Durante el siglo 17 y 18 ingleses, franceses, holandeses, irlandeses, alemanes y suecos migraron al norte del continente americano. Los colonizadores se establecieron en un principio en la costa este de lo que actualmente corresponde al territorio de los Estados Unidos. Las dificultades económicas y las persecuciones religiosas de distintos grupos de protestantes contribuyeron a que los europeos buscaran nuevas oportunidades en América. Sin embargo, el norte del continente ya estaba habitado por un gran número de indios, pero parece que ellos han sido olvidados por la historia. En la actualidad, menos del 1% de la población de los Estados Unidos es parte de lo que se llama “nativos norteamericanos” (población que habitaba la zona antes de la llegada de los europeos).
La diversidad cultural de los indios era enorme y existían marcadas diferencias entre ellos. La tierra originaria de los iroqueses se encontraba al noreste de los Estados Unidos y sureste de Canadá entre las montañas Adirondack y las cataratas del Niagara. La liga o confederación iroquesa estuvo formada en un principio por la alianza de cinco tribus: cayuga, mohawk, onaida, onondaga y seneca. La alianza entre estos grupos ocurrió antes de la llegada de los europeos. Las constantes luchas entre las tribus de la región propició esta negociación para que pudieran vivir en paz. La tribu tuscarora se unió a los iroqueses en el siglo 18. Los iroqueses eran grupos agricultores que sembraban maíz, frijol y calabaza, también se dedicaban a la caza y al comercio de pieles.
El asentamiento francés tuvo continuas batallas con la confederación iroquesa. Los franceses se aliaron con otros grupos de indios (hurones, montagnais, algonkinos) para combatir a los iroqueses. En América del norte hubo una fuerte lucha entre los ingleses y franceses porque ambos deseaban apoderarse de los nuevos territorios. Los colonizadores propiciaron que los indios también formaran parte de estas luchas. Los europeos deseaban pieles y los iroqueses las intercambiaban por pistolas y cuchillos. Algunos iroqueses fueron convertidos al catolicismo y lucharon contra los que habían mantenido la religión india. Durante las luchas por la independencia de Inglaterra los iroqueses se dividieron, una parte apoyó a los ingleses y otra peleó al lado de los rebeldes. Los norteamericanos invadieron los terrenos de los iroqueses, los vendieron y fragmentaron su cultura enfrentándolos. Después de la independencia de los Estados Unidos gran cantidad de iroqueses tuvieron que migrar a Canadá y el resto fueron desplazados de sus territorios originales. La reubicación de este grupo ocasionó que su forma de vida se transformara por completo.
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Los siete danzarines iroqueses
Hace mucho tiempo, cuando la nación mohawk (el pueblo de la piedra) aún acampaba a orillas del lago Keniatio (Ontario), un grupo de niños, siete exactamente, quisieron formar una organización secreta. Por la noche se reunían alrededor del fuego pequeño del Consejo, allá donde el bosque muere en las aguas del lago, y danzaban al ritmo de los tambores.
Un día, el pequeño jefe sugirió hacer un banquete en su próximo Consejo ante el Fuego. Cada uno de los siete muchachos debía pedir a su madre algo de comida para llevar al banquete. Un muchacho pediría sopa de maíz, otro carne de venado, otro mazorcas, y así uno tras otro. Al día siguiente, todos solicitaron de su madre las viandas deseadas y a cada uno de ellos les fue rechazada la petición. Todas las madres dijeron a sus hijos que en casa había suficiente comida y que no tenían necesidad de comérsela en el bosque. Los pequeños guerreros se sintieron muy infelices al no conseguir la comida para el banquete nocturno. Llevaban las manos vacías y el corazón triste.
Aquella noche se reunieron junto al lago, en su lugar secreto de danza. El pequeño jefe dijo a sus guerreros que danzasen lo más fuerte que pudieran. Les dijo que mirasen al cielo mientras lo hacían. Y les dijo que no volvieran nunca la vista atrás, ni aun cuando les gritasen sus padres que volvieran a casa. Diciendo esto, cogió su tambor de agua y mientras lo golpeaba, entonó una melodía llena de poder. Una canción de brujo. Los muchachos danzaron y danzaron. Y mientras ejecutaban los movimientos, sus corazones parecían aligerarse de peso y pronto olvidaron sus problemas.
La melodía aumentó su ritmo y en seguida los muchachos sintieron que sus cuerpos danzaban en el cielo. Sus padres les vieron bailar sobre las copas de los árboles y les ordenaron que regresaran. Un joven danzarín que volvió la vista atrás, se convirtió en una titilante estrella. Los demás, al poco tiempo se convirtieron también en estrellas pequeñas y parpadeantes y quedaron prendidas del cielo. Así, cuando un mohawk ve las estrellas de la Pléyade crepitar y danzar en la noche, durante los fríos del invierno, dice: "Los pequeños guerreros están danzando con fuerza esta noche." Danzan para siempre sobre los poblados iroqueses. Y cuando danzan exactamente encima de nuestros techos, ha llegado el momento del Banquete del Año Nuevo iroqués. Y esto sucede durante la Luna del Año Nuevo (enero o febrero).Los ancianos iroqueses cuentan aún hoy esta historia a sus nietos cuando ven brillar algún cuerpo celeste.
Cuentos de los indios iroqueses , Madrid, Miraguano Ediciones, 1988.