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El siglo XX seguramente será recordado por las futuras generaciones como el periodo en el cual la especie humana se enfiló hacia su adolescencia tecnológica. Época llena de grandes logros, avances, descubrimientos, inventos, pero al mismo tiempo, contradicciones. Nunca como en el siglo XX la tecnología en constante progreso ha modificado tanto la vida sobre el planeta. Nunca como en estos últimos cien años hubo tantas guerras y muertes. Nunca como en la pasada centuria el Hombre descubrió e inventó tantas cosas. Nunca como en el siglo anterior aprendimos tanto sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea. Nunca como en esta fase de la historia, la humanidad se vio sometida a tantos cambios y a tantos sueños.

Llegamos a la luna y fuimos capaces de jugar con el átomo, aún a riesgo de auto- destruirnos. Descubrimos la penicilina, aprendimos a combatir a los virus y estos nos contestaron con plagas como el SIDA y el Ébola. Inventamos robots y toda clase de súper- máquinas, cuando millones siembran aún con arados y coas. Podemos comunicarnos al instante desde cualquier rincón del planeta (aunque no tengamos nada que decirnos), mientras la xenofobia se acentúa y nos ha llevado de nuevo a la barbarie. Nos llenamos de comodidades, pero también incomodamos a la Madre Tierra, degradándola, contaminándola y destruyéndola paulatinamente. Hoy somos capaces de crear y manipular a la Vida, sin embargo podemos asesinar simplemente porque no piensen como nosotros o adoren al mismo dios. Aprendimos y nos acostumbramos a vivir más y mejor, aunque nos azotaron las hambrunas y hecatombes de dimensiones apocalípticas. Este es el ser humano del siglo XX, repleto de paradojas, que a tropezones va en busca de su propia identidad.

Y en esta búsqueda, nos adentramos en la aventura de revelar los misterios de la vida, iniciamos con el entendimiento real de nuestros orígenes evolutivos y hoy estamos al borde de una nueva revolución para nuestra especie: El estudio y posterior comprensión de los secretos más íntimos de la Naturaleza, el desciframiento del Libro de la Vida, del mapa del Genoma Humano. Evento que cambiará para siempre la forma en que nos comprendemos como individuos interrelacionados directamente con cada uno de los seres vivos de este mundo; descubrimiento que modificará definitivamente el curso de la historia y de nuestra especie.

En junio de 2000, científicos de varios países divulgaron haber descifrado el 97 por ciento del "mapa" del genoma humano. Ocho meses después, estos investigadores han dado el siguiente paso: la identificación del 88% de los genes que componen nuestro ADN, es decir, los rasgos y trazos particulares de ese "mapa genético".

Este avance significa potencialmente una gran revolución dentro del conocimiento científico cuyas primeras posibles aplicaciones podrán reflejarse en el campo de la salud, pues con este tipo de tecnología los expertos podrán reconocer y tal vez hasta corregir, desde antes de la concepción, riesgos en enfermedades como el cáncer, cardiopatías y muchas enfermedades crónicas más.

Los primeros resultados señalan que nuestra especie cuenta con 30 mil genes, cuando originalmente se calculaban 100 mil. Esta cifra es reveladora si tomamos en cuenta, por ejemplo, que la mosca de la fruta cuenta con 13 mil y que además coincidimos con ella en 60% del ADN. Lo anterior significa que con un tercio más de información genética, el embrión humano construye un cerebro 300 millones de veces más complejo que el de la Mosca Drosophila. Aunque también es cierto que en la biología hereditaria el número de genes no es tan importante como el orden en que están unidos, así como el entorno en que se desarrolla el individuo.

¿Fin del racismo?