mientras se seguía preparando y todo,
me echó una caja de Kleenex y me dijo:
-Cuando
te calmes me cuentas, Susanita.
No
sé. ¿Qué le podía contar?
De
todos modos, una vez que por fin me calmé un poco, ella me dijo
que ya se tenía que ir, que Claude estaba a punto de pasar por
ella.
-Pero
mañana platicamos -me dijo, y se fue.
Cuando
la vi alejarse me pareció que al día siguiente yo no tendría
nada importante que contarle.
Fue
la vez que por todo esto y por algunas otras cosas que no entiendo les
digo que me emborraché.
