Al despuntar el siglo XX la hipótesis nebular había perdido
terreno, aunque seguía teniendo adeptos. La disyuntiva entre
las dos teorías rivales se formulaba ahora así: las nebulosas
elípticas ¿forman parte de la Vía Láctea,
o son otras galaxias? La única manera de saberlo era medir la
distancia a la que se encontraban.
Los
métodos que se empleaban en aquella época para medir distancias
en el espacio funcionaban bien para los planetas y las estrellas más
cercanas, pero no servían para calcular distancias mayores. Lo
que hacía falta era una manera de determinar distancias interestelares
e intergalácticas (si las nebulosas elípticas eran galaxias
y no soles en formación).
Esta
dificultad fue resuelta en 1912 por Henrietta Swan Leavitt, empleada
de las oficinas del observatorio Harvard, en Cambridge, Massachusetts.
La señora Leavitt trabajaba como "computadora" y percibía
un sueldo miserable. Las computadoras tenían que realizar las
tareas tediosas y repetitivas que los astrónomos hechos y derechos
consideraban de poca importancia. El trabajo de Henrietta Swan Leavitt
consistía en examinar placas fotográficas tomadas con
el telescopio del observatorio, ubicado en Arequipa, Perú, para
localizar estrellas de brillo variable conocidas como cefeidas.
La
luminosidad de una estrella variable cambia cíclicamente. Las
variables cefidas habían sido descubiertas en 1784 por John Goodricke.
La primera que descubrió estaba en la constelación de
Cefeo, de ahí su nombre.
Por
aquella época la señora Leavitt estaba estudiando las
Nubes de Magallanes, dos pequeñas nebulosas que se ven en el
hemisferio sur (hoy en día sabemos que son galaxias satélites
de la nuestra). Comparando placas tomadas en días distintos detectó
las variables cefeidas que buscaba, pero también observó
un curioso fenómeno: cuanto más brillante era la estrella,
más tardaba su luminosidad en completar un ciclo de variación.
La conexión entre la luminosidad y el periodo de las variables
cefeidas proporcionaba un método para medir grandes distancias
en el espacio. ¿Por qué? Porque si sabemos cuánta
luz emite un objeto, podemos calcular a qué distancia se encuentra
midiendo su brillo aparente y luego aplicando la regla que dice que
el brillo aparente de un objeto luminoso disminuye como el cuadrado
de la distancia a la que se encuentra.
Si
vemos a lo lejos dos focos de 100 watts, pero uno se ve cuatro veces
más brillante que el otro, la regla del inverso del cuadrado
de la distancia implica que ese foco está dos veces más
cerca que el otro. La relación que descubrió Henrietta
Swan Leavitt muestra que el periodo de variación de una variable
cefeida puede considerarse como una medida de su intensidad luminosa
intrínseca. Esta relación, junto con la regla del inverso
del cuadrado, proporciona un método para medir distancias interestelares
e intergalácticas.
La
estrucutra de la galaxia