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Colón,
el iluminado
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Los
secretos de la mar océana
En 1476 corrían entre los navegantes de los grandes puertos europeos
cuentos de tierras desconocidas situadas al poniente, en las regiones
remotas de la mar océana, como llamaban al Atlántico. Los
marinos, gremio tradicionalmente supersticioso, seguían creyendo
que en medio del mar occidental (otro nombre para el mismo océano)
existía la mítica isla de Antilla, donde siete obispos habían
fundado siete ciudades y las riquezas abundaban. También se situaba
en las regiones remotas del mar la isla de San Brandan, monje irlandés
que, según se creía, había encontrado el paraíso
terrenal que menciona la Biblia.
Éstos eran cuentos antiguos, pero la creencia en ellos la reforzaban
los relatos de algunos viejos lobos de mar de la época, que decían
haber avistado tierra en sus navegaciones por las profundidades occidentales
de la mar océana, o haber encontrado en el mar trozos de madera
trabajados por manos humanas, árboles extraños y hasta dos
cadáveres "de cara muy ancha y otro gesto que los cristianos".
Por
supuesto, siendo la Tierra una esfera, como sabía cualquier persona
con algo de educación, esas tierras bien podían ser el extremo
más oriental de Asia. El geógrafo y matemático griego
Claudio Tolomeo, que vivió en el siglo II, puso los cimientos de
la geografía y la cartografía modernas en un tratado monumental,
titulado Geographia, que aún se estudiaba en el siglo XV.
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Sus
mapas gozaban de mucho respeto entre los cosmógrafos y cartógrafos
de esa época. Tolomeo conocía cabalmente el Mediterráneo,
Europa y la costa norte de África, así como un poco de Persia,
Arabia y la India; pero más hacia oriente sus conocimientos iban
perdiendo bases científicas y Tolomeo suplió su ignorancia
con imaginación.
Entre otros errores, extendió el continente asiático desmesuradamente
hacia el este, lo cual, desde luego, lo acercaba a Europa por el oeste.
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Las
riquezas de oriente
Pero
los cuentos más famosos --quizá debido a que tenían
la ventaja de ser verdad muchos de ellos-- eran los que había narrado
en su libro el mercader veneciano Marco Polo.
Polo había pasado más de veinte años en oriente,
donde había sido recibido con gran hospitalidad por el rey tártaro,
Cublai Can. Incluso había sido funcionario del gobierno de Cublai
y el Can lo tuvo en gran estima. Marco, observador fino e inteligente,
relató sus viajes en un libro dictado en una cárcel genovesa,
en 1299, a su compañero de prisión.
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Marco Polo
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El
relato está lleno de superlativos y descripciones de hechos fantásticos
que Marco presenció, y otros que reportó de oídas.
Una de sus descripciones más elocuentes es la de la isla de Cipango,
el actual Japón, la cual Marco nunca pisó:
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Cipango
es una isla hacia Levante, que está a mil quinientas millas de las
tierras. Es grandísima. (...) Tienen oro en grandísima abundancia,
tanto que es maravilla y que no saben qué hacer con él (...)
Os digo verdaderamente que hay un grandísimo palacio todo cubierto
de placas de oro fino (...) Toda la pavimentación de las habitaciones,
de las que hay buen número, es también de oro fino, de más
de dos dedos de espeso. Y todas las demás partes del palacio y las
salas, y las ventanas, están también adornadas de oro. Y os
digo que es riqueza tan desmesurada que sería grandísima maravilla
que alguien pudiera decir su valor.
Al
decir de Marco, todo el oriente rebosaba de riquezas increíbles.
No es de extrañar que, casi dos siglos después, sus relatos
encendieran la imaginación de un tipo aventurero, extravagante
y locuaz --pero sobre todo codicioso-- llamado Cristóbal Colón...
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Un
náufrago
...quien, en 1476, llegaba a las costas de Portugal a nado, sujeto a un
remo, tras el naufragio de la nave en la que viajaba, la cual había
sido atacada por una escuadra francesa frente al cabo San Vicente, tendría
por aquel entonces unos 25 años.
La
primera juventud de nuestro náufrago está envuelta en una
espesa niebla de confusión, propiciada por el mismo Colón
quizá para ocultar que había sido pirata en el Mediterráneo.
Se dice que fue genovés y es muy probable. En tal caso su nombre
original sería Cristoforo Colombo. Lo cierto es que todos sus escritos
están en español y que siempre prefirió la forma
castellanizada de su nombre.
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El
personaje que llegó a Portugal de forma tan insólita tenía
una personalidad no menos excéntrica. Testarudo y engreído,
estaba convencido de que Dios lo había puesto en el mundo para
realizar grandes empresas. Era un líder nato, que sabía
mandar y mentía para mandar mejor. Aspiraba a grandes riquezas
y honores. Su mente estaba llena de una combinación de sólidos
conocimientos científicos y fantasías extraídas de
las más alocadas geografías medievales, escritas por viajeros
de sillón que nunca habían pisado los lugares que describían.
Colón leyó también a Marco Polo y empezó a
soñar con las riquezas de oriente.
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La
"empresa de las Indias"
El camino por tierra a oriente, que había conducido a Marco Polo
a la corte del Gran Can hacía 200 años, estaba ahora bloqueado
por los turcos otomanos. Portugal exploraba las costas atlánticas
de África para encontrar un paso marítimo hacia "las
Indias", como se llamaba entonces a Asia. Colón tenía
una idea mejor: llegar a las Indias por mar, pero navegando hacia el poniente.
Como todas las grandes ideas, ésta ya había germinado antes
en otras cabezas, y mejores que la de Colón. Un cosmógrafo
y matemático florentino llamado Paolo dal Pozzo Toscanelli ya había
considerado el paso marítimo hacia las Indias por el poniente y
en su mapamundi extendió el continente asiático aún
más que Tolomeo, situando a Cipango y Catai (China) mucho más
cerca de Europa de lo que en realidad están. Desde Lisboa Colón
se puso en contacto con Toscanelli y las cartas del sabio florentino reforzaron
su convicción de que su "empresa de las Indias" era posible.
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En pos de un patrocinador
Antes de solicitar apoyo financiero a los reyes católicos Colón
había propuesto su empresa de las Indias al rey de Portugal. Juan
II se dejó conquistar por el locuaz marinero, pero la comisión
de expertos que nombró para estudiar la empresa la rechazó
sabiamente.
Luego de salir de Portugal, quizá perseguido por sus acreedores,
y refugiarse con su hijo, Diego, en el monasterio de
La Rábida, donde los frailes le dieron asilo y cartas de recomendación
para los reyes católicos, Colón consiguió por fin entrevistarse
con Isabel y Fernando, en 1486. La Junta de Salamanca, encargada de sancionar
la propuesta del navegante, tardó cerca de cinco años en rechazarla,
y al final no lo hicieron tanto porque Colón hubiera calculado mal
la extensión de la mar océana, sino porque lo que pedía
por sus servicios --honores, riquezas y títulos-- les pareció
excesivo.
Colón ya se había decidido a alejarse de la corte de los reyes
católicos cuando, en el último momento, la reina Isabel envió
un mensajero para que lo trajera de regreso. Los monarcas accedían
a financiar la empresa de las Indias.
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Las
naos de Colón
Ya nombrado "Almirante mayor de la mar océana e Visorey y Gobernador
perpetuo de todas las Islas y Tierra firme que yo descubriese y ganase",
Colón se hace a la mar con noventa hombres y tres embarcaciones,
dos de ellas con nombres de prostitutas, la Niña y la Pinta.
La nave capitana, la Santa María, se llamó antes la Gallega,
pero al Almirante le pareció que por lo menos una de las embarcaciones
de empresa tan importante debía llevar un nombre devoto.
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Al parecer, la Santa María no era carabela, sino carraca,
un tipo de nave ancha y profunda utilizada para transportar carga. La carabela,
invento portugués e importante adelanto tecnológico de su
tiempo, era más ligera y estrecha. Las tablas del casco estaban clavadas
a los costillares unas junto a otras en lugar de sobrepuestas. Todo esto
hacía de la carabela un barco más veloz. De las tres naos
de Colón la Pinta era la "más velera", aunque la
diferencia de velocidad no era mucha: alrededor de 0.2 kilómetros
por hora cuando la velocidad promedio de los barcos de vela era de unos
ocho kilómetros por hora. |
La navegación en el siglo XV

La
primera anotación que consignó el Almirante en su diario
de navegación dice: "Partimos Viernes 3 días de Agosto
de 1492 años, de la barra de Saltes, a las ocho horas: anduvimos
con fuerte virazón hasta el poner del sol hacia el Sur sesenta
millas, que son quince leguas; después al Sudueste y al Sur cuarta
del Surueste, que era el camino para las Canarias".
Unidades de distancia de Colón
Las millas del Almirante son millas italianas, equivalentes a 1477.5 metros.
Cuatro millas italianas hacen una legua de 5.9 kilómetros.
¿Cómo
determinaba el Almirante la posición de la nave y la distancia
recorrida? Hoy en día los marineros y los pilotos aviadores, para
orientarse, sólo tienen que echar un vistazo a sus computadoras,
que les dan la posición exacta de sus naves sobre la superficie
de la Tierra (latitud y longitud) con una precisión asombrosa gracias
al Sistema Mundial de Localización. Pero en el siglo XV el navegante
sólo contaba con una brújula, un astrolabio o cuadrante
para medir la altura angular de las estrellas sobre el horizonte, un reloj
de arena y un portulano (mapa de puertos con instrucciones de navegación).
El
piloto de un barco llevaba un diario de navegación en el que anotaba
diariamente los rumbos y las distancias recorridas durante el día.
Al inicio del día el piloto ponía un alfiler o alguna otra
marca en la "carta de marear", como se llamaba entonces a los
mapas de navegación, en la posición en que se encontraba
el barco. Cada hora el marinero que estaba de guardia en la bitácora
(armario fijo, situado junto al timón, bajo cubierta, donde se
guardaba la brújula) determinaba el rumbo y la velocidad a la que
avanzaba la embarcación. El rumbo se medía con la "aguja
de marear" (brújula), conocida en Europa desde el siglo XII.
En tiempos de Colón se determinaba arrojando por la proa un corcho
y midiendo, por medio de relojes de arena llamados ampolletas, el tiempo
que tardaba el corcho en ir desde la proa hasta la popa. A partir de este
dato se calculaba la marcha de la nao. Otro método consistía
en hacer dos marcas en el flanco de la nave. El que hacía la medición
esperaba a que el corcho pasara por la primera marca. En ese momento empezaba
a recitar un cántico especial, parando cuando el corcho llegaba
a la segunda marca. Entonces consultaba una tabla nemotécnica que
daba la velocidad del barco en función de hasta dónde hubiera
llegado el cántico.
Las
ampolletas tenían también la importante función de
marcar el paso de las horas a bordo en una época en que los relojes
mecánicos de precisión aún estaban lejos en el futuro.
Cada media hora un grumete tenía que voltear las ampolletas y el
tiempo así medido se usaba para hacer las anotaciones en el diario
de navegación. En el mar, lejos de todo punto de referencia, hay
un momento del día que puede determinarse con bastante precisión
por medio de observaciones astronómicas: el mediodía, instante
en que el Sol pasa por el meridiano (línea imaginaria en la bóveda
celeste que corre de norte a sur). A mediodía se verificaba la
hora tomando medidas de la posición del sol y se volvía
a iniciar la cuenta con las ampolletas. La medida del tiempo y el registro
de la distancia recorrida por la nave eran fundamentales para tratar de
determinar la longitud del barco, lo cual nunca se lograba debido a lo
inexacto del método.
Al finalizar el día el piloto registraba en el diario la distancia
y el rumbo efectivos.
Pese a lo inexacto del método, Cristóbal Colón consiguió
en el curso de su vida hacer cuatro viajes a través del Atlántico.
Cuando ya todos sabían que el Almirante había descubierto
tierras nuevas, él seguía creyendo que había llegado
a "las Indias".
Cristóbal Colón murió sin saberse descubridor.
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