Ya en la universidad, el joven Newton se enfrascó en el estudio de la obra de Aristóteles, filósofo griego que vivió en el siglo IV antes de Cristo.

Corría el año 1661. Hacía 120 años que Nicolás Copérnico había publicado un libro en el que mostraba que la astronomía se podía simplificar mucho suponiendo que el sol era el centro del sistema solar y no la Tierra, y que nuestro mundo giraba alrededor del sol como los otros planetas. Hacía 51 años que Galileo Galilei había anunciado que el planeta Júpiter tenía cuatro satélites girando a su alrededor, entre otros descubrimientos hechos con un telescopio que él mismo construyó. Hacía también un buen número de años que Johannes Kepler había descubierto que los planetas no se mueven en círculos alrededor del sol, sino en elipses. Pero en las universidades se seguía enseñando la física y la astronomía de Aristóteles, que ya tenía 2000 años.

En uno de sus cuadernos universitarios Newton escribió en latín: “Platón es mi amigo, Aristóteles es mi amigo, pero mi mejor amiga es la verdad”. El joven estudió por su cuenta la nueva filosofía y se hizo experto en la astronomía y las matemáticas de su época. En 1665, cuando Newton tenía 22 años, una epidemia de peste bubónica obligó a la universidad a cerrar por espacio de casi dos años. Newton se pasó esos dos años en su casa, pensando y haciendo experimentos con luz. En sus cuadernos de esos años se encuentran los fundamentos de una rama de las matemáticas que hoy se llama cálculo diferencial e integral, de la teoría de los colores de Newton y de la ley de la gravitación universal, que permitiría describir con todo detalle los movimientos de los planetas alrededor del sol. El cálculo y la ley de gravitación le servirían más tarde para formular sus famosas leyes del movimiento.

 


Por inexperiencia o por timidez, Newton no publicó sus resultados. Tuvieron que pasar 20 años para que se dejara convencer por su amigo Edmond Halley de sacar a la luz su trabajo. Los científicos de la épocareconocieron inmediatamente la importancia de la obra de Newton y a partir de entonces le llovieron honores. Fue presidente de la Real Sociedad de Londres y director de la Casa de Moneda casi hasta su muerte.

Newton era tímido, pero al mismo tiempo podía ser un feroz adversario. En 1686, cuando publicó su libro más importante, un científico de más edad llamado Robert Hooke lo acusó de robarle ideas. La acusación no tiene fundamento, aunque es cierto que Hooke y Newton habían intercambiado cartas en el pasado. Hooke incluso le había señalado a Newton un error, lo cual éste jamás le perdonó. La reacción de Newton a la acusación de plagio fue de furia incontenida. En vez de publicar un generoso reconocimiento a Hooke, lo cual no le hubiera costado nada, el vengativo Newton tomó el manuscrito de su libro y borró toda referencia que en él había de Robert Hooke.

Unos años después Newton tuvo un problema similar con Gottfried Leibniz, matemático alemán que había inventado el cálculo por su cuenta. La disputa por la paternidad de esa rama de las matemáticas se puso fea. Newton y Leibniz no escatimaron los golpes bajos, pero los de Newton fueron más bajos que los de Leibniz. Todos los artículos que aparecieron en defensa de la prioridad de Newton los escribió él mismo, firmándolos con nombres de adeptos suyos. Cuando lo nombraron presidente de la sociedad científica más importante de Inglaterra, nombró un comité “imparcial” para investigar el asunto, pero luego fue él quien escribió en secreto el informe oficial. Y ni la muerte de Leibniz lo calmó: Newton siguió lanzando ataques contra su adversario a la menor oportunidad hasta su propia muerte.

Hacia el final de su vida, Sir Isaac Newton seguía asistiendo a las reuniones de la Real Sociedad, pero con frecuencia se quedaba dormido. En cierta ocasión, se levantó como si quisiera tomar la palabra. Se hizo un profundo silencio. Los asistentes esperaban con ansia las palabras del famoso científico. Pero Newton sólo pidió que cerraran la ventana porque tenía frío.

Isaac Newton murió el 31 de marzo de 1727 a los 84 años. Sus obras científicas siguen siendo influyentes hoy, casi tres siglos después.

Las leyes del movimiento
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