Durante el siglo XIX las dos teorías rivales compitieron por explicar la naturaleza de las nebulosas elípticas. Si éstas eran, como creía Kant, sistemas estelares individuales como la Vía Láctea, debían estar fuera de ésta, a distancias enormes de la Tierra.
En cambio si eran sistemas solares en formación, como sostenía Laplace, debían estar mucho más cerca, dentro de la Vía Láctea.

 

 
 


Los científicos del siglo XIX dieron por sentado que sólo una de estas hipótesis sería la buena, pero la naturaleza rara vez se presenta en blanco y negro, y hoy en día sabemos que las nebulosas elípticas son universos isla —hoy llamados galaxias—, en tanto muchas de las nebulosas amorfas son nubes de gas y polvo en cuyo interior se están formando estrellas y que forman parte de nuestra propia galaxia.

Las primeras observaciones detalladas parecían favorecer a Laplace. Usando un telescopio que a la sazón era el más grande del mundo, un noble inglés descubrió que algunas nebulosas elípticas tenían una estructura espiral, lo que se interpretó erróneamente como evidencia de que se trataba de remolinos de gas laplacianos.

Con la invención del espectroscopio —instrumento que permite descifrar la composición química de un objeto analizando la luz que éste emite— las cosas se tornaron más confusas al principio. En 1864, astrónomo aficionado llamado William Huggins montó un espectroscopio en su telescopio y apuntó el artefacto hacia una nebulosa. El espectroscopio reveló que la luz proveniente de la nebulosa estaba compuesta de un solo color, no una mezcla de colores. La nebulosa, por lo tanto, debía ser de composición química muy simple. No podía tratarse de un conglomerado de miles de millones de estrellas de todos colores y sabores. Era, pues, una nube de gas. Huggins pensó que había resuelto el enigma de las nebulosas en favor de Laplace.

En la última década del siglo XIX James Keeler, un astrónomo del observatorio Licks, en California, demostró por medio de fotografías de exposición prolongada que había cientos de miles de nebulosas espirales. Era más fácil creer en la existencia de cientos de miles de estrellas recién nacidas que en cientos de miles de universos isla, cada uno con miles de millones de estrellas, de modo que las pruebas volvían a favorecer a la hipótesis nebular.

Pero la espectroscopía también reveló que la nebulosa de Andrómeda —gigantesca espiral que se ve en la constelación de ese nombre— está hecha de estrellas. Analizando viejas fotografías de nebulosas espirales los astrónomos encontraron manchas brillantes que habían pasado inadvertidas hasta entonces, y que correspondían a estrellas que habían hecho explosión y que dejaban ver su intensa luz a través de distancias enormes. Una nube de Laplace no podía contener estrellas en explosión, pero un universo isla sí.

Cómo medir el universo