En la mecánica cuántica, en cambio, sólo caben las descripciones probabilísticas, como la de las palomitas. Si en vez de granos de maíz tomamos, por ejemplo, átomos radiactivos que pueden desintegrarse o no en un lapso dado, la situación es similar. Sólo podemos saber qué proporción de los átomos se habrán desintegrado al cabo de cierto tiempo, pero no en qué momento lo hará cada átomo. La diferencia con las palomitas es fundamental: las palomitas las tratamos con probabilidades porque recoger los datos necesarios para el análisis exacto sería demasiado complicado; los átomos, en cambio, son probabilísticos por naturaleza. Según la mecánica cuántica (o quienes la interpretan), el mundo cuántico es probabilístico porque NO HAY datos más detallados que recoger. Un átomo se desintegra en un momento dado porque sí, no porque algo en su estructura determine que ha de hacerlo.

Este aspecto probabilístico fundamental de la mecánica cuántica molestaba mucho a Albert Einstein. Einstein nunca se hizo a la idea de que en el universo hubiera fenómenos que ocurren porque sí, sin causa alguna. La mecánica cuántica debía ser una teoría incompleta, que no permitía tomar en cuenta los detalles necesarios para hacer cálculos exactos. Algunos físicos de la época eran de la misma opinión, pero la mayoría se convencieron de que no: la mecánica cuántica era la teoría más completa posible y por lo tanto sí había fenómenos así.

Por eso Einstein, en una carta a su amigo Max Born, dijo que no podía creer que Dios jugara a los dados con el universo.

"NO PUEDO CREER QUE DIOS JUEGUE A LOS DADOS CON EL UNIVERSO". — ALBERT EINSTEIN, EN UNA CARTA A MAX BORN.

       
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