A muchas personas les gustaría menos el cielo nocturno si las
estrellas no parpadearan. A los astrónomos, en cambio, les gustaría
más: unas estrellas quietas les simplificarían muchísimo
la vida. Si las estrellas y las nebulosas, galaxias, cúmulos
de galaxias y objetos exóticos que estudian los astrónomos
no brincotearan tanto, los telescopios terrestres serían más
potentes y tal vez no sería necesario poner telescopios en órbita.
El
parpadeo de las estrellas, tan celebrado en canciones desde románticas
hasta infantiles, no es de las estrellas: se debe a la atmósfera.
¿Has visto en la carretera esos espejismos que parecen agua?
¿Has visto temblar los vapores calientes que salen de las turbinas
de un avión? Ambos efectos se deben a diferencias de temperatura
del aire. La luz se desvía cuando encuentra capas de aire a temperaturas
distintas. La luz de las estrellas atraviesa espesas capas de atmósfera
antes de llegar al telescopio. El efecto acumulado es ese bailoteo que
tanto molesta a los astrónomos.
De
modo que si viniera un hada con una varita mágica y le quitara
el parpadeo a la luz de las estrellas