En 1665 una epidemia de peste obligó a la
universidad de Cambridge a cerrar sus puertas por espacio de casi
dos años. Isaac Newton se fue a su casa y se puso a pensar
y a hacer experimentos con luz.
Desde
hacía siglos se creía que la luz blanca era luz en estado
puro y que para obtener colores había que modificar la luz blanca.
Newton oscureció su cuarto. Luego abrió un orificio pequeño
por donde entraba un fino rayo de luz. Frente a éste puso un
bloque de material transparente y vio que en la pared de enfrente se
proyectaba un bonito arcoiris. El material transparente torcía,
o “refractaba”. Si Newton ponía un segundo prisma
de material transparente, volvía a obtener luz blanca.
Newton
se dijo que la luz blanca no era luz pura, sino luz compuesta. En la
luz blanca estaban contenidos todos los colores. El prisma refractaba
la luz, pero distintos componentes de ésta se refractaban de
distinta manera. El azul se iba por un lado, el rojo por otro, el verde,
el amarillo y el naranja por caminos intermedios.
Hacía
60 años Galileo Galilei había hecho grandes descubrimientos
astronómicos con un telescopio que él mismo construyó.
El telescopio de Galileo, como todos los telescopios en esa época,
era en esencia un tubo provisto de dos lentes de vidrio. Las imágenes
que se formaban con lentes tenían el defecto de estar teñidas
en parte de los colores del arcoiris. Luego de sus experimentos con
prismas de vidrio Newton se convenció de que esta “aberración
cromática” era un defecto inevitable de las lentes. Estaba
equivocado (pocos años después de morir Newton los ópticos
pudieron construir telescopios “acromáticos”, que
no añaden colores falsos a las imágenes), pero su creencia
errónea lo llevó a inventar un nuevo tipo de telescopio
que en vez de lentes usaba un espejo para recoger y concentrar la luz.
El telescopio newtoniano, o de reflexión, se sigue usando mucho
hoy. Los telescopios de los observatorios astronómicos son todos
de este tipo porque es mucho más fácil y barato construir
un espejo grande que una lente grande.