La Decena Trágica
fue un periodo de poco más de diez días en el que un grupo de sublevados
se levantaron en armas contra el gobierno de Francisco I. Madero.
Este episodio
culminó con el asesinato del presidente Madero y el vicepresidente
Pino Suárez y la ascensión a la presidencia de Victoriano Huerta.
La difícil
presidencia de Madero
En
1910 Francisco I. Madero reunió su fuerza revolucionaria del impulso
de haber sido el iniciador del movimiento armado y de representar
a todos aquellos que querían derrocar al dictador. Sin embargo para
1913, una vez depuesto el enemigo (Díaz), Madero perdió buena parte
del enorme apoyo que alguna vez tuvo. Su impopularidad se debió a
que, cuando éste subió a la Presidencia, había muchas expectativas
de revolucionarios radicales, de campesinos y de obreros en torno
a las medidas que tomaría su gobierno.
La posición moderada
y conciliadora con los porfiristas que Madero adoptó desalentó a quienes
esperaban que la revolución traería consigo transformaciones radicales.
Muchos revolucionarios se sintieron defraudados y traicionados por
Madero y le declararon la guerra (como Emiliano Zapata mediante el
Plan de Ayala). Durante los quince meses que duró su gobierno, Madero
enfrentó múltiples problemas: rebeliones armadas, huelgas, conspiraciones
e intrigas contrarrevolucionarias. Entre aquellos que se sublevaron
contra su gobierno estuvieron Bernardo Reyes, ministro de guerra durante
el porfiriato y Félix Díaz, sobrino de Porfirio Díaz. Ambas rebeliones
fracasaron y Madero encarceló a los rebeldes, perdonándoles la vida.
Además de las
rebeliones, la prensa de oposición atacó constantemente al presidente
e influyó de manera decisiva en incitar la desconfianza de la opinión
pública al régimen. También se opusieron al gobierno los senadores,
los terratenientes y los intereses extranjeros. El maderismo no satisfacía
los intereses económicos de los Estados Unidos y todo el año de 1912
el presidente William Taft, a través de su embajador Henry Lane Wilson,
amenazó y atacó al gobierno de Madero por diferentes medios.
Se inicia la
sublevación
Así,
cuando el 9 de febrero de 1913 la Escuela Militar de Aspirantes de
Tlalpan y la tropa del cuartel de Tacubaya se levantaron en armas
contra el gobierno, no se tomó la noticia con mucha sorpresa. Hasta
entonces, la ciudad de México había permanecido lejana al campo de
batalla y, por primera vez durante la contienda, conoció la muerte
de civiles en sus calles, los gritos de los heridos, el retumbar de
cañones y la lluvia de balas de ametralladoras.
Una de las primeras
maniobras de los sublevados, al mando de los generales porfiristas
Gregorio Ruiz y Manuel Mondragón, fue liberar de sus prisiones a Félix
Díaz y Bernardo Reyes. Los rebeldes se dirigieron al Palacio Nacional,
defendido por el general Lauro Villar. En uno de los primeros combates
murió Bernardo Reyes y Díaz y Mondragón se refugiaron en La Ciudadela.
Mientras tanto, el presidente Madero salió del Castillo de Chapultepec
rumbo al Palacio Nacional, escoltado por cadetes del Colegio Militar
y en compañía de algunos secretarios de estado y amigos (Marcha de
la Lealtad). Durante un pausa que hizo frente al Teatro de Bellas
Artes, el presidente cometió un error lamentable: nombró comandante
militar de la plaza a Victoriano Huerta, en sustitución del general
Villar, que había sido herido durante el combate.
Al llegar a Palacio,
Madero organizó la defensa, mandó llamar a varios cuerpos militares
(de Tlalpan, de San Juan Teotihuacán, de Chalco, de Toluca ) y el
propio presidente decidió ir a Cuernavaca a traer a Felipe Ángeles
y sus fuerzas. Huerta, mientras tanto, perdía tiempo en detrimento
del gobierno pues había entrado en tratos con los sublevados y se
había sumado a la conspiración.

El Pacto de
la Embajada
Finalmente, el
17 de febrero, Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez fueron
hechos prisioneros. Mientras tanto, el embajador Henry Lane Wilson
intrigaba en contra del gobierno mandando insinuaciones de que sólo
se podría evitar la intervención armada de los Estados Unidos con
la renuncia de Madero. El papel de Wilson durante este episodio fue
deplorable: hacía ostentación ante miembros del cuerpo diplomático
de conocer los proyectos desleales de Huerta y notificó al Departamento
de Estado de Estados Unidos que los rebeldes habían aprehendido al
presidente y vicepresidente hora y media antes de que esto sucediera.
Cuando Madero
y Pino Suárez fueron hechos prisioneros, Wilson ofreció a Huerta y
a Díaz el edificio de la embajada norteamericana para que llegaran
a acuerdos finales, en lo que se llamó el Pacto de la Embajada. En
este pacto se desconocía al gobierno de Madero y se establecía que
Huerta asumiría la presidencia provisional antes de 72 horas, con
un gabinete integrado por reyistas y felicistas; que Félix Díaz no
tendría ningún cargo para poder contender en las elecciones; que notificarían
a los gobiernos extranjeros el cese del ejecutivo anterior y el fin
de las hostilidades.
Al Pacto de la
Embajada siguió la tortura y asesinato de Gustavo A. Madero, hermano
del presidente. Después se presentaron las renuncias del presidente
y vicepresidente ante un Congreso reunido en sesión extraordinaria.
Este nombró presidente a Pedro Lascuráin, ministro de Relaciones Exteriores
con Madero, quien a su vez renunció y nombró presidente a Victoriano
Huerta.
Desde su aprehensión,
Madero y Pino Suárez permanecieron en el Palacio Nacional, esperando
en vano un tren que los conduciría al puerto de Veracruz, de donde
se embarcarían a Cuba, al exilio. De nada sirvieron las gestiones
de sus familiares, amigos, los ministros de Cuba, Chile y Japón, ante
Wilson para que hiciera valer la influencia que tenía sobre Huerta,
ya que el embajador les respondió que él, como diplomático, no podía
interferir en los asuntos internos de México.
Fin de la Decena
Trágica
El general Aureliano
Blanquet dió órdenes, confirmadas por Huerta y Mondragón, para que
la noche del 22 de febrero se trasladara a Madero y Pino Suárez a
la Penitenciaría de Lecumberri. En el trayecto se simuló un ataque
y los prisioneros fueron asesinados. La ciudad se levantó con la noticia
"Ya mataron a Madero" y aunque la primera reacción fue de indignación,
la mayoría de los habitantes de la capital se alegraron del cese de
hostilidades, se lanzaron jubilosos a las calles, adornaron las fachadas
de sus casas y, en unión de la prensa, ensalzaron a los vencedores
y condenaron a los caídos.
La tranquilidad
volvió a la ciudad de México. La alta burguesía, integrada por terratenientes,
banqueros, comerciantes e industriales, vio el fin de aquellos días
de horror con beneplácito, como la mayoría de la gente, y con la confianza
de que el nuevo gobierno restablecería las condiciones políticas,
sociales y económicas en las que habían prosperado. Sin embargo, pronto
vieron que este gobierno no sería como esperaban.
Victoriano Huerta
se instaló en el Palacio Nacional el 20 de febrero de 1913 y permaneció
en la presidencia 17 meses pues el usurpador se las arregló para disolver
la fuerza de Félix Díaz, a quien nombró embajador en Japón. El gobierno
huertista fue dictatorial a partir del 10 de octubre de 1913, cuando
disolvió el Congreso de la Unión. Durante esta dictadura, la vida
en la ciudad se militarizó y muchos ciudadanos, maderistas o no, fueron
torturados o asesinados. Pero pronto surgió un nuevo líder revolucionario
en pie de lucha contra el huertismo, el gobernador de Coahuila Venustiano
Carranza.