Antes...
Antes de la invención
y difusión de la imprenta en Europa (siglo XVI) hacer libros era una
tarea lenta, complicada y muy cara. Los escribanos profesionales podían
tardar hasta cuatro o cinco meses en copiar un texto de 200 páginas;
pero más costoso que este trabajo eran las 25 pieles de borrego necesarias
para hacer los pergaminos donde se escribía el libro. El costo de los
libros era altísimo y sólo la gente muy rica podía comprarse un libro,
pues se consideraba un objeto de lujo. Muy pocas personas tenían acceso
a los libros y al conocimiento que ellos comunicaban. Generalmente,
los libros se encontraban en espacios religiosos, como los monasterios.
Allí había monjes especializados que se dedicaban a copiar libros de
un altísimo valor cultural y decoraban sus creaciones de manera que
se convertían en verdaderas obras de arte.
Ahora...
Ahora tenemos acceso
a infinidad de libros. Aunque hay unos que se consideran objetos de
lujo y son muy caros o inaccesibles también existe una infinidad de
ediciones más baratas de grandes libros. Las imprentas industriales,
la computación y el Internet han revolucionado el mundo editorial. Podemos
leer libros "virtuales", es decir que no existen físicamente y se encuentran
en el ciberespacio. Además, el Internet nos permite visitar los catálogos
de bibliotecas o librerías que se encuentren a miles de kilómetros de
nuestra casa y en algunos casos es posible que recibamos a domicilio
los libros que nos interesan. Las bibliotecas y librerías están al alcance
de mucha gente e incluso se ha llegado a plantear la posibilidad de
"personalizar" los libros según el gusto del cliente, a través de pedidos
en donde el comprador decide el aspecto del libro: el tipo de letra,
el tamaño, la encuadernación o el papel.
Sin embargo, en
el pasado y presente de los libros hay algo que no cambia: el privilegio
de disfrutar la lectura de un buen libro.