La línea del cambio de fecha
En 1612 el historiador francés Nicholas Bergier publicó un libro titulado Archemeron, o tratado del comienzo de los días y del lugar donde éste se establece en la Tierra. Bergier proponía resolver la paradoja del navegante eligiendo un meridiano al cruzar el cual los marinos debían sumar o restar un día a sus cuentas del tiempo. ¿Dónde debía estar? Bergier sugería ubicarlo lo más lejos posible del meridiano principal (el meridiano al que, por convención, se le asigna la longitud geográfica 0). El problema es que antes de 1884 había varios meridianos principales: algunos marinos y cartógrafos medían la longitud desde Londres, otros desde París, otros desde Roma. Incluso había quien quería ubicar el grado cero de la longitud en Jerusalén. Para Bergier, el meridiano principal era, por supuesto, el de París (estrictamente hablando, hay una infinidad de meridianos que pasan por París, pero se elige uno solo y se le llama “el meridiano de París” porque el error posible es demasiado pequeño para afectar los cálculos de la longitud). La línea del comienzo del día debía estar en el lado opuesto del mundo.
Durante el siglo XVII hubo otras propuestas. Todas coincidían en ubicar el meridiano de cambio de fecha a 180 grados del meridiano principal (aunque en realidad uno lo puede poner donde quiera) y diferían sólo en la ubicación de éste. Ninguna de las propuestas prosperó, lo cual no era grave. En esa época los navegantes que andaban por el Pacífico podían pasar meses sin comunicarse con el resto del mundo y por lo tanto podían llevar sus cuentas de los días sin preocuparse por que coincidieran con las de los que vivían en tierra firme.
Pese a todo, las tierras del Pacífico occidental, colonizadas o frecuentadas por marinos de distintas nacionalidades europeas, ya observaban fechas distintas. China y Japón, donde había sobre todo portugueses que llegaban por el océano Índico, tenían la fecha de Europa. Las Filipinas, en cambio, eran colonia española y los españoles llegaban allí desde Acapulco. Por lo tanto en las Filipinas, pese a ser aproximadamente la misma hora que en Japón, la fecha siempre iba retrasada un día. Podríamos decir que esas islas se encontraban al este de la línea de cambio de fecha aunque ésta aún no estaba definida. El asunto causaba confusión entre los viajeros que se desplazaban entre las Filipinas y el puerto portugués de Macao, en China. En el siglo XIX, cuando México se independizó de España y Filipinas empezó a relacionarse más con sus vecinos asiáticos, el gobernador general de las islas emitió un decreto en el que anulaba el 31 de diciembre de 1844 para ponerse a la par de Asia. Con esto Filipinas se colocaba al oeste de la línea de cambio de fecha.
Hasta 1867 Alaska fue propiedad rusa y observó por lo tanto la fecha de ese país. Pero cuando los rusos la vendieron a Estados Unidos (por 7,200,000 dólares), fue necesario ajustar la fecha, o dicho de otro modo, desplazar la línea de cambio de fecha al oeste de Alaska.