Los cazadores
de los tiempos prehistóricos, estuvieron acostumbrados a acercarse
a algunos cachorros de los animales salvajes, con propósitos rituales
o por simple diversión. Desde la prehistoria, el hombre ha permitido
al perro frecuentar su vivienda, recompensándolo con los desperdicios
de su cacería y con los desechos de sus comidas.
En las condiciones
de desecación climática del Neolítico, el agricultor tuvo oportunidad
de agregar a su familia no sólo cachorros aislados, sino los restos
de rebaños o manadas completas, comprendiendo animales de ambos sexos
y todas las edades. Se dio cuenta entonces de la ventaja de tener
un grupo de estos animales rondando en las cercanías de su vivienda,
como una reserva de caza que podía usar con facilidad. De este modo,
el ser humano conoció los beneficios de la domesticación de ciertos
animales.
En adelante, debió
imponerse restricciones y discriminaciones en el empleo de esta reserva
de carne. Tuvo que abstenerse de espantar innecesariamente a las bestias
o de sacrificar a las más tiernas. Pero también debió aprovechar las
nuevas oportunidades para estudiar la vida de las bestias en forma
más estrecha. Así aprendió los procesos de reproducción de los animales
y sus necesidades de comida y de bebida.
En un principio
las bestias mansas o domesticadas únicamente eran consideradas como
una fuente potencial de abastecimiento de carne, como una caza fácilmente
accesible. Más tarde se descubrieron otras maneras de servirse de
ellas. Por ejemplo: el estiércol como fertilizante, el pelo de ovejas
y cabras como lana, su uso para tiro y carga.
La
cría de ganado dio al hombre control sobre su propio abastecimiento
alimenticio, tal como lo hizo también la agricultura. Los varios modelos
diferentes de cultivo se combinaron, en diversos grados, con distintas
actitudes hacia la cría de ganado.
Los primeros animales
domesticados no eran muy variados: perros, ganado vacuno, ovejas,
cabras y cerdos. Más tarde se domesticó la gallina.