Según
la leyenda griega, Zeus, padre de los dioses del Olimpo, se enamoró
un día de la hermosa ninfa cazadora Calisto, que vivía
en los bosques de Arcadia. Presa de un intenso amor, Zeus sedujo a
Calisto. Hera, la esposa de Zeus, estaba tan celosa de la ninfa, que
la convirtió en oso.
Pasó
el tiempo y cierto día Arkas, hijo de Calisto, que también
era cazador, se topó con un oso en el bosque. El animal era
nada menos que su madre, pero Arkas no lo sabía. Estaba a punto
de dispararle una flecha cuando Zeus intervino para impedírselo
y revelarle la verdad. A fin de que Calisto no volviera a tener encuentros
peligrosos de esa naturaleza, Zeus la tomó de la cola y la
lanzó hacia el cielo. Luego el padre de los dioses olímpicos
transformó a Arkas en oso y lo puso también en el cielo
para hacerle compañía a su madre. Arkas es hoy la constelación
de la Osa Menor, y la punta de su cola es la estrella polar, guía
de navegantes y viajeros desde tiempos antiguos.
Pero
Hera no estaba conforme. Después de todo, con Calisto dando
vueltas en el cielo eternamente, Zeus podía ver a su amor cuando
se le antojara. Así que la diosa llamó a su hermano,
Poseidón, dios del mar, y le hizo prometer jamás permitir
que los osos celestes, Calisto y Arkas, se acercaran a sus dominios
acuáticos. Por eso la Osa Mayor y la Osa Menor nunca se ponen...
en la latitud de Grecia; en México, donde la Osa Mayor hunde
la cola bajo el horizonte, esta parte de la leyenda no tiene sentido.
Por
lo general, las formas de la mayoría de las constelaciones
les evocan imágenes distintas a observadores de culturas distintas.
Pero las estrellas de la Osa Mayor también fueron asociadas
con este animal por los indígenas del Nuevo Mundo. Una leyenda
india de Norteamérica explica por qué cambian de color
en el otoño las hojas de los bosques del norte. Las tres estrellas
de la cola de la osa griega representaba para estos indios a tres
cazadores que iban en pos de un oso, representado por el cuenco de
la cacerola. Todo el año dan vueltas y vueltas persiguiendo
al oso, pero en el otoño, cuando se ve la constelación
bajar hacia el horizonte al caer la noche, los cazadores le dan alcance
a su presa. Entonces disparan sus flechas. Una de las flechas le da
en el flanco y al manar la sangre del oso, pinta los árboles
de color rojo intenso.

